(Por Hugo F. Sánchez).- La última película del director finés Mika Kaurismäki, “Un amor cerca del paraíso”, que llega mañana a la cartelera de la Argentina, es un relato sobre el amor entre un migrante chino y una mujer residente en un pueblo de Laponia que bajo una aparente liviandad toma posición contra los discursos de odio, el racismo y las ideologías reaccionarias que ganan terreno en todo el mundo.

Mika Kaurismäki, hermano mayor del más reconocido Aki Kaurismäki (“El otro lado de la esperanza”, “La chica de la fábrica de fósforos”, “El puerto”), establece la dificultosa relación entre Cheng (Chu Pak Hong) y Sirkka (Anna-Maija Tuokko), dos personas emocionalmente rotas que encuentran en el otro la posibilidad de un posible nuevo comienzo.

Pero claro, Cheng es un migrante chino que llega a un remoto pueblo de Finlandia junto a su pequeño hijo Niu-Niu (Lucas Hsuan), con apenas el nombre de Fongtron, un amigo finés que conoció hace años en Hong Kong.

Entonces las dificultades idiomáticas para comunicarse, las costumbres y la cultura diferente -más la soledad de Cheng y su hijo que no se despega de su teléfono-, son obstáculos que deberá ir sorteando para asentarse es esa aldea poblada de personajes comunes y a la vez extraordinarios en sus acciones.

Suerte de cuento moral con resolución cantada pero que describe el estado de las cosas en un mundo agresivo y deshumanizado, en la puesta de ese universo cerrado que es ese pueblo, Pohjanjoki, la intención de Kaurismäki es que ese lugar helado y olvidado de la región de Laponia bien podría ser la representación de otro escenario social posible, en donde la apertura mental hacia nuevas experiencias, el respeto por la diversidad y sobre todo la solidaridad, fueran la regla y no la excepción.

Chen repite una y otra vez “Fongtron, Fongtron” ante quien quiera escucharlo y ayudarlo a encontrar a su amigo en el humilde restaurante que regentea Sirkka, que da de comer a una variopinta colonia de habitantes locales y eventualmente a los viajeros que bajan de los micros a visitar la lejana y exótica Laponia.

En “Un amor cerca del paraíso” las oportunidades tienen un carácter de reparación y Cheng encuentra en Pohjanjok a personas que lo escuchan, sobre todo a Sirkka, que le ofrece alojamiento y luego, un empleo como cocinero.

Porque Chan sabe el oficio y la mujer -que se limita a servir potentes cocidos con puré sin demasiada elaboración-, pronto comprueba la sofisticación de la cocina de él, un chef reconocido en su país al que abandonó agobiado por la pérdida de su esposa.

El carácter dramático del relato llega con la revelación de la comida del protagonista -de hecho, en finés el título original de la película es “Mestari Cheng”, “Maestro Cheng”-, una paleta de sabores y colores inusuales para el restaurante de Sirkka o de cualquier parte de la región.

Los platos, el poder curativo de una cocina ancestral, son una parte central del relato y aunque coquetea con cierto tono New Age e incluso podría tomarse como la traslación al cine de cierto tipo de textos de autoayuda, los esquiva justo a tiempo.

La comida ayuda a sanar a varios insólitos comensales y sostiene a la historia, porque como afirmó Anna-Maija Tuokko en la Semana Internacional de Cine de Valladolid a donde fue a representar la película, “es una parte muy importante del concepto de la película”, porque -definió- “Un amor cerca del paraíso” es una “historia de amor, naturaleza, comida y buenos sentimientos”.

Y de eso se trata el filme, de confiar en que la historia llena de personajes nobles que hacen lo correcto se filtre, aunque sea de manera aleatoria, en los posibles espectadores de todo el mundo, en una apuesta dirigida a que los haga reflexionar sobre el presente y asomarse a una realidad más amable, casi quimérica y, claro, por lo tanto inalcanzable. (Télam)