La actriz Stefania Sandrelli, que mañana cumple 75 años, era una adolescente cuando enloqueció de pasión al personaje de Marcello Mastroianni en “Divorcio a la italiana”, de Pietro Germi, que tuvo sus problemas con la censura porque entonces el divorcio no existía en Italia, pero con su interpretación se inició una carrera con picos brillantes.

Nacida en Viareggio, en la provincia de Lucca, Toscana, más allá de su frescura y su natural simpatía no aspiraba al Olimpo de Sophia Loren, Gina Lollobrigida o Claudia Cardinale; era una chica italiana que buscaba otro lugar, por eso se presentó al concurso Miss Italia 1960, que no ganó, pero luego obtuvo el Premio de Belleza Miss Cinema de su ciudad natal.

No tenía la fuerza militante de su contemporánea Mariangela Melato ni la belleza gélida de Catherine Spaak -que estaban en las revistas-, pero de todos modos la prensa reconoció su talento, además de hacerse eco de su relación con el cantante Gino Paoli, un hombre casado y doce años mayor, con el que muy joven dio a luz a su hija Amanda, que portó el apellido materno.

Sin embargo, como actriz tenía su potencia; realizó papeles menores en “Desnuda todas las noches”, con Samy Frey y Magali Noel, y “El comandante” (ambas de 1961), junto a Ugo Tognazzi –típica comedia “a la italiana”- hasta que Germi, director muy prestigioso en su tiempo, le dio una segunda oportunidad en “Seducida y abandonada” (1963), en la que su padre Saro Urzi enloquece porque la chica queda embarazada de su futuro cuñado, Lando Buzzanca, quien tuvo un gran cartel más adelante.

La acción se desarrollaba en un pueblo de Sicilia con costumbres muy rígidas y grandes prejuicios sociales, y ante la fuga del abusador la familia intenta casarla con un aristócrata desdentado y en decadencia (Leopoldo Trieste), quien está a punto de colgarse de una soga cuando le llega la propuesta; el final es agridulce.

La comedia era muy efectiva en su color social, tenía pasajes verdaderamente desopilantes, Sandrelli inquietaba a las plateas y así empezó a llamar la atención de otros directores de prestigio: en Francia, Jean-Pierre Melville la contrató para “Un joven honorable”, junto a Jean-Paul Belmondo, y Jean-Pierre Mocky para “Las vírgenes” (ambas de 1962).

A ese país volvió en 1966 para trabajar en “El adorable canalla”, de Jean Becker, también con Belmondo.

En medio, el italiano Antonio Pietrangeli explotó su atractivo erótico en “Yo la conocía bien” (1965), junto a un elenco en el que figuraban divos como Nino Manfredi, Franco Nero, Enrico María Salerno y Ugo Tognazzi, y en 1969 Mario Monicelli la dirigió en “Brancaleone en las cruzadas”, junto a Vittorio Gassman.

Esos trabajos fueron el prólogo de su carrera como actriz dramática, que comenzó cuando Bernardo Bertolucci la puso al frente de “El conformista” (1970), junto a Jean-Louis Trintignant y Dominique Sanda, un vínculo entre director y actriz que prosiguió con la dos partes de “Novecento” (1976), con Robert De Niro y Gérard Depardieu, y con “Belleza robada” (1996), con Liv Tyler, Jeremy Irons y Rachel Weisz.

Otros directores disfrutaron de su talento, de su voz deliciosamente cascada y su capacidad para los personajes del pueblo: su “padrino” Germi la puso junto a Tognazzi en “El inmoral” (1967) y Ettore Scola la convocó para “Nos habíamos amado tanto” (1974), junto a Manfredi y Gassman, además de “La terraza” (1980), con Tognazzi, Gassman, Mastoianni y Trintignant; “La familia” (1986), con Gassman y Fanny Ardant; y “La cena” (1998), con Gassman y Giancarlo Giannini.

La actriz trabajó asimismo con Luigi Comencini (“Delito de amor, 1974, y “El gran embotellamiento”, 1978), Nadine Trintignant (“Luna de miel”), Claude Chabrol (“Profesía de un delito”), ambas de 1975, Paolo Quaregna (“Una mujer en el espejo”, 1984), otra vez con Monicelli (“Esperemos que sea mujer”, 1985) y Giuliano Montaldo (“El hombre de los antejos de oro”, 1987), entre otros.

Sandrelli tuvo una etapa “feminista” con filmes como “Yo soy mía” (1977), de Sofia Scandurra, junto a Maria Schneider, y “Mignon vino a quedarse” (1988) y “Con los ojos cerrados” (1995), las dos de Francesca Archibugi, y “La africana” (1990), de Margarethe von Trotta, con la alemana Barbara Sukowa.

Su trayectoria dio un vuelco cuando antes de cumplir los 40 ingresó en un cine discutible y de moda en Italia, con desnudos integrales y escenas “softcore”, como “Desideria, la vida interior” (1980), de Gianni Barcelloni, y sobre todo “La llave (1983), del pornógrafo Tinto Brass (“Calígula”), que prosiguió en España con “Jamón, jamón” (1992) y “Volaverunt” (1999), ambas de José Juan Bigas Luna.

Sandrelli estuvo vinculada al cine argentino en dos oportunidades: “De amor y de sombras” (1993), de Betty Kaplan, filmada en Buenos Aires y hablada en inglés, con un extenso elenco mixto encabezado por Antonio Banderas y Jennifer Connelly, y “Esperando al Mesías” (2000), de Daniel Burman, con Daniel Hendler y Héctor Alterio.

Por toda su carrera en 2005 recibió el León de Oro en el Festival de Venecia y en 2018 el David di Donatello, de la Academia del Cine Italiano, de los que ganó tres corrientes y para los que estuvo nominada en seis ocasiones, entre otros premios italianos y extranjeros. (Télam)