Con la pandemia y la crisis económica, nadie dudaba que la atención de Joe Biden estaría puesta en la situación interna de Estados Unidos; por eso, en estos primeros 100 días de Gobierno su política exterior quedó en un segundo plano, dominada por gestos diplomáticos, tímidos esfuerzos por recobrar un protagonismo en la arena multilateral y una fuerte confrontación con Rusia.

Hacia Sudamérica dominaron los gestos diplomáticos, el principal un primer viaje de enviados a Colombia, Argentina y Uruguay, que dejó afuera al Brasil de Jair Bolsonaro -un gran aliado que tuvo el expresidente Donald Trump- y en el que en vez de concentrarse en la situación política en Venezuela, se discutió sobre cooperación comercial y sanitaria.

Los cambios en los temas que venían siendo más sensibles han sido tímidos, casi simbólicos: llamó a su aliado colombiano a trabajar para frenar el asesinato a líderes sociales; no impulsa un alineamiento ciego contra la Venezuela de Nicolás Maduro, pero sigue reconociendo al líder opositor Juan Guaidó como el presidente legítimo; y aunque celebró el retorno de un Gobierno democráticamente electo en Bolivia, calificó de "politización de la Justicia" las detenciones de algunos de los líderes del Golpe de Estado de 2019.

Con México y Centroamérica, el primer acercamiento fue más intenso tras la reactivación de caravanas y flujos migratorios importantes hacia la frontera sur estadounidense, con un número cada vez más importante de menores de edad no acompañados.

Pese a que este tema amenaza con ser la primera crisis política que haga tambalear el discurso de cambio de Biden, su Gobierno no formuló aún una política clara y se volvió a recostar en pedidos a sus vecinos para reforzar las fronteras de México y de los tres principales países de origen de esta migración, en el llamado Triángulo Norte: Honduras, Guatemala y El Salvador.

A nivel global, en tanto, el nuevo enemigo número uno ya no es China, sino Rusia.

Biden mantiene una relación tensa con China en lo comercial, pero ha hecho esfuerzos por buscar puntos en común para cooperar, como el cambio climático, y esperar mantener esta relación dual, como había hecho el Gobierno de Barack Obama.

Con Rusia, en cambio, el nuevo Gobierno estadounidense fue duro de entrada.

Impuso nuevas sanciones a figuras e instituciones por presuntos ataques cibernéticos y espionaje, y solo luego propuso una reunión cara a cara entre Biden y su par Vladimir Putin para bajar la tensión.

Pero la decisión de Estados Unidos habilitó una lluvia de sanciones diplomáticas por parte de sus socios europeos que esperaban hace tiempo una posición más dura de Washington hacia Moscú.

Sin embargo, Biden es ante todo un pragmático y esta confrontación no bloqueará todos los canales abiertos con Rusia, quien esta semana replegó a sus tropas de la frontera con Ucrania, como exigía Estados Unidos, y luego, casualmente, el líder opositor y aliado de las potencias occidentales Alexey Navalny levantó su huelga de hambre en la cárcel.

Biden también se sumó, aunque indirectamente, a un esfuerzo de las potencias europeas -acompañadas por Rusia y China- para salvar el acuerdo nuclear con Irán, que dejó en coma Trump, y esta semana invitó tanto a Putin como al presidente chino, Xi Jinping, a su Cumbre de Líderes sobre el Clima, la primera iniciativa con la que se lanzó a recuperar el centro de la escena multilateral. (Télam)