La pandemia nos ha marcado a fuego con su aislamiento y reclusión, que devino en una tristeza que se prolongó durante este último tiempo. En tanto, el Mundial como espacio festivo significa un intento de recuperar aquella alegría que parecía perdida.

Por otro lado, para los argentinos, el fútbol es el deporte por excelencia, hay toda una exaltación identitaria y una fantasía que nos atraviesa en la competencia, donde se prueba nuestra autoestima.

Nos importa mucho el hecho de ser ganadores. Curiosamente, en un país con una trama tan herida, tan distante entre unos y otros, aparece un fenómeno que reúne y conjuga, nos pone a todos del mismo bando.

Los argentinos siempre mantenemos la esperanza de ser ganadores, queremos muchas veces pensar que somos los mejores. No obstante, estamos atrapados en el pensamiento mágico y a veces podemos pasar de esperanzados a ilusos.

 

La consagración del triunfo ocupa un lugar de compensación de aquellas frustraciones que nos atraviesan cotidianamente. En el fútbol se juegan mucho las identificaciones, cuánto logrará Messi, Scaloni o quien sea.

Los ídolos tienden a ser endiosados. Sin embargo, a Messi no le cabe este calificativo pues muestra una cara de esfuerzo y no se esconde en la derrota, lo cual es bueno. Desde mi punto de vista, creo que Messi es para una mayoría un símbolo de admiración más que idolatrización como sí generaba Maradona.

El ídolo, por lo general, se cae porque no tiene que ver con el esfuerzo y el aprendizaje dado que está en un puesto de todopoderoso que puede terminar decepcionando. El equipo está muy ligado al trabajo y al esfuerzo.

Aquí no hay relación con la ilusión sino con la esperanza pues hay un DT que es de bajo perfil y da una imagen de trabajo serio y de mejora. En cierto punto de vista, se va confiado no por estar "tocado por la varita mágica" sino porque se estuvo trabajando mucho para esto.

"Es muy bueno este fenómeno que se ha generado con la selección argentina".

José Abadi es médico psiquiatra y psicoanalista