(Por Nicolás Poggi).- Aunque las fechas están a disposición para los datos biográficos, nadie podría decir a ciencia cierta desde cuándo Jorge Landau se ocupaba de la faena administrativa del Partido Justicialista (PJ), al que asistió como militante y apoderado durante décadas y al que supo servir tanto en el poder como en el llano, sin que eso afectara su compromiso con la causa.

Siempre presente, de modos amables y dispuesto a la conversación y el intercambio permanente, Landau era una especie de caballero del peronismo, un hombre de educación fina y maneras elegantes que se movía con la soltura y la confianza propias de quien se sabe poseedor del respeto de sus pares.

Este abogado de profesión y precoz militante peronista vivió, como apoderado partidario, las distintas transformaciones a las que el justicialismo se sometió desde el regreso de la democracia, en 1983, y en todas las etapas desempeñó su tarea con respeto y disciplina, consciente de que su identidad le exigía acoplarse a lo que demandaban los tiempos.

Desde su rol de apoderado nacional del PJ, cargo al que accedió en 1999, Landau atravesó el duhaldismo y luego fue una pieza clave de los distintos armados que el kirchnerismo llevó adelante desde 2003.

En los últimos años de los gobiernos kirchneristas Landau se había transformado en un actor de peso, rubricando con su firma cada uno los cierres de listas y los frentes electorales que el peronismo ofrecía, con sus distintas caras, en cada turno electoral.

Tenía a su cargo, también, la obligación amarga de contener a los disconformes y manejar las tensiones dentro de un colectivo que no se caracteriza por la paciencia. Pero eso sí: no le gustaba hablar del peronismo como de un "espacio" político. Siempre tuvo claro que era algo mayor.

Sus lugares de trabajo eran dos: la histórica sede del PJ ubicada en Matheu 130 del barrio porteño de Balvanera, una edificación que pasará ahora a deberle una sala con su nombre, y su teléfono celular. Es que desde ahí Landau llevaba adelante la mayoría de sus gestiones, tanto formales como de "rosca".

Para cualquier político o periodista que cubriera la actividad era bien sabido que estaba siempre disponible, sin distinción de días ni horarios: era común ubicarlo cuando se lo requiriera para hacer consultas o aclarar dudas; y, si no era así, el apoderado tenía la deferencia de devolver el llamado para ponerse a disposición. Un peronista con buenos modales

"Llamalo a Landau" fue durante años una consigna habitual en las redacciones a la hora de desentrañar los entresijos del peronismo. Incluso en los meses previos a su muerte siguió desempeñando la tarea con hidalguía, departiendo y especulando sobre política a la par de sus interlocutores.

Landau fue, por sobre todas las cosas, un gran cultor de una actividad que parece perdida: el diálogo.

Nacido el 23 de marzo de 1947 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, este exponente del PJ porteño empezó a participar en política en los años '60 y desde entonces se convirtió en una presencia permanente en la historia del peronismo.

Para describirlo al pie de la letra basta el retrato que de él hiciera el presidente de la Cámara de Diputados bonaerense, Federico Otermín, dirigente peronista de Lomas de Zamora, quien con motivo de su muerte evocó en las últimas horas en sus redes sociales: "Su palabra era sagrada en Matheu. Si decía 'Esto está ok', nos quedábamos tranquilos". (Télam)