La realizadora Ximena González estrena este jueves en salas "El ritual del alcaucil", documental que propone un retrato de los silencios y el olvido de quienes habitan un barrio del conurbano bonaerense atravesado por los sucesos de la última dictadura cívico militar.

"El filme trata sobre ciertos mecanismos del olvido, sobre esas formas selectivas de construir nuestra historia que permiten recordar con precisión hechos familiares aislados, anecdóticos, mientras se obtura el recuerdo del contexto y de lo colectivo; como si eso no fuera constituyente también de las experiencias privadas, como si fuera posible mantenerse al margen de la historia", explicó González en una entrevista con Télam.

La trama se sitúa en un barrio del conurbano construido alrededor de dos cementerios, el Municipal de Avellaneda y el Israelita. En ese vecindario los mayores, atravesados por creencias religiosas y distintos rituales, relatan de una forma particular los recuerdos de un pasado oscuro que involucra a los desaparecidos de la última dictadura cívico militar, mientras los niños conviven con los fantasmas de esa época.

"Hacer esta película es un modo de atentar contra esa voluntad de olvido, de ver qué es lo que intentamos negar hoy también, esas otras formas de violencia que siguen en las calles de nuestros barrios; en definitiva, reconocernos como actores de la historia, aunque eso dé miedo o sea doloroso", agregó la cineasta.

La cinta, que participó de numerosos festivales, se podrá ver también desde el martes 30 a través de Cine.ar TV y en streaming en la plataforma Cine.ar Play.

Télam: ¿Qué te motivó a realizar este documental?

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Ximena González: La película transcurre en un barrio del partido de Avellaneda, donde nací, me crié y viví 30 años. Por sus calles, a plena luz del día, fueron secuestradas familias enteras durante la última dictadura. La tierra del cementerio ocultó los cuerpos de detenidos desaparecidos, asesinados y enterrados en fosas comunes como NN. Todo sucedió en la tranquila cotidianeidad de un barrio donde todos y todas se conocen las vidas, los deseos y las miserias; donde se relatan de memoria los nombres de cada familia que hacen a la cartografía del lugar, pero no se nombra a los Villaflor. Crecer atravesada por esos silencios y conocer luego las historias negadas me hizo pensar en esos mecanismos para olvidar que siguen operando.

T: ¿Cómo fue la elección de la estética, de los testimonios y de los protagonistas que conforman el largometraje?

XG: La película trabaja sobre ciertos acontecimientos que esta comunidad niega, lo que implicaba un desafío narrativo. Cómo hablar de lo que se calla, cómo poner en palabras la historia del silencio, en un relato protagonizado por quienes pretenden olvidar, y cómo hablar de un pasado que parece no haber dejado huella. Tomamos estas preguntas como regentes para elaborar nuestra propuesta narrativa y estética.

Desde el primer momento apareció con mucha claridad la idea de alejarnos de cualquier representación pintoresca, nostálgica o costumbrista de esta comunidad. Los y las protagonistas son abordados como sujetos históricos, como responsables de sus silencios y sus olvidos, lo que implica que no hay una mirada complaciente hacia elles y tampoco una propuesta cómoda para les espectadores.

T: Hay un contraste entre quienes vivieron y fueron de alguna manera testigos de esa época y las nuevas generaciones que habitan el barrio, ¿cómo lo describís?

XG: Esto tiene que ver con dos ideas que atraviesan el documental. Por un lado, creo que el olvido es un crimen que se comete contra las nuevas generaciones. Cuando uno calla su historia les niega a los más jóvenes la posibilidad de transformarla. Por eso la presencia de los niños y niñas es vital, porque son los destinatarios de esas omisiones. Por otra parte, esas historias no contadas, las que hacen que los mayores teman y se encierren en sus casas, ese desconocimiento, es el que les permite transitar libremente por las calles del barrio, desplegando toda su vulnerabilidad a la intemperie y allí, sus juegos y sus fantasías funcionan como cajas de resonancia de todo lo que se oculta.

T: ¿Creés que quienes dan testimonio en la película aún tienen temor?

XG: La dictadura instauró el miedo de forma extremadamente eficaz y de algún modo ese temor sigue operando, esa fractura del tejido social que impide pensarnos colectivamente y que avanza en la profundización de un individualismo feroz. Por una parte, hay un compromiso y una militancia profunda por la defensa de los derechos humanos, que es referente para toda la región y que opera constantemente para impedir que avancen los discursos y las prácticas fascistas que aún persisten.

Por otro lado, esta conciencia aún no es masiva y está alejada de quienes son inmunes también hoy a la violencia institucionalizada, quienes no están buscando a Tehuel de La Torre, quienes no se conmovieron por la desaparición de Luciano Arruga, ni acompañan a la familia de Facundo Astudillo Castro amenazada por el poder estatal por buscar Verdad y Justicia.

T: ¿Cómo fue la elección del título y qué representa para vos?

XG: El título tiene que ver con una metáfora que aparece a través de un relato infantil. La película está atravesada por cierto imaginario vinculado a la infancia, y en este tono se cuenta la historia de una niña que come alcauciles crudos y queda atrapada entre sus hojas. Es una especie de adaptación de una práctica que tenemos las mujeres de mi familia –comer alcauciles crudos- y que descubrí de grande que era extraña para todos los demás. Tiene que ver con la naturalización de ciertas acciones, sobre lo que no nos preguntamos y repetimos automáticamente. (Télam)