(Por Hugo F. Sánchez) Una película que tiene como comienzo el asesinato de un hombre en un pueblo, como enigma un nombre duplicado y como origen el eco ampliado de la reciente historia argentina, es la trama que desarrolla “El hombre inconcluso”, de Matías Bertilotti, que se estrena comercialmente hoy.

Se trata de un policial intrincado que aborda la investigación del oficial Julián Gianoglio (Gastón Ricaud) junto al comisario Ignacio Rodríguez (Carlos Santamaría), del asesinato de Alberto Müller, “El Alemán” (Ernesto Claudio). Pero a medida que avanza la pesquisa, se suman personajes como Julián (Nicolas Pauls), una visita inesperada en ese pueblo en medio de la nada, a partir de la cual surge que el principal sospechoso del crimen tiene la misma identidad del oficial, Julián Gianoglio.

“El proyecto nació a partir de una imagen, la aparición inesperada de un cadáver en un río y el reconocimiento afectivo y desgarrador de todo un pueblo sobre ese cuerpo”, cuenta a Télam el director sobre el origen del relato.

Bertilotti dice que el principal atractivo del policial es “lo lúdico del juego, lo entretenido en el mejor de los sentidos”, y agrega que sobre todo, lo que más le interesa del género es “la búsqueda de una verdad, el intento inútil de restaurar un equilibrio que se pierde con el crimen”.

El elenco de “El hombre inconcluso” se completa con Víctor Laplace, Paula Sartor, Gabriela Licht, Alejandro Scholler, Tiziano Acosta, Mariano Bernachea, y Karin Scholler.

Télam: ¿Cómo surgió esta historia que ahora se convirtió en tu primera película de ficción?

Matías Bertilotti: El proyecto nació a partir de una imagen, la aparición inesperada de un cadáver en un río y el reconocimiento afectivo y desgarrador de todo un pueblo sobre ese cuerpo. A eso empecé a sumarle otras imágenes y circunstancias, a hacer asociaciones, a entrelazar situaciones muy propias como la búsqueda de la ciudadanía italiana, la puesta en contacto con todos los que llevan mi mismo apellido y el descubrimiento de una cantidad de errores y extrañas coincidencias en la saga de mi propio apellido a lo largo del tiempo. Uno no escribe para trasladar una idea, si no para saber de qué se está escribiendo, la escritura se hace en la propia escritura, por eso sabía por dónde estaba empezando a escribir pero no hacia dónde me dirigía.

T: ¿Qué te interesa del policial, cuál fue la razón de que eligieras este género para hablar de la historia reciente de la Argentina?

MB: Creo que el policial tiene por lo menos dos elementos que me convocan, el primero es el género, lo lúdico del juego, lo entretenido en el mejor de los sentidos, la relación que tiene con el espectador porque todos, desde chicos, queremos descubrir de qué se trata el misterio cuando se nos presenta, desde una adivinanza hasta un crimen, el desafío se nos presenta siempre irresistible. Y por el otro lado, está el costado filosófico, siempre está la búsqueda de una verdad, el intento inútil de restaurar un equilibrio que se pierde con el crimen y que casi siempre, no solo no se restaura si no que lleva al descubrimiento de un crimen aún mayor. Y como decía antes, la escritura se hace en la escritura, y al surgir la necesidad de verosimilizar el juego de los dobles, sentí la responsabilidad de incorporar elementos que como argentinos nos son propios, que solo puede suceder de acá y de esta forma. Y es eso lo que los espectadores tendrán que descubrir en el cine ¿Por qué hay un investigador y un sospechoso, dos personas con el mismo nombre?

T: A diferencia de por ejemplo los Estados Unidos, usualmente el policial en la Argentina prescinde justamente de los policías porque la institución siempre está cuestionada, sin embargo, con tu película vos subvertís ese principio nunca escrito.

MB: Es cierto y era claramente un desafío hacerlos queribles y respetables. Tenemos una deuda con los géneros, muchos los denuestan y lo ponen por debajo de un cine más autoral. Yo creo que el género, cualquiera de ellos, bien trabajado, lúdico, genera un lazo con el espectador tan fuerte que nos da la posibilidad de subvertir casi cualquier cosa. La intención en "El hombre inconcluso" era la de llevar al conflicto a escala humana, individual y tan de pueblo chico en todos los aspectos, que la idea de instituciones quedara en una segunda instancia para sobre el final, volver a las ellas pero con esa idea de banalidad del mal que queda flotando en el aire.

T: ¿Cómo llegaste a diseñar la puesta, con saltos temporales y diferentes puntos de vista?

MB: La puesta, desde el guion está articulada en función de una lucha de puntos de vista, un antes y un después del crimen. En el primero, como espectadores sabemos menos de lo que sabe Julián, el personaje que interpreta Nicolás Pauls. Y en el tiempo posterior al crimen, sabemos lo mismo que sabe el oficial que encarna Gastón Ricaud. Esta lucha de puntos de vista, entre los que sabemos de cada personaje y lo que cada uno va descubriendo, es dinámica y va variando hasta generar una síntesis. A partir de esta dialéctica, se articulan todos los demás elementos estéticos de la película; el color, las actuaciones, la banda sonora y el montaje mismo.

T: ¿Cuáles son tus referentes, con qué otras películas emparentarías a “El hombre inconcluso”?

MB: Son muchos y variados, y no solo del cine. Adolfo Aristarian es un faro, desde Pepe Carvalho, la serie que realizó para la televisión española, hasta ‘Roma’. También son referentes Mario Soffici, Carlos Hugo Christensen y muchos otros grandes directores del cine argentino. Fuera de nuestra industria nombraría a Hitchcock y a Scorsese, pero la lista es casi infinita. Específicamente en relación a ‘El hombre inconcluso’, tal vez por pudor, tal vez porque el estreno está muy cerca, hay cosas que reverberan en uno más allá de la conceptualización, lo voy a ir descubriendo con el tiempo y tal vez sea otra de las tareas para el espectador. (Télam)