El objetivo principal del G20 fue y es direccionar la globalización, velar por la estabilidad financiera y monetaria internacional, ampliando el radio de acción respecto a la primera reunión del G7 en Francia, tras la ruptura de los Acuerdos de Bretton Woods en la década de 1970. Y como tal, es un espacio en disputa permanente.

En este marco y en lo inmediato, las distintas cumbres que se han realizado entre los jefes de Estado desde el estallido de la crisis internacional en 2008 han mostrado avances parciales y en algunos casos contradictorios, agudizando en épocas recientes problemas de larga data como la prociclicidad fiscal y el deterioro distributivo, entre otros.

Soy de los que creo en estos espacios multilaterales, más cuando tenemos por delante enormes desafíos en lo que hace al nuevo ordenamiento financiero global. Y esta perspectiva es compartida por quienes ocupamos funciones en el Gobierno anterior y tuvimos la oportunidad de acompañar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en algunas de estas cumbres. Sin embargo, al igual que las políticas de Mauricio Macri, lo que necesita el G20 es un cambio de rumbo, un camino alternativo como lo intentó en sus comienzos. Y aquí dejo algunas propuestas.

El G20 de hoy está lejos de avanzar hacia una regulación financiera internacional real y efectiva, tan anhelada después de la crisis del 2008, y de búsquedas de consensos en las posiciones sobre empleo o comercio internacional. En un marco de guerra comercial creciente ¿qué espacio hay hoy para profundizar en esa como en otras áreas, tales como inversión pública o los vínculos entre distribución del ingreso y pobreza? Más allá de haber duplicado la capacidad prestable del FMI, las nuevas líneas de crédito del Banco Mundial o el mayor radio de acción de la banca regional y multilateral, ¿hacia qué sistema monetario global vamos? ¿Estamos en condiciones de generar nuevas reglas como para proveer liquidez a los distintos países sobre bases diferentes a las actuales?

Además de estas preguntas, hoy el G20 representa en muchos casos la insistencia en esquemas de austeridad, la contracción del gasto y la demanda por parte del sector público, la moderación salarial o las reformas previsionales o laborales, que aparecen como la cristalización de recetas (e intereses) que ya conocemos y remiten a los momentos más oscuros de nuestra historia.

Lamentablemente, atrás parecen haber quedado los esfuerzos que tanto nuestro Gobierno como el del PT en Brasil hicieron desde un principio para incorporar la problemática del trabajo en la agenda, que terminara entre otras cosas en el Pacto Mundial para el Empleo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Como así también el planteo de la necesidad de una reforma inmediata del FMI, organismo que hoy parece ser el protagonista en la próxima cumbre. También nuestro país promovió en el seno del G20 un tema no menor como es la lucha contra la evasión fiscal internacional a través de las cuentas off shore.

O mismo los avances que Argentina logró respecto del sistema comercial multilateral, la preocupación por la sustentabilidad de las deudas soberanas y el reconocimiento que en 2014 el propio G20 hizo respecto a la necesidad de enfrentar la litigiosidad provocada por las estrategias de los fondos buitres, quedó en otro capítulo de la historia. Fue un gran logro a nivel internacional de nuestro país, que luego también fue legitimado en la ONU en 2014 y en la siguiente cumbre del G20 en 2015.

Pero los vientos cambiaron, la Argentina de hoy está muy distante a tratar el tema de la reestructuración de las deudas soberanas, en parte por la posición del actual Gobierno. Hoy Argentina no busca un G20 que promueva la reforma del sistema internacional, sino que hoy el Gobierno de Macri acepta las reglas como son, y se muestra en el G20 como un mero anfitrión de una cumbre de por sí ya devaluada, en un mundo cambiante.

Así, en primer lugar, el mayor reto de esta y las próximas cumbres del G20 es ir generando mayores consensos de cara al desarrollo, incluyendo objetivos concretos tanto en materia de generación y distribución de ingresos y empleo, inversión productiva y productividad, como de estabilidad financiera y mayor equilibrio entre actores.

Los rasgos estructurales de la economía global actual, la enorme interdependencia que existe entre cadenas de valor y sectores requiere de una coordinación internacional más decidida y coherente, que incluya en principio la puesta en valor del gasto público como del salario real en todo proceso de crecimiento y desarrollo económico.

En segundo lugar, como para dar sostenibilidad a la expansión de la demanda, hace falta mayor coordinación en otros instrumentos como el tipo de cambio y la tasa de interés, así como de nuevos mecanismos para regular y gestionar los flujos financieros y de capital, extendiendo los límites que la restricción externa ha tenido y tiene en las economías como la argentina.

Finalmente, para dar una respuesta definitiva a esto último, hace falta de una economía política que logre una tributación más progresiva, más y mejores funciones de la banca de desarrollo y una inserción internacional más virtuosa y equilibrada, que apalanque y no trabe el escalamiento productivo y tecnológico de los distintos países.

Por Agustín Rossi, Diputado nacional presidente de bloque del FpV-PJ, ex ministro de Defensa de la Nación.