(Por Diego Mudano). El oficio de artesano propone universos exigentes y enriquecedores. Uno de ellos, la luthería, tan antiguo como la música misma, plantea el desafío de moldear, trabajar y convertir una madera virgen en un sofisticado instrumento. Con razonados criterios sonoros, timbres elegidos detalladamente para cada estilo de música, siluetas definidas a mano para que la madera no pierda las propiedades y un tratamiento final de pintado pensado exclusivamente para que la pieza conserve su resonancia.

La profesionalización de esta actividad no solo se consigue mediante años de experiencia en un atelier. Argentina cuenta con la facultad pública más antigua de todo el continente: la Escuela de Luthería de la Universidad Nacional de Tucumán.

Ubicada en la capital de la provincia, recibe a muchísimos jóvenes entusiasmados con la fabricación y diseño de los instrumentos musicales de cuerdas. Llegan desde toda Latinoamérica para estudiar en las carreras de Especialista Técnico en Construcción de Instrumentos Pulsados (guitarra clásica) y Maestro Luthier Especializado en Cuerdas Clásicas (violín, viola y cello), de dos y cinco años de duración.

Gonzalo Molina, de 34 años y con más de quince en el oficio de luthier, se dedica a la construcción y restauración de instrumentos de cuerdas eléctricos y acústicos. No solo a nivel nacional: también exporta cavaquinhos y guitarras bahianas acústicas a Brasil, de la mano del músico Mintcho Garrammone.

"Los músicos me escriben con todas sus inquietudes sobre lo que buscan en un instrumento. Yo después lo adapto e intento hacerlo lo más cómodo y acabado posible en relación al género que tocan", cuenta el artista en una entrevista con Télam, y explica que durante el proceso de construcción hay un constante intercambio entre el profesional y el músico que lo encarga para que el resultado sea el esperado.

Télam: Tradicionalmente la luthería es un oficio que se transmite de padres a hijos. ¿Ese es tu caso?

Gonzalo Molina: No, no conté con familiares músicos ni luthiers. Desarrollé el vínculo por interés propio, por escuchar música y por ser músico también. Yo nací en Cinco Saltos, Río Negro, y cuando me mudé a Neuquén, en mi adolescencia, empecé a tocar la guitarra eléctrica. Tuve que llevarla a un luthier para que la pusiera a punto y él, muy amablemente, me abrió las puertas de su taller y del sueño de ser luthier. Cuando terminé el secundario me vine a estudiar a San Miguel de Tucumán, donde está la única carrera del país. Hay otra escuela en México, pero esta es la más antigua de América.

T: Imagino que el campo laboral no es nada fácil en los comienzos. ¿La universidad te brinda alguna posibilidad para empezar a trabajar?

GM: Por lo general a mitad de carrera empezás a laburar un poco con la luthería, así fue mi caso; al terminar la carrera ya tenía varios encargos y un pequeño público. Después, están el boca a boca y las redes sociales. La mayoría de mis trabajos son para clientes que están fuera de Tucumán y en Brasil. También dicté cursos para centros de formación profesional de construcción de charangos en el interior de la provincia.

T: Teniendo en cuenta que cada músico tiene físicos distintos y gustos sonoros particulares, ¿cómo es el proceso desde que llegan a tu taller para pedirte un instrumento hasta que lo entregás en mano?

GM: Cuando me consultan les digo que cada instrumento tiene una historia y una tradición, que están ligados a determinadas maderas. Después pregunto qué tipo de música tocan, si va a ser un instrumento más de acompañamiento o solista, lo que me define qué timbre está buscando -un sonido más dulce, más de ataque o más oscuro-, para decidir el tipo de madera. Generalmente la selecciono yo, trayéndolas desde origen e incluso, tras ir a ver al árbol.

T: ¿La elección de las maderas influye tanto en los diferentes sonidos que puede tener un instrumento?

GM: Sí, por ejemplo en lo que es violería o cuerdas clásicas. Por el desarrollo y tradición de esos instrumentos de más de 400 años, ya tienen madera con las que se los construye tradicionalmente. Pueden usarse otras maderas, pero los músicos suelen preferir maderas importadas como el arce, abeto y ébano.

T: ¿Cómo llegaste al mercado brasileño?

GM: Gracias a amigo Mintcho Garrammone (músico nacido en Dolores, provincia de Buenos Aires), quien se integró a la movida del MPB (Música Popular Brasileña) y que tocó muchos años con artistas de Salvador de Bahía. Con Mintcho desarrollamos la guitarra bahiana acústica, instrumento al que le dimos una característica propia y que nos pidieron mucho en Brasil, así como también cavaquinhos, tradicionales para la samba, el choro y el forró.

T: Hay entidades que ayudan a difundir y respaldar el trabajo del luthier, como la Cámara Argentina de Fabricadores de Instrumentos y la Asociación Argentina de Luthiers. ¿Sentís que te representan?

GM: Ambas agrupaciones nuclean más que nada a los luthiers del AMBA o el interior de la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, nos han invitado -a mí y a la escuela- a exposiciones en las que mostramos nuestros instrumentos

T: ¿Las mujeres tienen su espacio en la luthería?

GM: En estos últimos años, el oficio se abrió a ellas. Cuando empecé, hace 15 años, era un ambiente extremadamente machista. Bah, como casi todos los ambientes de taller. Con los años, la Escuela se volvió más inclusiva. De hecho en 2013, en Tucumán hubo un proceso muy grande con facultades tomadas durante dos meses debido a las denuncias de violencia de género por abuso a compañeras. Ahora, afortunadamente hay muchas más mujeres cursando y unas colegas amigas están armando un espacio a nivel nacional sobre la cuestión de género en la luthería. (Télam)