(Por Bruno Bimbi, para Télam)

“Complicado. Horrible. Desastroso. Desolador. Terrorífico.” Así comenzaba un artículo publicado por El País cuando el año que se va acababa de llegar. Los adjetivos no eran de los periodistas, sino de los entrevistados: diez expertos en salud pública que alertaban sobre la situación de la pandemia en España, en el pico de contagios de la tercera ola. Y no exageraban: en febrero, la ocupación de camas de cuidados intensivos llegó al 40%, casi cinco mil personas, y llegaron a notificarse 909 muertes en un solo fin de semana.

Ahora, una Navidad más tarde y con la variante Ómicron imponiéndose, la transmisión del coronavirus se ha vuelto a disparar –aquí y en toda Europa– y, en la última semana, hubo un 60% más de nuevos casos que en la peor semana de enero. En los últimos 14 días, se registraron más de 645 mil contagios –99.671 este miércoles– y la incidencia más alta de la pandemia: 1.360 por cada 100 mil habitantes. Los estudios muestran que la inmensa mayoría de los casos son de la nueva variante. Sin embargo, ya no se escuchan adjetivos tan fuertes. La vida cotidiana recuperó una “casi normalidad” y las medidas restrictivas son más leves, porque el aumento de contagios no está provocando las mismas consecuencias. Las hospitalizaciones aumentaron, pero, con más contagios, son un 61% menos que en el pico de enero y el número de muertes no llega a la décima parte.

Entre aquel escenario desolador y la prudencia de estos días, pasaron las vacunas, que han demostrado ser muy efectivas. Si apenas el 2,6% de los españoles había recibido su primera dosis a fines de enero, cuando la tercera ola llenaba los hospitales y cada día acababa con cientos de muertos, hoy el 79,9% tiene la pauta completa (casi el 100% entre los mayores de 60 años) y el 27,5% recibió la tercera dosis de refuerzo (81,3% entre los mayores de 60). Así, la mayoría de los casos sintomáticos están siendo leves y afectan sobre todo a los más jóvenes (en las franjas de 20 a 90 y de 30 a 39), menos propensos a desarrollar un cuadro severo. Esto no significa, claro, que ya no hay peligro, porque detrás de cada porcentaje hay mucha gente y aún es temprano para sacar conclusiones definitivas, pero los números sugieren que algo está cambiando para mejor.

“La vacuna funciona. Es nuestra mejor arma, la más potente para parar al virus”, dijo este miércoles en conferencia de prensa la ministra de Sanidad, Carolina Darias, destacando que la prioridad de España seguirá siendo la inmunización, que ya está entre las más altas del mundo. El Gobierno anunció medidas transitorias para reducir los contagios –así como en toda Europa, como detalló Télam este lunes– pero no serán tan duras como en las olas anteriores, ni tan duraderas.

Los festejos de Navidad y Año Nuevo habían sido un problema para España en 2020, porque mucha gente hizo una pausa en los cuidados para encontrarse con sus seres queridos y relajarse un poco luego de un año tan tremendo. Los contagios aumentaron mucho tras las fiestas, cuando casi nadie se había vacunado, y fue duro. Este año, aquí y en toda Europa, parece buscarse un equilibrio. España anunció restricciones transitorias, como la reducción de aforos en diferentes eventos y lugares de esparcimiento y la vuelta de la obligatoriedad del uso de máscaras al aire libre (aunque, al menos aquí en Barcelona, no se veían muchas menos en la calle desde que dejaron de ser obligatorias). Pero, a la vez, un mayor conocimiento del virus facilitó otras cosas. El tiempo de aislamiento para personas con test positivo de Covid-19, si no hay fiebre u otros síntomas, se redujo de 10 a 7 días y se descartó para contactos estrechos con pauta de vacunación completa. Además, se habilitó la venta del test de antígenos en farmacias: por cinco euros, muchos españoles se testearon antes de la cena de nochebuena y volverán a hacerlo el 31 de diciembre, para reunirse más seguros.

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Cada una de las autonomías, por otra parte, dictó otras medidas que varían según las estadísticas y los criterios de los Gobiernos locales. En Cataluña, por ejemplo, volvió el toque de queda de 1 a 6 de la mañana en los municipios con más de 10.000 habitantes y una incidencia superior a 250, las reuniones sociales en locales cerrados no podrán se de más de diez personas (sin contar a los convivientes) y cerró el ocio nocturno, aunque se espera que no por mucho tiempo. Otras regiones optaron por medidas más blandas, que van actualizándose a medida que hay más datos.

Pero, como decíamos antes, la prioridad sigue siendo la inmunización, para que las restricciones sean cada vez menos necesarias. La vacunación de niños y niñas de 5 a 11 años –el 26% ya recibió la primera dosis– ampliará la protección a la casi totalidad de la población y es importante para la próxima vuelta a clases. La tercera dosis de refuerzo, que el gobierno quiere extender a toda la población, porque ha probado ser muy efectiva, permitirá reforzar la protección contra un virus que sigue mutando. Por último, la obligatoriedad del “pasaporte Covid” (un certificado de vacunación con código QR que la mayoría de las comunidades autónomas exige para entrar a bares, restaurantes, gimnasios, espectáculos, etc.) está ayudando a convencer a los que aún se resistían a vacunarse o, cuando pasó lo peor, olvidaron su cita para la segunda dosis.

Aunque esta última medida haya sido tan criticada por la extrema derecha en nombre de una supuesta “libertad” de los negacionistas para poner en riesgo a los demás –al igual que pasa en Argentina y otros países–, lo cierto es que está teniendo un impacto positivo en el aumento de la vacunación, porque hasta el más antivacunas quiere poder tomarse una cerveza en un bar o cenar con su familia en un restaurante. Y, para poder hacerlo, hay que darse la vacuna. Así de simple. (Télam)