(Por Sergio Arboleya).- El músico y compositor Jorge Drexler reafirmó anoche, en el primero de sus seis recitales en el porteño Teatro Gran Rex para presentar su reciente álbum “Tinta y tiempo”, que es una de las voces referentes de la canción iberoamericana y un artista exquisito y popular a la vez al momento de poner ese repertorio en escena.

Con tres décadas de trayectoria entre Uruguay –donde nació hace 57 años- y España –que eligió como residencia desde 1995-, el trovador exhibió con “Tinta y tiempo” un poderoso alegato amoroso como antídoto a los tiempos pandémicos.

Canciones luminosas y rítmicas encarnaron como nunca antes en el repertorio del guitarrista y cantante que asumió esa faceta inmerso en una puesta sonora y visual tan bella y sutil como envolvente junto a un sexteto de excepción.

Desde las 21.05 –tras un set de apertura a cargo del argentino Javier Berra-, la voz grabada de su prima Alejandra Melfo, que da clases de Física en la Universidad de los Andes en Mérida (Venezuela) y a quien el músico atribuye la inspiración y algunas estrofas de “El plan maestro”, marcó el pulso de la velada con la frase “el amor como estrategia”, un sentimiento que Drexler tradujo arrodillándose y besando el piso del escenario antes de empezar a cantar.

“Estamos estrenando estas canciones compuestas en momentos muy difíciles y que fueron creadas pensando en poder estar aquí como una luz, como un punto de fuga”, confió enseguida antes de las románticas y aclamadas “Corazón impar” (también segunda pieza del flamante disco) y “Me haces bien”.

Como cantante y suelto y vital intérprete o calzándose guitarras acústicas o eléctricas, Drexler fue parte de un engranaje escénico impecable sobre un inmenso telón blanco de fondo intervenido por un despliegue lumínico elegante y unas pocas proyecciones.

El dispositivo visual lo tuvo encabezando el movimiento de un elenco sonoro en semicírculo que tuvo a la batería de Borja Barrueta y al bajo y las programaciones de Carles Campón a la derecha y al teclado de Meritxell Neddermann y a la guitarra, los pedales y la dirección del argentino Javier Calequi a la izquierda.

Mientras, las coristas Alana Sinkëy y Miryam Latrece acompañaron ese andar escénico capaz de crear rincones, duetos momentáneos o iluminar el gesto mínimo sin resentir un ápice el estupendo sonido dirigido por Sergio Benito.

“Después de un tiempo gris, una era de amor se avecina. Aprovechémosla a ver si esto se va abriendo y abriendo”, vaticinó esperanzado, entre “Inoportuna” y “Era de amar”, dos piezas antiguas pero igual de efectivas y amorosas.

La estupenda versión de “¡Oh algoritmo!” que abordó en dupla con la endemoniada y eléctrica guitarra de Calequi y con ambos hincándose por momentos ante el círculo verde proyectado en el listón que bien remitía al logo de Spotify, interrumpió críticamente con tanta dulzura imperante.

Otro recuerdo con “Salvapantallas” dio lugar un pasaje culminante: primero compartió con Latrece la incendiaria “Asilo” y luego la banda completa echó a rodar la magnífica milonga intrincada de “Tinta y tiempo” (“Y al final, siempre ando a tientas/Sin brújula en la tormenta/Pero tras el desaliento/Cada cuento/Si ha de pintarse, se pinta”).

Un momento que iba a ser intimista ahondó esa vertiente cuando un muchacho del público bramó que había hecho “mil kilómetros sólo para verte” y Drexler decidió regalarle la posibilidad de que elija un tema y accedió, a guitarra sola, a entonar “730 días”, antes de “El día que estrenaste el mundo” y “Duermevela”, par de novedades respectivamente dedicadas a sus hijos y a su madre fallecida que lo unió a las teclas de Neddermann.

Otra vez rodeado por el grupo llegó un set poderoso con certeros apuntes de la mano de “Movimiento” (“Si quieres que algo se muera, déjalo quieto”), “Aquellos tiempos” (“Que todo tiempo pasado es peor/No hay tiempo perdido peor/Que el perdido en añorar”), el nuevo “Tocarte”, “Telefonía” y “Silencio” que dejó el teatro en penumbras a las 22.40 marcando un aparente final de la noche.

Una ola de cánticos y luces de linterna de los celulares surcaron la sala donde volverá a presentarse hoy, el domingo y también el 13, 14 y 15, para generar una seguidilla de bises que estiró la reunión hasta las 23 gracias a piezas como “La guerrilla de la concordia”, “Cinturón blanco” (“Rebobinar hasta aquel inicio/Hasta el mismo precipicio/Por el que caímos juntos”), “Luna de Rasquí”, “Todo se transforma” y “Por amor al arte”.

A tres años de sus últimas actuaciones en el país Drexler, construyó un mundo estético rotundo, vibrante, diverso y esperanzador en el estreno de “Tinta y tiempo” como testimonio de belleza a favor del amor y su poder reparador, un don que su colega cubano Silvio Rodríguez sintetizó como la facultad de convertir en milagro el barro. (Télam)