(Por Marianela Mayer) Los actos golpistas perpetrados por simpatizantes del expresidente Jair Bolsonaro en Brasilia revelaron la existencia de un universo de extrema derecha que va más allá del exmandatario, fuertemente organizado y apoyado por el agronegocio y el aparato militar, que podría ejecutar nuevos ataques, advirtió el investigador del Conicet Ariel Goldstein, especializado en Brasil.

En entrevista con Télam, el autor del libro "La Reconquista Autoritaria" abordó la "preocupante" situación que atraviesa el Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, además de evocar el rol clave de las redes sociales en la difusión del discurso de ultraderecha y la relación existente entre estos grupos a nivel global.

- Télam: ¿Cómo se llegó a esta situación?

- Ariel Goldstein: Hay una tendencia hace unos 10 años, que viene de las protestas de 2013 que llevaron a una crisis al Gobierno de Dilma Rousseff. Ahí se empezó a ver el potencial que tenían las redes para organizar esta nueva política que estamos viendo en el mundo. Esa crisis se juntó después con Lava Jato, la operación sesgada contra el Partido de los Trabajadores (PT) que dirigió el juez Sergio Moro, quien luego fue ministro de Justicia de Bolsonaro. El espacio que quedó vacante después fue ocupado por esta nueva derecha en Brasil, que tomó rasgos de la extrema derecha de los 30, como el lema "Dios, Patria y familia", y que expresa la figura de Olavo de Carvalho, reconocido por Bolsonaro como "padre del movimiento" en un discurso en Washington. Ese discurso es importante porque Bolsonaro afirmó entonces que en Brasil "antes de construir algo, primero tenían que destruir". Tiene mucho que ver con esta nueva derecha y este potencial destructivo unido a la violencia, esta especie de rebeldía que también es anti statu quo. La cuestión es que Bolsonaro supo aprovechar el peso de las redes sociales en la política y también logró atraer a cuatro grupos muy fuertes: el agronegocio, el mercado financiero, los militares y los evangélicos. Su gobierno se pensaba como anti-establishment, pero era una imagen creada, porque los sectores más poderosos del país lo apoyaban.

- T: ¿Esos grupos están detrás de los ataques?

- AG: Creo que el agronegocio, porque para mí hay una conexión directa entre los campamentos en los cuarteles que surgieron después de las elecciones pidiendo un golpe militar y el asalto a los tres poderes. Esos campamentos los financió el agronegocio. Está claro, lo dijo el Supremo Tribunal Federal en un documento, en el que advirtió del peligro que suponía este sector -la plata, los camiones y las personas a su disposición- para hacer actos antidemocráticos. De hecho, fueron los principales financistas de la campaña de Bolsonaro.

- T: Se habla del paralelismo de estos ataques con el asalto al Capitolio estadounidense de 2021. ¿Estos hechos denotan también la conexión existente entre las ultraderechas a nivel global?

- AG: Sí, hay una narrativa común que permiten las redes sociales y, sobre todo, hay dentro de la misma una conexión muy especial entre la derecha alternativa de Estados Unidos y la de Brasil. Por ejemplo, el evangelismo en la política tiene un peso muy grande en los dos países. Los blancos evangélicos apoyaron mucho a Donald Trump y en Brasil a Bolsonaro con lo de la teología de la prosperidad, que surge en Estados Unidos y llega a Brasil. Son como dos hermanos gemelos y si faltaba algo para confirmarlo, fue lo de este domingo. Bolsonaro fue un admirador de Trump desde el principio. Estados Unidos es un caso de radiación de teoría de extrema derecha para el mundo, pero en Brasil tuvo especial fuerza y arraigo. Hay una relación, incluso de afinidad electiva, como diría Max Weber, entre la extrema derecha estadounidense y la brasileña. Son dos grupos que mutuamente se refuerzan y se unen, más allá de las diferencias culturales de cada país. Steve Bannon, uno de los principales referente de la derecha alternativa estadounidense, trabajó para la primera campaña de Bolsonaro.

- T: ¿Por qué la insurrección popular se volvió una herramienta golpista de la ultraderecha?

- AG: Creo que es inseparable del tema de las redes sociales. Cuando uno ve Telegram y TikTok en Brasil, es impresionante el poder que tienen para transmitir contenidos golpistas, que son directamente llamar a la intervención militar, justificados en estas teorías conspirativas del fraude. Son sumamente atractivas para algunos sectores de la población y también están avaladas por Bolsonaro, que nunca reconoció el resultado. Muchos de los que acamparon frente a los cuarteles fueron agrupados por las redes. Cuando surgió el bolsonarismo en 2018 había un estilo de comunicación a través de las redes sociales más jerarquizado, pero con lo que pasó estamos viendo que hay un submundo ya creado donde ya no importa tanto lo que diga Bolsonaro. O sea, tiene como una autonomía propia, como un Frankestein. Eso es interesante, de alguna manera existía, pero se fue acentuando cada vez más hasta ser hoy un universo propio.

- T: ¿Qué hace que estos discursos tengan tal atractivo?

- AG: Una encuesta que hizo Ipsos en la pandemia, que se llama Sistema Roto, muestra cómo en América Latina y el mundo hay una desconfianza muy fuerte con las elites gobernantes. En la región, es de cerca del 70% en la mayoría de los países. Eso es muy fuerte, porque en estos hechos del Capitolio y del asalto de los tres poderes estaba muy claro que esta gente quiere una especie de venganza. Hay un sentimiento de revanchismo, una especie de carnaval de extrema derecha y de inversión simbólica, de reapropiarse de lo que creen propio, pero les fue arrebatado. Se ve en las imágenes del Capitolio y en las del domingo. Tiene algo que ver con el 17 de octubre de 1945, cuando los cabecitas negras ponían las patas en la fuente. Hay algo de eso, de herejía y de transgresión contra el poder, pero esta vez es por derecha.

- T: Mencionó el rol clave de las redes, ¿Qué pasa con los medios de comunicación?

- AG: Hubo una demonización de la izquierda muy fuerte en Brasil por parte de la prensa tradicional, que no se hace cargo porque se pregunta cómo pudo surgir Bolsonaro. Pero tuvieron mucho que ver, porque equipararon al PT con el chavismo, como que todo era lo mismo. Lula nunca fue un populismo chavista, fue un reformista bastante moderado, pero lo pintaron como si fuera eso y Bolsonaro se subió a ese discurso en la campaña de 2018. Si no hubiera estado ese tema tan instalado en la agenda pública, quizás no hubiera llegado a la presidencia.

- T: Retomando el caso estadounidense, una diferencia con lo de Brasil fue el rol que tuvo el Ejército.

- AG: Es mucho más preocupante que la situación en Estados Unidos, porque es una derecha más organizada a nivel popular y tiene al Ejército y la policía que los apoya. En el caso del Capitolio, no fueron cómplices. Esto es mucho más grave y preocupante porque las instituciones brasileñas son más débiles que las estadounidenses para resistir este tipo de situaciones. En ese sentido, es más peligroso porque estos hechos tienen potencial para repetirse.

- T: ¿Cómo evitarlo?

- AG: Es un tema muy difícil. Lula tiene a favor que es un político muy experimentado, pero tiene que dialogar con los militares, aunque sin demasiadas concesiones. El grave problema es que el aparato militar, que estos años tuvo unos 6.000 cargos en el Estado, está comprometido con el bolsonarismo. La democracia está en un momento de mucho riesgo.

- T: ¿Estos actos golpistas podrían reproducirse en la región?

- AG: La situación regional es preocupante por la proliferación de las teorías conspirativas a través de las redes y por estos grupos de extrema derecha que están creciendo en un contexto de crisis de la confianza en las élites políticas. Es más preocupante en algunos países que en otros, como en Brasil o Perú, pero igual hay que estar alerta, porque estos ataques mostraron que podría pasar, por más que resulte difícil pensarlo ahora. Son procesos que se van dando en el tiempo. Lo de Brasil no nació hoy, sino en 2013. (Télam)