(Por Martín Olavarría).- "Babylon", la escandalosa y libertina tragicomedia épica del premiado director Damien Chazelle que se estrena hoy en salas, narra la transición del cine mudo al sonoro a través de una gran producción con destreza visual, irreverencias de todo tipo para retratar los oscuros excesos de Hollywood y, a la vez, amor por el séptimo arte y su historia.

Con Brad Pitt en un rol a su medida, que podría ser un híbrido entre los personajes llenos de incertidumbre y confianza interpretados por Leonardo DiCaprio en "Érase una vez en Hollywood" (2019) y "El lobo de Wall Street", la película se destaca por su desarrollo visual, humor negro, ritmo y montaje para llevar adelante una cinta de 3 horas y 9 minutos de duración.

A través de una representación demasiado gráfica de los excesos de Hollywood y su depravación, el largometraje es una relevante reconstrucción de cómo se hacía industrialmente el cine mudo y un retrato de las dificultades en la transición hacia el cine sonoro para ciertos actores, como ilustró en 1952 "Cantando bajo la lluvia".

Guiado por tópicos y referencias estilísticas de Quentin Tarantino, Martin Scorsese y también Paul Thomas Anderson, en cuya "Boogie Nights" se reflejan secuencias transitadas en el filme, Chazelle realizó la película más ambiciosa de su carrera, un sueño pendiente que tenía desde hace 15 años, previo a iniciar su trayectoria.

Una de las secuencias iniciales del vistoso filme presenta al espectador el espíritu de lo que se va a tratar la primera parte de la película: una gran fiesta orgiástica con perversión, locura y drogas de todo tipo que es recorrida en un extenso plano secuencia de varios minutos que incorpora a los personajes principales, tal como en la esmerada escena inicial de "Boogie Nights" y tomas de Scorsese en sus películas de los noventa.

La actuación de la australiana Margot Robbie, que interpreta a una carismática drogadicta dispuesta a todo por llegar al estrellato, es de lo mejor de la película y el rol ya le valió nominaciones para los Globos de Oro, Critics' Choise Awards y premios del Sindicato de Actores.

Se destaca además el mexicano Diego Calva, candidato también en varios premios por su papel de inmigrante mexicano que logra ascender rápidamente a ejecutivo de estudio luego de acceder a trabajos no calificados asistiendo al personaje encarnado por Brad Pitt, el galán libertino y estrella principal del Hollywood mudo.

Los roles encarados por Robbie y Calva sirven para introducir al espectador a la vulgar y decadente bacanal y para hacer un arquetipo de los ingenuos outsiders de Hollywood, encandilados por el glamour y con deseos por entrar al circuito y sus grandilocuentes sueños en la industria del cine, pero sin ver lo oscuro que se esconde detrás.

Otro de los picos de la película llega de la mano del mafioso interpretado por Tobey Maguire, en una escena de cómica tensión que replica el rol de Alfred Molina en "Boogie Nights".

A través de un logrado montaje que maneja bien los tiempos, la película no luce larga y la extensión no está de más; luego de una vertiginosa, ambiciosa y brillante primera mitad en la que pasa de todo, la cinta muta hacia la decadencia, la oscuridad y el declive, lo que hace que la comedia dé paso a la tragedia para usar el contraste de esas dos mitades a su favor.

La aclamación que Chazelle supo cosechar de parte del establishment de la crítica hollywoodense en sus anteriores películas no parece acompañarlo del todo en esta cruzada, probablemente porque busca retratar a Hollywood como despiadada, vil, licenciosa y rompe con la idea de una época con mayor decoro y decencia, aunque, simultáneamente, expresa un gran cariño y homenajea al cine, sobre todo desde la óptica de los espectadores y lo que el séptimo arte les genera.

Chazelle, que a los 32 años se convirtió en el ganador más joven del Oscar a mejor dirección con "La La Land" (2016), vuelve a mostrar sus cualidades como realizador, en este caso, con la producción con mayor presupuesto de su carrera.

Tras el éxito de su segunda película, "Whiplash!", que en 2015 se llevó dos premios Oscar en los rubros de montaje y sonido, y fue nominada a Mejor película y guion, Chazelle recibió progresivamente mayores presupuestos y, luego de los 30 millones para "La La Land" y los 60 millones para "El primer hombre en la luna" (2018), el joven realizador recibió 80 millones para encarar un sueño cinematográfico largamente añorado.

Aunque recién se acerca a los 15 millones de taquilla y parece destinada a, en el mejor de los casos, empatar su presupuesto, es factible que la película sea el mejor esfuerzo cinematográfico de Chazelle, que, como lo hizo hace poco Tarantino en "Érase una vez en Hollywood", se dio el gusto de exponer su amor por cierto período histórico del cine.

Probablemente una película que le guste a los cinéfilos y no al gran público, "Babylon" es una de esas producciones que ya no se hacen tanto y otorga cierta frescura a una variedad de cine comercial con excesiva presencia de franquicias de superhéroes y contenido descartable de streaming.

Uno de los mejores indicadores de la confianza que se tenía Chazelle para encarar la película es que se tomó todo el tiempo que quiso, una media hora, para introducir la historia antes de sobreimprimir en pantalla el título del filme, en una memorable secuencia inicial con varias de las mejores escenas de fiesta de la historia.

Incluso en la escena final del filme, con la que Chazelle decidió sacar a muchos de la narrativa de la película al recurrir a una innovación poco ortodoxa para subrayar su amor por la totalidad de la historia del cine, el joven director da muestra de que tiene la osadía y originalidad necesaria para seguir estando de la cima del séptimo arte. (Télam)