(Por Natalia Concina) La epidemióloga colombiana Zulma Cucunubá, una de las pocas latinoamericanas que cuando surgió el nuevo coronavirus trabajaba en el grupo de respuesta Covid-19 en el Imperial College del Reino Unido -el centro de modelado matemático de enfermedades infecciosas más grande del mundo- , aseguró a Télam que "el acceso desigual a las vacunas" es la principal causa que "está impidiendo el control de la pandemia".

En diciembre de 2019, cuando se difundieron los primeros casos de coronavirus en la ciudad china de Wuhan, Cucunubá llevaba seis años viviendo en Londres donde había realizado su doctorado y posdoctorado en epidemiología de enfermedades infecciosas y estudios de modelado de impacto de vacunas.

"Mis investigaciones hacen uso de métodos estadísticos y matemáticos para comprender los determinantes de la propagación de enfermedades infecciosas y el impacto de las estrategias de control", describió.

Y añadió: "Cuando surgió la pandemia tenía mucha preocupación por cómo América Latina iba a responder a esta situación; el modelamiento no era común en la región así que 2020 fue un año de entrenar a muchos colegas en la región, de mucha transferencia de conocimiento".

En diálogo con Télam a través de una plataforma virtual desde Colombia -donde se encuentra actualmente-, esta investigadora, profesora de la Universidad Javeriana en Bogotá y referente para comprender el comportamiento de la pandemia a nivel mundial, repasó estos dos años, los aprendizajes y las tareas urgentes.

Télam: Se van a cumplir dos años desde el surgimiento del SARS-CoV-2, ¿Cómo definiría la situación actual?

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Zulma Cucunubá: Estamos mucho mejor que hace dos años porque tenemos un porcentaje de la población muy grande que ya se ha infectado o tiene alguna dosis de la vacuna; sin embargo eso no es garantía de que la pandemia esté completamente controlada y la aparición de (las variantes) Delta y Omicrón es un reflejo de eso.

Esto tiene que ver con la distribución tanto de esa inmunidad natural como del acceso a las vacunas. Estamos en un punto en donde ese acceso inequitativo a las vacunas es lo que nos está impidiendo el control de la pandemia. Hay que solucionar este tema si queremos salir lo antes posible.

T: ¿Qué aprendizajes quedarán después de la pandemia?

Z.C.: Las pandemias cambian las sociedades dramáticamente. Creo que nos llevará mucho tiempo evaluar el impacto social, económico y de salud mental. No obstante, hay dos aprendizajes que podemos rescatar ahora. Por un lado, la importancia de que tengamos un sistema de salud preparado. No estábamos preparados para esta pandemia en Occidente. En el sudeste asiático, algunos países ya habían tenido epidemias de SARS y MERS y sabían más de qué se trataba generar una respuesta rápida, pero América Latina directamente no tenía sus sistemas de salud preparados ni siquiera para responder óptimamente a las necesidades pre pandemia.

La pandemia dejó en claro que a pesar de que es difícil, es preferible hacer esas inversiones y estar listos, en lugar de volvernos a enfrentar con situaciones como las que vivimos estos dos años.

El segundo aspecto es que tenemos que lograr consensos básicos como sociedad sobre cómo responder frente a este tipo de crisis, porque la politización y la polarización sobre la conveniencia o no de las medidas hacen mucho daño.

T: Hay un dilema a nivel mundial sobre si establecer o no la obligatoriedad de las vacunas. ¿Cuál es su opinión?

Z.C.: Desde el punto de vista epidemiológico tenemos claro que necesitamos que la mayor parte de la población se vacune y también que necesitaremos que haya refuerzos.

Ahora bien, me preocupa que las decisiones que se tomen ahora no sean bien pensadas y erosionen en el largo plazo la confianza hacia la ciencia o hacia las vacunas y que esto nos ponga en una peor situación de tener que enfrentar epidemias que ya estaban controladas.

Creo que hay que hacer mucho trabajo desde las ciencias sociales para tratar de entender por qué surgen estos grupos antivacunas, por qué se dan estas resistencias.

Lo que es cada vez más claro es que necesitamos de todos para salir de ésta y de las pandemias que se vayan a presentar en el futuro.

T: ¿Se volverá a hacer un cuello de botella frente a la necesidad de dosis de refuerzo?

Z.C.: Es un tema complejo. Por un lado, hay cada vez más evidencia de que con el paso del tiempo la eficacia de las vacunas y de la inmunidad natural disminuye un poco, y ese poco es suficiente para acumular susceptibilidades a través del tiempo; pero a la vez hay una justificación científica y humanitaria para proveer vacunas a los países que no tienen acceso.

Entonces, la repartición equitativa de las vacunas tiene que hacerse, porque si eso no sucede corremos este riesgo de estar revacunándonos muchas veces en unos países mientras que en otros sin vacunas aparecen nuevas variantes.

Lo más inteligente es desarrollar una estrategia global que permita equiparar el acceso.

T: ¿Habría que liberar las patentes de las vacunas?

Z.C: Yo soy partidaria del waiver (exención) temporal de las patentes para que se puedan producir esas vacunas, sobre todo las de ARN mensajero que son las que tendrían más posibilidades de producción en masa.

No puede ser que tres o cuatro compañías sean las únicas que pueden producir la solución a un problema mundial como es la pandemia y esté el mundo en jaque, en crisis económica y sanitaria porque sólo unos pocos las pueden producir.

Ése es otro aprendizaje: para situaciones como ésta es necesario un sistema global de cooperación y producción global de la solución.

T: ¿Cuál es la tarea más urgente por delante?

Z.C.: En el corto plazo algo muy técnico que tenemos que hacer es generar un sistema optimizado de vigilancia genómica mundial atada a una vigilancia epidemiológica para poder interpretarla.

Por ahora hay aún una disparidad inmensa entre las capacidades de vigilancia genómica entre países ricos y pobres. Hay que premiar a los países que tienen buenos sistemas de vigilancia y que reportan rápidamente esos resultados y no castigarlos, como le está pasando ahora a Sudáfrica (que reportó la variante Ómicron), donde sus investigadores se están quejando con gran razón de que las restricciones de vuelos traen una dificultad para acceder a reactivos de laboratorio esenciales.

Con el virus esparcido por todo el mundo, no hay consenso en establecer cuán útil o no es hacer este tipo de restricciones de vuelos que tienen consecuencias económicas enormes, dificultan la investigación y castigan al país que reporta, aunque no se sepa realmente si es en el que más está circulando. Esto es un incentivo perverso y se nos podría venir en contra para el control futuro de esta y otras pandemias porque los países podrían dejar de reportar, o peor aún, de vigilar. (Télam)