Por Agustina Rossi, Lic. en Sociología, integrante del área de políticas del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA).

Una mujer fue asesinada cada 38 horas en el año 2021 llevando el número de femicidios a 231 en todo el país según el Registro de Femicidios de la Corte Suprema de Justicia.

El femicidio es la manifestación más extrema de la violencia de género detrás de la cual se esconde un continuo de violencias que no recibió respuesta: una de cada dos mujeres en la Argentina han sufrido violencia doméstica en algún momento de sus vidas por parte de una pareja actual o anterior, según evidenció la encuesta de prevalencia de las violencias presentada en agosto de 2022 por el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Estos datos, aunque forman parte de la cotidianidad transmitida en medios y redes, deberían horrorizarnos y movilizar nuestra preocupación. No fue hace tanto tiempo que los medios hablaban de “crímenes pasionales” o que medían nuestras polleras para calificar a las “buenas” o “malas” víctimas. Y eso que tanto costó deconstruir con años de lucha insiste en volver cuando se banaliza la agenda de género o cuando se afirma que ese es un problema de unas pocas y que no importa.

La respuesta es dejar los slogans y volver a llenar de contenido los conceptos que sabemos son fundamentales para lograr prevenir y erradicar las violencias.

¿De qué hablamos cuando exigimos políticas integrales e interseccionales? Significa que la salida de la violencia no requiere la atención de un solo problema a la vez, como si el resto de las urgencias pudiera esperar. No alcanza con una denuncia si no hay patrocinio jurídico, ni solo con una cama en el refugio si no hay acceso a la vivienda propia.

No es suficiente el acompañamiento psicológico si las medidas de protección no se cumplen, ni es posible salir del circulo de la violencia con un apoyo económico que no derive en trabajo digno. Si se piensa una estrategia segmentada, será insuficiente y la mujer volverá por defecto al círculo violento.

Se necesita articular para responder a la multiplicidad de necesidades que, por haber vivido en violencia, están aún más agravadas. Y se necesita que estas respuestas contemplen la situación particular de la persona.

El Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad tiene un rol fundamental pero no es ni debe ser el único comprometido en la lucha por erradicar la violencia de género. La política de género sólo es posible en tanto exista una transversalización de sus objetivos y lineamientos en todos los poderes, ministerios y organismos. Debe ser un objetivo presente en cada acción del Estado, en su totalidad.

El sector privado también tiene un rol en prevenir, concientizar y acompañar a sus trabajadoras. Y toda la sociedad debe comprometerse contra los discursos misóginos, racistas y clasistas que niegan la realidad de la violencia y quieren volver a invisibilizar.

Lejos de ser una opción, las políticas contra la violencia de género deben ser una prioridad en los tiempos que se vienen. En 38 horas estaremos frente a un nuevo femicidio. No hay más tiempo que perder. (Télam)