Melissa tenía un centro de estética que le demandaba una gran inversión de tiempo y sobre todo, energía. Su ajetreada vida era razón suficiente para sentirse agotada.

Tenía 30 años y una gran responsabilidad, pensaba que por la sobrecarga laboral debía simplemente desacelerar su ritmo de vida, para aliviar la fatiga diaria de la que era víctima.

El frenetismo también la llevaba a una mala alimentación, hecho que reforzaba la creencia de que solo se trataba de un vacío nutricional, es decir una carencia de las vitaminas que el cuerpo necesita para un funcionamiento óptimo.

“Me sentía cansada, pero aparte de eso, nada. He tenido bastante mala salud la mayor parte de mi vida adulta, así que entro y salgo de los médicos varias veces al año” comenzó relatando la mujer oriunda de Glasgow, Escocia.

Y añadió: “Simplemente atribuí el cansancio a trabajar demasiado mientras manejo mi propio negocio”.

El día que Melissa McNaughton decidió hacer una consulta médica, estuvo lejos de pensar que debía inquietarse.

Sin embargo, cuando el doctor detectó que sus niveles de hierro no eran buenos, comenzaron las preocupaciones. Al día siguiente se realizó un estudio, cuyo resultado le cambiaría la vida por completo.

Ese día asegura que se sintió “enferma de miedo” y recordó: “Llegué al hospital, me dirigí al segundo piso y crucé las puertas. Estaba rodeada de carteles que trataban sobre el cáncer y los efectos de la quimioterapia, grupos de apoyo, donaciones de sangre y fabricantes de pelucas”.

Entre la extracción de sangre y la espera, una enfermera le preguntó si había asistido al centro de salud para una quimioterapia, y la idea le generó un ataque de pánico.

Minutos después sus sospechas se confirmaban. Le dijeron que tenía un 99% de posibilidades de padecer leucemia mieloide crónica (LMC), un cáncer que afecta la sangre y la médula ósea.

“Sentada en la sala del consultorio con mi mamá, mi papá y mi esposo, estaba en mi propio pequeño mundo. Escuché algunas palabras y pude ver que la boca del consultor se movía. Solo escuché las palabras ‘cáncer’ y ‘leucemia’”, rememoró.

“Estaba enferma, débil y tenía dolor de huesos y dolor muscular”, la repentina pérdida de peso la dejó tan debilitada que “apenas podía usar un cuchillo y tenedor”.

Hoy, cuatro años después de aquel diagnóstico, recomienda a las personas prestar atención a síntomas como el cansancio extremo o fatiga, hematomas, sangrado inusual e infecciones repetidas.

“El cáncer tendrá que acostumbrarse a vivir conmigo porque de ninguna manera voy a dejar que me venza. Todavía estoy sonriendo y no voy a parar”, concluyó diciendo en entrevista con la prensa local.

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