(Por Héctor Puyo) Marcelo Velázquez es el adaptador y director de "La pasión según G.H.", un unipersonal a cargo de Mercedes Fraile sobre la novela homónima de Clarice Lispector, que desafía el pasaje del texto literario al escenario y que los domingos a las 18 se puede ver en la sala porteña Portón de Sánchez (Sánchez de Bustamante 1034).

Lispector fue una escritora brasileña de origen ucraniano y hebreo, que escribió novelas, novelas para chicos, cuentos y artículos periodísticos, todo en forma copiosa en los 56 años que vivió, y mantuvo además un avanzado feminismo, aunque no de barricada; en la Argentina se la leía pero se la comenzó a venerar mayormente luego de su muerte en 1977.

Y lo que hace Velázquez -eficaz director de "El padre" (Strindberg) y "El ocaso de un estafador" (un Ibsen adaptado)- es colocar a su actriz delante del público, romper la cuarta pared y transformar al personaje libresco que cuenta en primera persona en un ser de carne y hueso que establece un soliloquio frente a una platea.

Allí reside la vieja discusión acerca de cuándo algo que no fue pensado para el teatro comienza a tener acción dramática, ya que carece de diálogos entre personajes, antagonismos evidentes y acciones precisas indicadas por el autor.

La acción dramática en la escena "posdramática" se establece a partir de discursos únicos, además de la puesta, la dirección y el trabajo conjunto de personas que colocan la música, las luces, el vestuario, maquillaje y peinados, proyecciones y, obviamente, la voz y los movimientos del o la intérprete.

"La pasión según G.H." es una novela de casi 200 páginas en la que una brasileña de clase alta se solaza describiendo la vida que lleva -dice ser una artista plástica frustrada que vive de movimientos financieros-, de las personas con las que se codea y de la vista espectacular de Rio de Janeiro que tiene desde el ventanal de su piso.

Así empieza la novela y así la obra, en la que la mujer no tiene nombre, se identifica ante sí misma por las iniciales "G.H." que figuran en sus valijas de viaje, y solo pronuncia un par de nombres propios, muy secundarios y como elementos de ventaja personal: son los posibles hombres/admiradores que podrían acompañarla en una salida social.

La excepción es el nombre de Janair, la mucama negra a la que siempre ignoró y a quien acaba de despedir para disfrutar de su soledad, sin advertir que era Janair esa otra mitad de su vida que le cocinaba, limpiaba su piso y ordenaba sus piezas decorativas.

La versión de Velázquez altera algunas situaciones temporales y encuentra en Mercedes Fraile una actriz entera, con dicción impecable y gran presencia escénica, que comprende que no está en las páginas de un libro sino exponiendo sus cosas ante una platea. Por eso en algún momento pide que alguien la tome de la mano, como la original le pedía al lector.

Fraile tiene destellos de Alejandra Boero, una de sus maestras y maestros, como lo demostró en "Los derechos de la salud" en versión de Alfredo Martín, "Siempre hay que irse alguna vez de alguna parte", de Gabriela Izcovich, y "Acreedores", también dirigida por Velázquez, entre muchas obras.

Es una intérprete cabal que puede afrontar un texto un tanto largo en el que el personaje termina mezclando su identidad con la de su antigua servidora, a la que observa desde un pedestal muy alto y del que debe bajar cuando descubre cosas inesperadas de aquella que la acompañó tanto tiempo.

Sucede cuando su anomia la lleva a investigar en la habitación que habitó esa mujer casi fantasma, un lugar destinado a la mugre y a los trastos viejos y, aun superando su asco de clase, descubre que se ha transformado en un dormitorio decorosamente mantenido y hasta con una obra artística en la pared a la que intenta descifrarle el significado.

¿Es solo algo rústico dibujado por un ser despreciado, negra y sirvienta, un conjuro contra su patrona, una suerte de venganza a través de la superstición o la magia?

Luego entra un elemento sobre el que no conviene abundar, una cucaracha, que tiene una relación inesperada y remite al insecto kafkiano en que se trasforma el protagonista de "La metamorfosis" con el que esa mujer de vida plácida e inútil podría reconocerse.

La mujer que interpreta Fraile tiene el perfil de aquellas personas que desde el privilegio desconocen al humilde, al descartable social: en la Argentina y en América latina abundan: hace pocos años la primera dama de un país hermano calificó de "invasión de alienígenas" a una protesta popular; antes, en nuestro país, se habló de "aluvión zoológico". Es la decisión de clase de desconocer al Otro, menospreciado y temido y a la vez tan misterioso.

Frente al despropósito que hubiera sido una lectura completa de la novela, el director y adaptador Marcelo Velázquez redondea su trabajo con un inteligente aparato escenográfico de Ariel Vaccaro, unas sugestivas luces de Alejandro Le Roux y oportunos apuntes musicales de Matías Macri.

Y agrega, como ya es habitual, la súbita proyección de videos que apuntan a la clave de la trama y que la sintetizan, pero perjudican visiblemente a la intérprete Fraile con planos primerísimos de su rostro, con imágenes que adelgazan el formato de pantalla y resultan, por lo menos, incómodos.

Todo por transformar la novela de Lispector en una pieza teatral que al igual que su modelo, carece notoriamente de avance dramático y va, junto a la mujer adinerada y sin nombre propio, hacia un vacío muy difícil de eludir. (Télam)