(Por Pedro Fernández Mouján) - El cuarteto Cedrón ofreció anoche un concierto mágico en el que recorrió gemas de la canción popular argentina reivindicando las posibles lecturas de la tradición sin escamoteos ni exageraciones, apostando al placer de la interpretación creativa y agitando la pertinencia de un repertorio colectivo y nacional ejecutado con una respiración propia que atraviesa el tiempo.

El show fue también -aunque no explícita- una despedida al violista Miguel Praino, integrante del cuarteto desde su etapa fundacional cuando era un trío y con casi 60 años de recorrido musical con el Tata, que en estos días vuelve a París, donde vive, y desde donde regresó a la Argentina luego de los dos largos años de distancia que impuso la pandemia, para una serie de presentaciones.

Aunque arrancó con "El ciruelo", letra de Bertolt Brecht con pequeño apunte de Juan Gelman, y "En un corralón de Barracas", de Homero Manzi, ambas con músicas del Tata, en este concierto el cuarteto eligió un repertorio más tanguero y tradicional, que en nada modificó la perspectiva musical del grupo.

Esta vez devenido en quinteto, el grupo tuvo al Tata -que como Gardel "cada día canta mejor"- en guitarra y voz; Daniel Frascoli en guitarrón y acordeón, Julio Coviello en bandoneón, Federico Terranova (incorporación relativamente nueva con pasado en la Fernández Fierro) y Miguel Praino, ambos en viola.

El instrumental "Qué noche", de Agustín Bardi, con especial lucimiento de las violas, y el siempre bello de escuchar "Yuyo verde" ("perdidos de la mano bajo un cielo de verano"), de Domingo Federico y Homero Expósito y que contó con una glosa introductoria de Paco Urondo inspirada en una joven Marilina Ross (según contó el Tata), fueron algunos de los inoxidables de un repertorio gigante de la música porteña que anoche ofreció el cuarteto.

También hubo lugar para tangos instrumentales donde además de la respiración del grupo resaltó en determinados pasajes el bandoneón de Coviello, como "Diagonales", de Osvaldo Tarantino a quien el Tata definió como el "Satie del tango", "Ensueños", de Luis Brighenti, "Armenonville", de Juan Maglio; y "A Lola Mora", de Cedrón.

No faltó el segmento Tuñón (Raúl González, para más datos), a quien el Tata lleva a bellísimas alturas musicales transformando en canciones alambicados textos poéticos (así como hizo con Juan Gelman, otro coloso de la literatura argentina) en una operación que en su momento obligó a una fractura que, como en la noche de ayer, el Tata demostró que nunca está escindida de la tradición.

Así se escucharon, el público que colmó Trilce agradecido, "Los ladrones", hermosa y divertida viñeta de sujetos de avería; el ya clásico "Eche veinte centavos en la ranura", escrito por Tuñón a los 17 años y del que se cumple un centenario de existencia; y "La cerveza del pescador de Schilitgeim", creación de inconmensurable belleza.

Aun en estas épocas, el Cuarteto Cedrón parece suspendido en el aire, elevado unos centímetros del piso y flotando en la combustión creativa, mirando, no desde arriba pero sí desde la perspectiva que da la coherencia al atravesar el tiempo y la fidelidad a una identidad, una escena local que entre aciertos, mezquindades y tropiezos, sigue aferrada a lo propio.

El Cuarteto nunca suena perfecto, anoche tampoco, pero es esa deriva creativa del placer interpretativo, la apertura al error y la improvisación, la decisión de imponer una respiración propia y la insobornable elección del amor sobre la academia los que le dan una sonoridad única y una potencia estremecedora.

Si todavía alguien se quedaba con ganas de escuchar tangos y canciones criollas, sobre el final llegaron la maravillosa dupla de "Bandera baja/Y ella se reía" (Enrique Cadícamo) y "Manoblanca" (Manzi-Antonio de Bassi), para cerrar un concierto cargado de significaciones íntimas y colectivas.

(Télam)