Merceditas Elordi es autora y directora de “Fuerte como el vidrio frágil”, una experiencia teatral grabada en tiempos de pandemia que ubica su acción en un pueblo de la provincia de Buenos Aires y puede verse hasta el martes 8, a través de Alternativa Teatral.

La iniciativa es interesante porque no se limita, como en otros casos, a registrar la acción en forma pasiva, sino que intenta darle un perfil con mayor movilidad registrándola con una cámara activa, un montaje, una composición del cuadro a la manera no ya de un teatro filmado sino de una puesta visual que busca acompañar la acción en forma activa.

Al punto que la obra comienza en plena calle, con los dos personajes femeninos que se dirigen a lo que se supone su domicilio e incluso intercambian un diálogo con el masculino, mientras desarrollan un prólogo frente a la entrada de Patio de Actores -Lerma 678, barrio de Villa Crespo-, la sala vacía de público en cuyo escenario ocurrirá el resto.

Allí, una mujer con la juventud en fuga (Karina Scheps) observa que la vida se le fue como cuidadora de su propia madre (Julia Azar), una criatura con ataques de demencia senil que la actriz diseña entre el apunte delicado y lo aborrecible, mientras un galán de barrio (Gustavo Luppi) intenta extraer a la hija de ese sitio, aun en medio de sus propias incongruencias.

Hay un deterioro que avanza en ese medio claustrofóbico, tan común en las obras que se desarrollan en escenarios provincianos, y se abate sobre unos personajes que solo pueden expresarse a través de sus sueños, mientras evitan discernir el fracaso que los espera tras ellos.

La relación entre madre e hija conjuga el amor y el desprecio, alimentados por la larga convivencia; la segunda alienta una relación sin destino con ese zapatero de barrio que podría arrancarla de su vida gris y cuyos intentos poéticos están más cerca de la resignación que de lo lírico, con una picaresca criolla de otros tiempos, y la mayor especula con sus dificultades físicas mientras manifiesta verbalmente una independencia de la que ya no puede hacer gala.

Hay una base de mentiras en la relación de los personajes: la hija no puede hablarle a su madre de su relación con el zapatero y disfraza una salida romántica como un asunto de trabajo, la madre elige una realidad paralela en la que supone volver a un pasado de ciertas libertades románticas y el zapatero imagina una opulencia económica de la que está muy lejos.

Un dato interesante es la relación -tal vez incestuosa- de la hija con su padre, al que llama “hermano-padre” cuya foto termina destruyendo, y para la que la puesta utiliza un famoso retrato del dramaturgo Tennessee Williams, tal vez como guiño humorístico o referencia dramática.

No se puede negar la humanidad de esos personajes, a cargo de un trío comprometido con ellos -y que la cámara sigue incluso con crueles primeros planos-, con una Julia Azar acorde a sus antecedentes de gran actriz desconocida por los medios, más una pareja de sumergidos sin remedio (Scheps, Luppi), muy bien jugados, cuyo fracaso conmueve.

La puesta resuelve algunas transiciones con recursos más cinematográficos que teatrales, que circulan entre la práctica escenografía de Edgardo Aguilar pero incluyen breves cierres a negro y planos-detalle de zapatos u otros objetos, mientras la música de Diego Girón acompaña en la medida justa la melancolía de la historia.

“Fuerte como el vidrio frágil” fue registrada recientemente con los protocolos obligatorios oficiales que corresponden a los tiempos de pandemia, pero la producción espera ofrecer funciones presenciales en los primeros meses de 2021.

(Télam)