De todas las vidas que tuvo el humorista Miguel Gila -de cuya muerte en Barcelona se cumplen 20 años el martes 13-, se recuerda su aparición en la televisión argentina en 1962 con su acento hispano y una gracia particular, que aparecía con uniforme de guerra y con un viejo teléfono en mano ordenaba: "¡Que se ponga!".

El idilio con el público local se estableció de inmediato y duró varias décadas, porque además de sus disparatados personajes que sumaban ternura y erudición, Gila también escribía en publicaciones gráficas, editaba libros y dibujaba chistes muy efectivos en los que parecía representarse a sí mismo.

Como actor había comenzado con papeles a veces no acreditados en el cine español en 1953 y logró cierto cartel en "Mi tío Jacinto", un melodrama de 1956 que promovía al "niño prodigio" Pablito Calvo ("Marcelino pan y vino"); y en la Argentina secundó a Palito Ortega en "Muchacho que vas cantando" (1971) y también actuó en "Operación comando" (1979), un título olvidado.

Lo fuerte aquí fueron sus apariciones en "Sábados circulares de Mancera" (1962-1964), donde sus intervenciones unipersonales jamás cayeron en el mal gusto y creó expresiones que terminaron integrándose al habla cotidiana.

Gila era, aunque no lo gritara a voz en cuello, un hombre político, un republicano que llegó a estas playas "por un empacho de dictadura" franquista, según sus propias palabras, que tomó a Buenos Aires como cuartel general, se extendió a los países limítrofes, dibujó y editó libros, hizo revista en México y radio en Venezuela, hasta que en 1985 volvió para siempre a España.

Muchas de las expresiones de Gila estaban teñidas por la guerra: "Nos fusilaron mal" fue una de ellas y detrás del absurdo aparece un episodio que fue real: "No le tenía miedo a la muerte. Estaba tan agotado, tan devorado por los piojos, por el hambre, el frío, el cansancio y la sed, que morir podía ser una liberación", decía.

Según una reseña hispana, en su autobiografía "Y entonces nací yo. Memorias para desmemoriados" (1995), Gila contó acerca de la noche que fue "fusilado". En diciembre de 1938, cuando todavía quedaban cinco meses para el final de la guerra, su cuadrilla ya se daba por vencida vagando por los campos de Córdoba: sin munición, sin camiones y sin agua, fueron capturados por el dichoso "enemigo", los franquistas.

Llovía y su regimiento esperaba a pagar "el precio de la derrota": les habían quitado los abrigos, las botas y las mantas y los habían sentado en el suelo mientras sus captores saqueaban una finca. "La dueña, una mujer de unos 30 años, salió de la casa gritando: '¡Viva Franco! ¡Viva Franco!'. No le sirvió de nada: la violaron entre todos", escribió Gila.

El "fusilamiento" iba a ser ejecutado por un grupo de "moros" -soldados traídos de África por Franco- absolutamente borrachos, "con la boca llena de gritos y carcajadas y las manos apretando el cuello de las gallinas robadas", relató. El alcohol distrajo a los verdugos de las formalidades: dispararon a los 14 prisioneros una sola vez, sin rematarlos con el tiro de gracia, y siguieron bebiendo mientras asaban las gallinas robadas.

El futuro humorista, de 19 años, pasó toda la noche haciéndose el muerto entre el barro, la lluvia y la sangre de los que realmente habían caído por las balas. Al amanecer reconoció a un cabo, herido pero sobreviviente, le hizo un torniquete en la pierna para que no sangrara y terminó llevándolo al hombro hasta un pueblo cercano: "El cabo Villegas no pesaba mucho y yo era un muchacho fuerte, pero el terror del fusilamiento había aflojado mis piernas", narró.

Nacido en Madrid en 1919, fue uno de los "gallegos" más famosos de los medios argentinos, había hecho de la Guerra Civil su caballito de batalla y entre sus disparatadas conversaciones telefónicas podía preguntarle al "enemigo" a qué hora iba a continuar la guerra, pues primero le interesaba escuchar el fútbol.

Gila no necesitó del psicoanálisis para elaborar sus terribles memorias bélicas; utilizó su arte y su cáustico humor -que expresaba con un rictus de inocencia rayano en lo estupefacto- para superar un cúmulo de experiencias terribles que él transformaba en absurdo; pese a la vez que estuvo por morir, pudo vivir para contarlo.

Su orientación política no le impidió divertir a unos y a otros: estuvo preso varias veces -en una compartió prisión con el poeta Miguel Hernández- y sobre el final de la contienda, en 1939, aún entre rejas, comenzó a practicar sus viñetas, que no eran bonitas aunque sí muy graciosas.

Gila aseguraba que no tenía identidad política desde que rompió su carnet de las Juventudes Socialistas minutos antes de ser capturado aquella noche de fusilamiento por los "moros" y desde 1951 -mucho antes del "empacho de dictadura"- escribió y dibujó en la famosa revista La Codorniz y divirtió a los públicos populares desde los escenarios del teatro Fontalba, de Madrid, y otros.

Por esa época eran frecuentes e inevitables invitaciones del Caudillo al Palacio Real de la Granja para que actuara ante las amistades de su esposa, doña Carmen Polo, quien solía expresar en forma estentórea: "¡Cómo me hace reír este hombre con las cosas que dice!".

No se conoce el agrado que le causaban al cómico esos convites, ya que eran considerados por la pareja como "encuentros sociales" y no como funciones teatrales y, por lo tanto, más allá de los refrigerios y bebidas generales, jamás habría recibido pago alguno por su trabajo.

Él decía que el humor es la maldad de los hombres dicha con ingenuidad de niño y sus descacharrantes anécdotas sobre el día a día de la guerra demostraron que aquel refrán que asegura que "la comedia es solo el resultado del dolor y el paso del tiempo" podía hacerse realidad incluso en un país con las cicatrices tan mal curadas como la España de los años 50.

Entre 1993 y 1994 realizó varios programas en la televisión pública de su país bajo el título "¿De parte de quién?", con su humor inalterable pese al paso de los años y en los que su acompañante era, por lógica, el tubo del teléfono. Algunas de esas actuaciones se hallan en las redes. (Télam)