Chicos y jóvenes con autismo y síndrome de down son estimulados a través de la práctica del básquet en una escuela que no suspendió el dictado de clases pese a que el club donde entrenaban cerró por la pandemia de coronavirus.

“Somos una escuela de básquet para personas con discapacidad intelectual de leves a severos. Al ver que colegios, terapeutas y psicólogos, entre otros, dejaban de atender, me dije que no podía hacer lo mismo porque los chicos y las familias nos necesitan”, aseguró a Télam María Soledad Ibáñez, directora del establecimiento.

Luego de reunirse con los docentes, se decidió continuar de manera virtual con las clases, adaptando algunos ejercicios para que los chicos y chicas no tuvieran ningún accidente y todos pudieran realizarlos.

“Hacemos tres clases por semana de media hora. Tanto los chicos como los padres y los profes se engancharon. Los chicos necesitan esa rutina de seguir viéndonos”, precisó la directora, a quien todos llaman Sol, quien trabaja como administrativa en el Inadi.

En 2002, observó que un entrenador de básquet ignoraba a Maximiliano, por aquel entonces de 9 años y con síndrome de down, que picaba en solitario una pelota al costado de la cancha.

Luego de escuchar una serie de argumentos por los que Maxi no podía jugar con los demás chicos, pidió al club que le prestaran la cancha y convenció a los padres del niño a que el siguiente fin de semana lo llevaran, y que ella le enseñaría a jugar.

Sin experiencia previa, entrenó durante un año y medio a Maxi con ejercicios vinculados al básquet para estimular su motricidad.

Hoy, 17 años después, son más de 40 las personas, entre 10 y 46 años y con varias capacidades diferentes, las que forman parte cada sábado de la Escuela de Estimulación Deportiva en el Club Moreno de la localidad bonaerense de Quilmes, la primera de este estilo en la Argentina.

En la actualidad, en plena pandemia y con los clubes de barrio cerrados, Sol y su equipo de profesores idearon rutinas para que los alumnos puedan continuar con el trabajo desde sus hogares, acompañados de sus familiares.

“Con cintas en el piso hacemos las escaleras y psicomotricidad, con botellas les hacemos hacer como si fueran conos y también prestamos pelotas para trabajar los ejercicios de pique. Por suerte los padres también se prenden para ayudar a sus hijos”, resaltó.

“Las clases dan resultado, los chicos trabajan, tienen su rutina, le ponen mucha garra y eso es buenísimo para su estimulación”, agregó.

Sol aseguró que en estos meses de pandemia los chicos comenzaron a aprender nuevos movimientos vinculados al básquet y que a través del juego, muchos mejoraron su motricidad.

“En este tiempo aprendieron la posición de defensa, que les costaba mucho, a través de la técnica del cangrejo, por ejemplo. También sumamos trabajos más precisos de musculación que ayudaron a mejorar la movilidad y la visión periférica”, indicó.

“No voy a decir que no cuesta, porque los padres tienen su trabajo y yo también, pero no es imposible, y todo se puede hacer dependiendo de las ganas que cada uno tenga para hacerlo. Por suerte encontramos muchas ganas por parte de los chicos, los padres y los profes”, señaló.

Por último, resaltó la importancia del deporte para las personas con síndrome de down y autismo y el acompañamiento de sus familiares en la práctica del deporte, y sobre todo en la estimulación.

“Al ser personas con discapacidad intelectual necesitan esa rutina, hacer ejercicio y tener ese desgaste de energía. Son personas y no la discapacidad que traen. Psicológicamente necesitan este deporte”, concluyó. (Télam)