(Por Héctor Puyo) Los actores Julián Caisson, Gabriel Cavia y Santiago Cerra son los protagonistas de “Crónica de un secuestro”, de Mario Diament, que con dirección de Mario Pasetti narra la angustiosa situación de un hombre común que es retenido por delincuentes y que se puede ver en la sala menor de Método Kairós.

Escrita y estrenada hace 50 años por el prolífico Diament, un periodista y dramaturgo argentino que vive en Estados Unidos y suele viajar a Buenos Aires para asistir al estreno de sus obras -algunas brillantes, algunas muy exitosas- fue concebida en un momento político especial en el continente.

Eran épocas en que el secuestro político estaba en boga a manos de los movimientos armados: el expresidente de facto Pedro Eugenio Aramburu había sido secuestrado y ejecutado en 1970 en la provincia de Buenos Aires y ese mismo año sucedió lo mismo en Montevideo con el agente de la CIA Dan Mitrione.

En 1971 Diament desvía su mirada de lo político y crea “Crónica de un secuestro” -en un principio titulada de modo más elusivo como “Escenas de un secuestro”-, una obra representada desde entonces en varios países, incluida la Argentina, donde abundaron las versiones.

El secuestrado que muestra Diament es un hombre común y corriente –imagina un agente de seguros, con toda la grisura administrativa que ello implicaría-, por lo que el autor traza una alegoría simple: “Usted también puede ser secuestrado en cualquier momento”.

De ese modo pone en relieve la inseguridad esencial del ser humano, ese devenir inevitable que la persona no puede manejar y que no tiene que ver con los meneados conceptos de “seguridad” o “inseguridad” manejados por los medios: es algo tan sencillo e inextricable como salir del hogar y no saber que ese día se va a morir.

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El asunto y la puesta remiten sin duda a “El cuidador”, de Harold Pinter, fundadora de un género: un ambiente claustrofóbico, violencia verbal y física, tres hombres en pugna y motivaciones cambiantes, ceñidas a un diálogo cortado con navaja.

El Secuestrador I (Julián Caisson) introduce en forma poco amable al hombrecito (Gabriel Cavia), formal, de traje, de aspecto digno, mientras el Secuestrador II (Santiago Cerra) es un palurdo que lee historietas y revistas pornográficas, cuya tarea es amenazar e impedir que el secuestrado escape.

Hay algo de kafkiano en la situación de entrada, el corredor de seguros no sabe por qué está allí -tampoco se sabe por qué fue elegido como víctima-, se lo ve tan devastado que de inmediato conquista la conmiseración de la platea, que tampoco sabe nada aún. La máscara de Gabriel Cavia es impecable.

El personaje, único con nombre propio en la historia y al que se nombra varias veces, se llama Emilio Morel, un apellido con resonancias en la literatura argentina y que remite a la invención de realidades aparentes. No se sabe si el autor lo eligió por eso o por su eufonía.

A partir de entonces la madeja se irá desenrollando, más que por los aprietes del Secuestrador I, mordaz, implacable, seguro de sí mismo –es la semilla del personaje del “Fixer” que Diament dibujó medio siglo después, aunque sin su humor-, por sus propias debilidades, su síndrome de Estocolmo, sus confesiones gratuitas.

Morel es consciente de ser un anónimo social, solo tenido en cuenta y querido por su familia, sus allegados y tal vez sus clientes; se siente impune justamente por eso: nunca le hizo mayor daño a nadie, no es un líder político y la política no es un tema que se toque en momento alguno.

Más adelante se sabrá que los delincuentes pidieron un rescate por el sujeto y que será su propia esposa quien lo tramitará: se ve que no sería una suma cuantiosa, pero la importancia no está allí. El hombre se va desvencijando, desnudando casi como en una sesión de psicoanálisis y hasta hace la “transferencia” con su captor.

Pese a ser tratado en forma ruda, va narrando su vida familiar, sus fantasías sexuales, lo rutinario de su matrimonio de años, el romance clandestino con una chica de la edad de su hija, pero lo que le falta al texto -y por consiguiente a la puesta- es el miedo.

Ni las amenazas destempladas del Secuestrador I con su sentido de dominador ni los paseos intempestivos del Secuestrador II escopeta en mano hacen pensar a la platea ni a los personajes que allí habrá un hecho de sangre; se sabe que el secuestrado no morirá.

Ese escollo es disimulado por diálogos cortantes y certeros –también herencia de Pinter- que van llenando los cuarenta y pico de minutos que dura la obra aunque la situación no crezca más que por acumulación: es la víctima que va descargando sus miserias, aun en un intento de fuga del que pronto se arrepiente.

El director Mario Pasetti se las ingenia para llevar a buen puerto a su “Crónica…”, sobre todo con el contrapunto entre Caisson –siempre en peligro de desborde, aunque no llega- y Cavia, quien parece estar mirando permanentemente hacia sus adentros, mientras que Cerra debe luchar con el "hueso" duro de roer que le tocó en suerte.

Una observación aparte merece la escenografía: no es necesario llenar de basura un escenario para definir un ambiente sórdido; en ese error han caído hasta directores y maestros famosos. Mejor sería una escena despojada, con los elementos escenográficos y de utilería indispensables y lo demás abandonado a la imaginación. Ya de por sí los pequeños escenarios de alquiler en el mercado independiente aportan su natural tristeza.

“Crónica de un secuestro” se ofrece en la sala menor de Método Kairós, El Salvador 4530, barrio de Palermo, los viernes a las 22. (Télam)