El actor y director Lautaro Delgado Tymruk reestrenó “El corazón del mundo”, una obra a la que definió como “cautivante” y la “más misteriosa y mística” escrita por Santiago Loza, que se puede ver todos los domingos a las 20.30 en el porteño Espacio Callejón.

La pieza que dirige y protagoniza junto a William Prociuk y Ezequiel Rodríguez es un relato “de umbrales, entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte, entre la comedia y la tragedia”, expresó Delgado Tymruk en una entrevista con Télam.

“`El corazón del mundo´ es un encuentro con eso que llamamos Dios, de la manera en que se lo nombre. La energía vital que une todo el Universo. Es la experiencia en el punto donde se unen el pasado, el presente y el futuro en un instante”, describió el intérprete de títulos como “Gilda, no me arrepiento de este amor”, “Francia”, “Un gallo para Esculapio” y “Monzón”.

En esta propuesta el artista trabaja con un dispositivo de ilusión óptica que crea algo similar al efecto producido por los hologramas, que incluye presencias flotando en la escena y para lograr esta combinación comenzó a ensayar la obra y a filmar al mismo tiempo.

Para ello, se valió de su formación como actor, director de cine y su conocimiento en el mundo de la prestidigitación, y creó un grupo de montaje teatral ensamblado con otro de rodaje, que incluyó a más de 40 actores y actrices, además de un gran equipo técnico.

Télam: ¿Qué te sedujo de la obra para dirigirla e interpretarla?

Lautaro Delgado Tymruk: Santiago (Loza) me ofreció hacerla. Es una pieza que extrañamente seguía inédita. Luego me enteré que hubo intentos de llevarla a escena pero fracasaron. Es compleja y al mismo tiempo muy simple. Es sencillamente perfecta. Intenté conseguir director, ya que quería actuarla y no hubo caso. A todos les gustaba pero no veían como llevarla a escena. En algún momento me olvidé de la obra y quedó ahí. Hace dos años nos reencontramos con Ezequiel Rodríguez y William Prociuk, dos grandes amigos y descomunales actores, con quienes hacía mucho que quería trabajar. Medio en broma nos autobautizamos los “Mutantes Caníbales” y ese es ahora el nombre de nuestra compañía. Empezamos a encontrarnos y a jugar con la idea de hacer algo juntos y recordé la obra. Les dije que tenía un material pero que de gustarles quería dirigirla. Ellos aceptaron con la condición de que también debía actuarla. Al principio me resistí, pero los muchachos se pusieron duros. Empezamos los ensayos y al agua pato.

T: ¿Cómo fue la experiencia de dirigir una pieza escrita por Santiago Loza?

LDT: Con Santiago nos une una hermosa amistad por más que no nos veamos tan seguido como a mí me gustaría. Nos conocimos estudiando la Carrera de Dramaturgia en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Sentí su obra como un regalo. La experiencia fue de mucha libertad. Cuando le comenté que quería dirigirla y las ideas que tenía me dijo “hacela como vos quieras. Yo no voy a intervenir ni ir a los ensayos. Confío en vos”. Recién la pudo ver el último día de la primera temporada y cuando terminó la función nos dijo que saltaba de la butaca de la alegría. Si bien ya para ese entonces habíamos cosechado las mejores críticas que jamás imaginé, sentí un gran alivio que el padre de la obra estuviera así de feliz.

T: ¿Cómo definís lo que transita el protagonista de la obra?

LDT: Hay dos argumentos, uno es que el personaje está en un estado onírico, ni dormido ni despierto, a partir del golpe que recibe, y todo lo que le sucede es producto de su imaginación. El otro es el místico. El alma de la persona realmente sale de su cuerpo y vive tres vidas en tres tiempos distintos. Me gustan los relatos que permanecen en el terreno de lo fantástico puro como lo definía (Tzvetan) Todorov. Todo queda en el terreno de la duda y quiero que el espectador salga de esa manera con lo que acaba de ver.

T: ¿Cómo fue el proceso de combinar lo teatral con elementos cinematográficos?

LDT: Fue abismal. Lo que hicimos no tiene precedentes que yo sepa. Se han hecho cosas cortas con artilugios parecidos pero nunca de esta forma y durante toda una obra. Quise que sea una experiencia sensorial. El disparo inicial lo dio mi hijo Matías. Me preguntó cómo se hacían los hologramas y por qué nunca se habían hecho obras con ellos. Empecé a investigar y a experimentar por puro juego con este tipo de ilusión óptica a pequeña escala al mismo tiempo que arrancamos las primeras lecturas de la obra. Fue delirante, rabioso y alegre. Hubo momentos donde todo colapsaba y otros donde nos alambramos de la risa por lo desopilante de la situación. No buscaba algo preciosista, quería que no sea perfecto. Por eso siempre advierto que si vienen a ver un show de hologramas mejor vayan a Disney. Acá van a ver a tres desesperados con el corazón en la boca danzando con un dispositivo de ilusión óptica artesanal. Algo parecido a lo que hacían los ilusionistas, allá por 1865, con el efecto Pepper's Ghost.

T: ¿Cómo fue la vuelta al teatro?

LDT: Cuando Javier Daulte -gestor de la sala- nos ofreció retomar, lo pensamos mucho, luego nos entusiasmamos con la idea. El primer día de ensayo en el teatro fue una fiesta. Haber vuelto ya es una victoria, un terreno reconquistado, estoy feliz que pudimos estrenar. La conquista de lo no esencial, parafraseando a Werner Herzog. Pero ya todos y todas sabemos, después de esta paliza planetaria que vivimos, que el arte es esencial y vital en todo el mundo. Si dejara de serlo seríamos máquinas, módulos vivientes. Ya no seríamos una sociedad, sino un laboratorio.

T: ¿Tenés otros proyectos?

LDT: Sí. Muchos. Dentro de poco se estrena la segunda temporada de “El Tigre Verón” (eltrece), donde tuve la suerte de actuar. Estoy ansioso por poder ver el trabajo terminado. (Télam)