(Por Victoria Ojam) Con el estreno en Netflix de "La calle del terror (Parte 3): 1666", cierra la trilogía de filmes dirigida por Leigh Janiak que no solo jugó con su particular modalidad de lanzamiento, de forma semanal y más propio del mundo de las series, sino que con su regreso al género del "slasher" adolescente se propuso subvertir los arquetipos de ese cine con el cruce central de problemáticas actuales como la lucha contra el patriarcado y las demandas del colectivo LGBTI+.

Es que para esta saga de películas basadas en la serie de libros de R.L. Stine, Janiak, quien ya había experimentado con el género en la tira "Scream: The TV Series" (2015–2019), hizo lo propio con aquellos elementos típicos de las cintas de terror de los 80 y 90, con sus jóvenes "rebeldes" y brutales asesinos que no se detienen hasta castigarlos por sus "transgresiones", para darles un giro contemporáneo que cambia el mensaje de tono moralista que solían dejar sus precedesoras.

Así, diferentes épocas, dos localidades vecinas y opuestas en términos de prosperidad, amores adolescentes y un antiguo y macabro embrujo que se cobra vidas a mansalva son las premisas de una narrativa que se sostiene por responder tanto a la tendencia hacia lo nostálgico que se registra en el audiovisual en los últimos años como a las discusiones instaladas sobre todo en el público al que está dirigida.

La historia de las cintas comienza en la primera entrega, situada en 1994, cuando en la ficticia Shadyside, conocida por ser "la ciudad de los asesinatos" de Estados Unidos, ocurre el brutal crimen en manos de un adolescente de una amiga suya y de varios empleados de un shopping, aunque el chico no había mostrado ninguna señal sospechosa antes del sangriento hecho.

El episodio renueva la creencia de muchos estudiantes de la escuela local en el satánico personaje de Sarah Fier, una joven acusada de brujería que en 1666, según la leyenda, había colocado una maldición sobre Shadyside antes de ser ejecutada en el pueblo que solía unirla con la lindante Sunnyvale.

Pero el cuento resulta no ser tan cuento, y todo es risas y bromas hasta que Deena (Kiana Madeira), una de las alumnas del colegio, es partícipe de un accidente junto a sus amigos Kate (Julia Rehwald) y Simon (Fred Hechinger) que deja herida a su exnovia, Sam (Olivia Scott Welch).

A partir de ese momento, algo sobrenatural y peligroso despierta a distintos y terroríficos homicidas -en claro homenaje a títulos del género como "Scream: Vigila quién llama" (1996) y "Leyendas urbanas" (1998)- que a fuerza de hachazos y cuchillazos quitan de su camino a quienes se interpongan entre ellos y Sam, el aparente objetivo de las criaturas.

Y aunque en principio la amenaza parece haber sido vencida, la joven pronto comienza a dar muestras de estar poseída por un violento e irrefrenable espíritu, por lo que Deena decide, con la ayuda de su hermano menor, Josh (Benjamin Flores Jr.), salvarla a toda costa.

En esa búsqueda recurren a la intrigante Christine Berman (Gillian Jacobs), una traumatizada sobreviviente de una serie de asesinatos muy similares ocurridos en un campamento de verano en los 70, también un punto de encuentro para las y los niños y adolescentes de Shadyside y Sunnyvale, enfrentadas ya por sus desiguales niveles de riqueza y éxito.

La resolución de esa ampliación de la trama, narrada en "La calle de terror (Parte 2): 1978" con un fuerte arraigo al escenario del horror rodeado de bosques y oscuridad que eternizó la reconocida "Martes 13" de Sean S. Cunningham en 1980, da pie a esta última entrega, que se traslada más de 300 años atrás para dar un cierre a la tenebrosa incógnita que acecha a los protagonistas.

En esta ocasión, casi todo el elenco de las primeras dos películas interpreta a distintos personajes que habitan la colonia de Union, donde la verdadera Sarah Fier (en la piel de Deena luego de una suerte de "viaje" espiritual a ese momento), una fuerte y valiente joven, tiene un apasionado y romántico encuentro con su amiga Hannah (Scott Welch), la hija del pastor local.

La discriminación, el rechazo, la persecución y la violencia contra ambas no tarda en aparecer entre los colonos, que convencidos del carácter sobrenatural de una sorpresiva y fatal plaga que comienza a azotar el asentamiento, deciden ponerle nombre y apellido al problema y se disponen a capturarlas y matarlas en la horca.

Finalmente, una veloz secuencia develerá la furiosa naturaleza de la maldición, con un sentido moderno que entiende a la brujería como una resistencia al patriarcado y que echa por tierra la imagen del descubrimiento sexual y las experiencias de la juventud como algo a reprimir y corregir.

De esa manera, y con una propuesta que aunque fácilmente podría haber tambaleado hacia la repetición inconsciente de fórmulas y visuales de décadas previas no defrauda y destaca por su ejecución, especialmente en términos de ambiente, concluye -¿por ahora?- un producto en sintonía con estos tiempos que consigue darle un nuevo respiro a un subgénero que parecía agotado. (Télam)