(Por Pedro Fernández Mouján, enviado especial).- La película que estaba faltando, esa que sobresaliera por sobre una selección de pareja para abajo en sus primeros seis días de proyecciones, según los estándares de Cannes, llegó esta noche con la premiere mundial de "Crímenes del futuro" una fascinante puesta en escena de pesadillas futuristas bajo un cierto tono de filme noir, que el realizador canadiense David Cronenberg presentó en la Croisette.

El filme de Cronenberg venía sonando en las charlas del Palais del Festival por el peso específico de su filmografía, el elenco que traía consigo: Viggo Mortensen, la francesa Lea Seydoux y la estadounidense Kristen Stewart y por ciertas pistas de la temática que el realizador había entregado a cuentagotas sobre el filme con el que regresó a Cannes después de ocho años, cuando presentó "Polvo de estrellas", con el que Julianne Moore ganó el premio a la Mejor Actriz.

"Crímenes del futuro", reproduce un título que Cronenberg utilizó en 1970 pero no es una remake, se trata de un filme sobre un horizonte distópico donde la forma de vida y la aniquilación del medio ambiente va generando una mutación genética en algunos seres humanos en los que comienzan a aparecer nuevos órganos, una suerte de línea paralela evolutiva ante las consecuencias del cambio climático.

Rodada en plena pandemia en Grecia con un guión escrito 20 años atrás, "Crímenes del futuro" propone un entorno absolutamente inventado por precioso ojo cinematográfico de Cronenberg, en un filme que revive en su iluminación y algo de su desarrollo las mejores proyecciones del filme noire en clave distópica, con un supuesto Registro Nacional de Organos, que aún se mantiene fuera de la ley pero es el encargado de catalogar y estudiar las nuevas vísceras, tejidos , tumores y miembros que surgen al interior de algunos humanos y un policía a cargo de esa oficina que aspira a desbaratar una organización radical que se propone crear comida plástica para sustituirla por la natural.

Junto a estos elementos, Cronenberg recurre a la performance acaso como el arte más propio de estos tiempos en su capacidad de ruptura vanguardista y laxitud admitida.

En el centro de la historia están Viggo Mortensen como Saúl Tender, un sujeto que atraviesa estos cambios de órganos y que vive junto a Caprice (Lea Seydoux) una performer.

Esta dupla presenta su espectáculo de body art en un club nocturno, donde Caprice abre con un aparato a distancia el cuerpo de Saúl y le extrae con unas pinzas también manejadas remotamente los órganos o tumores desconocidos e inéditos que le van apareciendo en forma inexplicable.

En este clima nocturno es donde se desarrolla principalmente la película, con algunas anotaciones kafkianas y en las que juegan sus papeles, tanto en el bar como fuera de él, dos jóvenes técnicas que reparan unas camas especiales en las que duerme Saúl y que a la vez son una suerte de serial killers, los dos burócratas de la oficina de Registro de Organos (Kristen Stewart y Don McKellar), un médico, el radicalizado productor de alimentos sintéticos clandestino (Scott Speedman) y algunos personajes más.

El filme propone también, por muchos elementos no revelados y por la presencia del destino que se va escribiendo sobre los yerros humanos, una suerte de tragedia griega donde gran parte de las acciones son sopladas por los hechos y las circunstancias mucho más que originadas en la voluntad.

Un par de anotaciones al margen que propone el filme es el de la ciurgía como nueva forma de la sexualidad y por otro que este entorno futurista carece automóviles o naves de cualquier tipo y no porque se trate de una etapa posterior a una deflagración, ni hay computadoras ni teléfonos celulares, aunque sí algunos aparatos manejados por softwares, como el que Caprice utiliza para las performances o la cama en la que duerme para acallar sus dolores Saúl.

En la mejor tradición del cine de autor Cronenberg inventa un universo propio e inexistente para hablar de un presente que a pasos ligeros se dirige a un futuro oscuro. (Télam)