Con la vuelta a clases presenciales desde el 17 de febrero en la Ciudad de Buenos Aires y el 1 de marzo en la provincia, los desafíos que enfrenta el sistema educativo no sólo son de carácter sanitario sino también psicológico.

A un año de pandemia por Covid-19, habrá que hacer un análisis de la situación emocional en que se encuentran los niños y adolescentes, para lo cual se están preparando los gabinetes escolares. Es difícil prever con qué se encontrarán los docentes el Día D, pero si en algo coinciden hoy las autoridades estatales, los gremios y los padres es que el regreso era necesario.

Según Unicef, el impacto del cierre de las escuelas fue devastador a nivel mundial. Los expertos del organismo advirtieron que el confinamiento afectó no sólo los aprendizajes, sino también la protección y el bienestar de niños, niñas y adolescentes en todos los países.

La evidencia muestra que son los chicos y chicas más de las familias más vulnerables quienes sufrieron las peores consecuencias.

El confinamiento afectó no sólo los aprendizajes, sino también la protección y el bienestar de niños, niñas y adolescentes

Particularmente en la Argentina, se identificó el impacto secundario de esta emergencia en la situación emocional de chicos y chicas, en los hábitos de sueño y la alimentación de los más pequeños, en la angustia y depresión de los más grandes, cambios que afectan el desarrollo emocional y cognitivo.

Aunque los días de presencialidad sean alternados, y en horarios reducidos, el impacto que tendrá en los estudiantes promete ser potente y deberá ser monitoreado por los profesionales. La comunicación clara y precisa es un factor determinante.

Desde la Psicología apuntan a que la virtualidad, en algunos casos se convirtió en un refugio para niños y adolescentes tímidos, porque evitó el proceso de socialización y de relaciones. Por tanto, la vuelta a clases también genera ansiedades en torno a este tema