“Graciela Borges: mi vida en el cine”, sobre la icónica actriz argentina, se titula una serie de 40 breves podcasts en primera persona producidos por Film&Arts y que, a partir del lunes a la hora cero, estarán disponibles cada semana en la web de la señal de cable y en plataformas como Spotify, Google Podcasts, Apple Podcasts y YouTube.

Con más de 50 películas en su historia, Borges desarrollará recuerdos y emociones vividas junto a famosos directores argentinos y extranjeros, así como sus vínculos con figuras internacionales como Paul Newman, Paul McCartney, Catherine Deneuve y Audrey Hepburn, y la anécdota de la “cesión” de su apellido artístico por parte de Jorge Luis Borges.

Es que a los 14 años, su padre le impidió usar el apellido familiar, Zabala, por cuestiones de prestigio social para actuar en “Una cita con la vida”, de Hugo del Carril, para la que había sido seleccionada a través de un casting, sin que antes se le hubiera pasado por la mente actuar en el cine. Borges fue para siempre su apellido.

“Antes de la pandemia hice dos películas juntas, ‘La quietud’, de Pablo Trapero, y ‘El cuento de las comadrejas’, de Juan José Campanella, y después me dediqué a una gira con mi show, que tiene poemas y canciones, pero la llegada de la pandemia fue muy dramática –explicó Borges en diálogo con Télam-. Yo tengo un lugar muy bonito, con sol y mucho verde, pero pienso en las personas que verdaderamente están necesitadas. El padre de un actor amigo murió de tristeza por no poder ver a sus nietos”.

-Télam: ¿Cómo vas sobrellevando vos la situación?

-Graciela Borges: La única cosa buena es parar. Paré y me dediqué a hacer cosas que tenía postergadas; leer y ver películas que nunca había visto, pero lo que lamento es no poder hacer más por la gente que está tan necesitada.

-T: Hablemos de algo mejor. Contanos de ese proyecto de podcasts sobre tu vida.

-GB: Es que cada vez que me ofrecen la posibilidad de escribir un libro siempre digo que no. Me llamó Marcelo Lezama, productor general de Films&Arts en la Argentina, y como a mí me gustaba tanto ese canal me ofreció hacer una película de hora y media con anécdotas de mi vida.

Pero después la cosa cambió y se trataba de grabar con un micrófono que ellos me mandaban y enviar eso a un sitio determinado, sobre las historias de cada película; pero después la cosa se iba por otro lado, con personas que yo conocí, historias de vida…

-T: Se supone que tu larga experiencia en radio te habrá ayudado.

-GB: Fue una cosa rara. La primera vez fue por la calle, en mi barrio; me senté en una especie de portoncito que no era el mío y Marcelo me dijo: “Hablame de Favio”, y yo le empecé a contar anécdotas del “Negro”, de cuánto lo quería, algo bastante sencillo para mí.

De cada película salían cosas, porque contar la historia de la vida dentro de cada filmación es lo que verdaderamente interesa. Y ellos decidieron hacer estos 40 podcasts; a mí me encantó y lo tomé con bastante humor, porque si no no serviría. Ellos se reían mucho y hasta yo me divertía con lo que estaba contando.

-T: ¿Cómo fue el episodio en que Jorge Luis Borges te ofreció su apellido?

-GB: Yo filmé mi primera película, “Una cita con la vida”, a los 14 años; fueron a hacer el casting al Conservatorio, donde yo me había anotado y era la más chica de todos. En resumen, apareció Hugo del Carril con otro señor, que sería productor, y buscaba chicos que iban al colegio con la protagonista, que era la divina.

Un día llaman por teléfono y dijeron que yo tenía que ir a la calle Talcahuano a la casa de Hugo, y a mí no se me ocurrió decirles a mis padres sino que se lo confié a María, que era la señora que trabajaba en casa: “Tengo que ir a lo de Hugo del Carril porque me van a hacer actriz de cine”, le dije.

Por supuesto, mi papá no estaba de acuerdo por las cosas que se pensaban de las actrices en aquel tiempo, ni me autorizaba a usar mi verdadero apellido. Por entonces yo iba los domingos a almorzar a la casa de Augusto Mario Delfino, ya que su hijo, Marito, era muy amigo mío. Yo llegué llorando y le dije a la madre que no me dejaban hacer cine, con toda la ilusión que tenía.

Allí estaba Borges y preguntó qué me pasaba, el porqué de mi angustia. Enterado, me dijo: “La presto mi apellido”, porque él no tuteaba a las personas. Y ahí arrancó todo.

-T: Qué generosidad.

-GB: Hace pocos años, en una charla con María Kodama, le pregunté si él se acordaría de mí y de esa anécdota, y ella me dijo que sí, porque además seguimos frecuentándonos y mi trabajo no paró.

-T: ¿Cómo te sentís al haber participado, junto a Alfredo Alcón, de una época de nuestro cine que fue esencial, en los años 60?

-GB: ¡Cómo lo extraño a Alfredo! De todos modos nunca me he creído nada de esas cosas que dicen, como “estrella”, “diva”, nada de eso; tengo la sensación de que al haber trabajado tanto tiempo se acomodó en mí una naturalidad que no tiene nada que ver con el ego.

A mí me parece que la completud de todo tiene que ver con los otros; nunca pensé que iba a hacer un gran trabajo sin todos los que estaban alrededor mío. Hubo películas que me gustaron más que otras y equipos de trabajo excelentes y de los otros. Tuve enormes directores y otros que no voy a nombrar, y eso fue una fortuna, una suerte; pero lo que más me gusta es comprobar qué buenas estrellas hay entre las nuevas generaciones.

Creo que hago muy buen cine, creo que soy una buena actriz, y voy a confesar algo: creo que cierta leyenda que anduvo a mi alrededor como “gran diva del cine argentino” me jugó bastante en contra; me pasó con “Pobre mariposa” (1986). Mientras en Europa hablaban maravillas de mí y la película, hubo un crítico argentino que escribió: “Tan bella pero con los labios muy pintados”.

Hubo un buen trabajo mío en “Heroína”, de Raúl de la Torre, filmada en 1972, que la siguen viendo los psiquiatras para ilustrarse, pero otro crítico dijo de mí “La bella catatónica”. Aunque una de mis virtudes es no tomar en cuenta esas definiciones y llevarme bien con el periodismo argentino. (Télam)