Tres periodistas que hace 45 años se encontraban en lugares tan disímiles como la función pública, la militancia clandestina y la cárcel recordaron cómo vivieron las horas previas al golpe del 24 de marzo de 1976 que puso en marcha el plan criminal de la última dictadura cívico militar.

Se trata de Carlos Capolongo, que trabajaba en la Secretaría de Prensa y Difusión que encabezaba Osvaldo Papaleo en el Gobierno de Isabel Perón; de Eduardo Anguita, que estaba detenido en la cárcel de Devoto por su militancia en el ERP, y de Carlos Aznárez, que integraba Montoneros y se encontraba en la clandestinidad.

Todos ellos repasaron en diálogo con Télam la antesala esos días que cambiarían la vida de los argentinos al influjo del accionar del terrorismo de Estado.

"Asumimos el 26 de diciembre, después del intento de copamiento del Regimiento de Monte Chingolo por parte del ERP y del levantamiento el brigadier Jesús Orlando Cappellini en la Brigada Aérea de Morón. El clima de golpe estaba instalado, varios compañeros del diario la Opinión donde trabajaba me recomendaban que no aceptara ese cargo, pero pensaba que podía colaborar para afirmar a un gobierno peronista", evocó Campolongo.

El 23 de marzo de 1976, el ministro de Defensa del Gobierno de Isabel Perón, José Deheza, comenzó con una reunión que mantuvo con los jefes de las tres armas, Jorge Rafael Videla (Ejército), el almirante Emilio Massera (Armada) y el brigadier Orlando Agosti (Fuerza Aérea).

Según testimonios históricos, Deheza salió de esa reunión con alguna esperanza de haber obtenido un margen para negociar un acuerdo que permitiera al menos aplazar un golpe que parecía inminente.

A esa hora Isabel Perón almorzaba con los sindicalistas Lorenzo Miguel, Rogelio Papagno, Amadeo Genta -el único directivo de la CGT que estuvo presente- y el ministro de Trabajo, Miguel Unamuno.

Después de ese almuerzo, Unamuno se retiró a la sede de la cartera de Trabajo, que entonces estaba en la avenida diagonal Sur, para evaluar la situación con los secretarios generales de todos los gremios.

En horas de la tarde, Deheza mantuvo otra reunión con los comandantes; les ofreció integrarse al Gobierno con la jefatura de cuatro ministerios, y tener veto sobre las decisiones de la presidenta.

"Había rumores de todo tipo justo cuando comenzó una reunión de gabinete ampliado. Me llamaban desde los diarios para decirme que había movimientos de tropas en el interior y en el Gran Buenos Aires. Incluso me llegó la versión de que tres militares de alto rango estaban yendo a Casa Rosada a pedirle la renuncia a Isabel", recordó Campolongo.

"En las horas previas al golpe estábamos en un departamento de la calle Posadas, en Barrio Norte, era una zona en la que vivían muchos militares y el clima del golpe era inminente. Habíamos visto la tapa de La Razón con el titular 'Es inminente el final' y no nos restaba más que esperar. El gobierno de Isabel estaba cogobernando con los militares desde hace meses y no había solución", evocó Aznárez, que integraba el aparato de difusión de Montoneros.

En la zona en la que se encontraba, poco después del golpe, un grupo de tareas de las Fuerzas Armadas ingresaba en el domicilio del mayor Bernardo Alberte, y lo asesinaban al arrojarlo por la ventana de su casa desde un sexto piso.

Aznárez recuerda que hombres de la Marina se desplegaron por ese barrio donde también vivía el expresidente Héctor Cámpora, uno de los objetivos de los militares en esas horas posteriores a la asonada.

"Bajé y salí a la calle al otro día. Y vi que la cosa estaba muy difícil, con mucha presencia de militares en las calles. Para nosotros era un claro síntoma de que se venía ahora una etapa de más confrontación tras el final de un gobierno fallido. Dejamos la casa el 26, y seguimos militando", afirmó.

Por su parte, Anguita, detenido en la cárcel de Devoto notó que el Servicio Penitenciario y efectivos del Ejército se desplegaron por el penal y se apostaron con fusiles pesados que apuntaban hacia los pabellones donde se encontraban alojados los presos políticos, y algún disparo se efectuó.

"La tarde del 23 nos mandaron a las celdas y al otro día hubo una inspección. Logramos esconder con nuestros compañeros los materiales de lectura que escribíamos en los papeles de cigarrillos con nuestros compañeros. Entró una requisa y esos escritos no los pudieron encontrar. Los habíamos metido en el hueco de una ventana. Esa fue una pequeña victoria en medio de lo que se venía", señaló el coautor de "La Voluntad", un libro que repasa historias de la militancia de los años '70.

"A las 23 terminó la reunión y Lorenzo Miguel salió ante los periodistas y les dijo que 'no había golpe'. Nos fuimos al Ministerio de Trabajo con Papaleo para analizar cómo seguía la situación", recordó.

En esos momentos, el helicóptero en el que viajaba Isabel Perón fue desviado a Aeroparque, donde la presidenta resultó detenida y luego traslada a la residencia de El Messidor, en Neuquén.

"Salimos todos del Ministerio cantando la marcha peronista y nos despedimos. Varios salimos para distintos lugares y lo convencí a Osvaldo (Papaleo) que no fuera a la casa, donde lo estaba esperando su mujer, Irma Roy. Así nos fuimos a una casa en Villa Devoto y empezamos a estar en la clandestinidad", agregó.

"Después del golpe creamos la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA) que estaba dirigida por Rodolfo Walsh, después de su secuestro salimos con otros compañeros al exilio y retornamos en 1983", apuntó Aznárez.

Anguita recordó que en diciembre de 1976 fue trasladado a la Unidad Número 9 de La Plata, donde quedó recluido en los "pabellones de la muerte", donde eran colocados los presos políticos, que podían ser objetos de represalias por parte de sus captores si las fuerzas del orden sufrían ataques por parte de las organizaciones armadas.

"Lo que rescato de esos años es la solidaridad, el espíritu de resistencia y el compromiso que tuvieron los compañeros con los que estuve detenido en esos días de la dictadura. Es algo que me hace sentir orgullo", puntualizó Anguita. (Télam)