Aung San Suu Kyi, detenida hoy en un golpe de Estado en Myanmar, ató su destino al del país asiático cuyas luchas acompañó por décadas, lo que la transformó tanto en un ícono de la democracia, como en una paria de la comunidad internacional tras el drama de los musulmanes rohingyas.

"La Dama de Rangún", que dirigía de hecho Myanmar (antigua Birmania) desde 2016, fue arrestada junto con otros dirigentes de su partido, la Liga Nacional para la Democracia (LND).

Suu Kyi, 75 años, que presentía las intenciones militares, llamó a "no aceptar" el golpe de Estado, en un mensaje a la población difundido por su partido.

"No creo en la esperanza, solo creo en el trabajo. Uno trabaja duro para alcanzar sus esperanzas. La esperanza por sí sola no nos lleva a ninguna parte", declaró en agosto de 2015, pocos meses antes de que la LND ganara unos comicios históricos y Suu Kyi, relegada a la disidencia durante casi 30 años, se pusiera al frente del Ejecutivo.

Hija del general nacionalista Aung San, quien fue el organizador del moderno Ejército birmano y negociador con el Imperio Británico de la independencia nacional, el 19 de julio de 1947, quedó huérfana con tan solo dos años.

Creció con su madre, Ma Khin Kyi, enfermera, y dos hermanos mayores, Aung San Lin -quien murió siendo niño al ahogarse en el estanque que la familia tenía en su confortable villa capitalina- y Aung San Oo, en Rangún.

En 1964 Suu Kyi se tituló en Ciencias Políticas por el Lady Shri Ram College for Women, integrado en la Universidad de Nueva Delhi, y tres años después completó su formación con una licenciatura en Filosofía, Política y Economía por el St. Hugh's College de la Universidad de Oxford.

A partir de 1969 trabajó para las Naciones Unidas en su sede central de Nueva York, como secretaria auxiliar en el Comité Asesor para Cuestiones Administrativas y Presupuestarias, y después, durante un año, sirvió a su país como técnica del Ministerio de Asuntos Exteriores en Bután.

En 1972, contrajo matrimonio con el profesor británico Michael Vaillancourt Aris, un estudioso de la cultura tibetana al que había conocido en Oxford y que desde hacía varios años venía ejerciendo como tutor privado de los príncipes de la familia real butanesa.

La pareja vivió unos meses en el reino del Himalaya antes de establecerse en Oxford, Inglaterra, donde crió una familia.

En 1973 nació su primer hijo, Alexander, al que siguió un segundo varón, Kim, en 1977.

Su liderazgo carismático emergió del aplastado alzamiento popular de 1988, al que siguieron un primer arresto domiciliario en 1989, el repudio por los generales de las elecciones ganadas por su Liga Nacional por la Democracia (NLD) en 1990 y la concesión del Premio Nobel de la Paz en 1991.

Liberada en 1995 pero vuelta a confinar en su vivienda de Rangún en 2000 y, tras un año de libertad vigilada, por tercera vez en 2003 sin cargos ni juicio, Suu Kyi rehusó el exilio que se le ofrecía y optó por sacrificar su libertad y el contacto con sus hijos antes que dejar de advocar la resistencia no violenta y exigir la transigencia democrática de sus captores.

Su diálogo intermitente con el jefe de la junta en el poder, el general Than Shwe, no consiguió moderar el proceder del régimen, que reprimió a sangre y fuego la revolución azafrán de 2007, protagonizada por monjes y estudiantes.

El 13 de noviembre de 2010, seis días después de unas elecciones para las que pidió el boicot por no ofrecer las mínimas garantías, la irreductible Suu Kyi, a los 65 años, vio levantado su cautiverio doméstico con carácter definitivo.

Desde que se puso al frente del Ejecutivo en 2015 se vio obligada a lidiar con los todopoderosos militares que controlan tres ministerios claves (Interior, Defensa y Fronteras).

La imagen de la Premio Nobel de la Paz, otrora comparada con Nelson Mandela o Martin Luther King, se vio empañada para siempre por el drama de los rohingyas.

Unos 750.000 miembros de esta minoría musulmana huyeron de los abusos del ejército y de las milicias budistas en 2017 y se refugiaron en campamentos en Bangladesh, una tragedia que llevó a la ex-Birmania a ser acusada de "genocidio" ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ), el principal órgano judicial de la ONU.

La dirigente, que niega "cualquier intención genocida", acudió en persona a defender a su país ante el tribunal.

Su falta de compasión en este asunto provocó la ira de la comunidad internacional: Canadá y varias ciudades británicas le retiraron el título de ciudadana de honor y Amnistía Internacional la privó de su premio de "embajadora de conciencia". (Télam)