El actor, director y docente de teatro Christian Forteza se prepara para estrenar durante el invierno en el Centro Cultural de la Cooperación "La Tempestad de Lear", una adaptación de "El rey Lear" de William Shakespeare para una sola actriz a cargo de varios personajes, Daniela Rizzo, al tiempo que desde la dirección artística de esa institución participa de su programación escénica.

"Eso es lo más 'teatral' de mi actividad; aparte vengo trabajando con varios artistas de varieté (magos, payasos, clowns), contó Forteza en diálogo con Télam, y agregó que en 1992 comenzó con "talleres convencionales de teatro en la escuela de Néstor Raimondi".

"Me formé un par de años ahí -prosiguió- y después en La Manzana de las Luces, pasé por unos grupos que hacían varieté en Liberarte donde trabajé como actor en sketches de humor, llegué a la dirección del grupo y luego empecé a dar clases sobre el mundo de la comicidad o la comicidad en sí. Ahí me di cuenta de que me faltaban herramientas para transmitir, tanto en la dirección como en las clases, ciertos conceptos que yo sentía que se me imponían con la repetición".

Télam: ¿El ejercicio del humor se puede aprender a través de la enseñanza?

Christian Forteza: Estoy convencido de que sí. Para mí la comicidad se construye; cualquiera puede hacerlo. Yo divido lo humorístico y la comicidad; lo primero está más ligado al chiste, a tener salidas graciosas, a mucho juego con el público y eso está en la persona, a cierta rapidez que pueda manejar. Ahora, la comicidad se construye cuando se desprende de lo dramático, de lo trágico, y el armar el "gag" no tiene nada que ver con la picardía que uno puede entablar con el público; en realidad, el personaje cómico, puro, no es consciente de que puede hacer reír.

T: ¿Qué grandes cómicos son tus ejemplos?

CF: Charles Chaplin, Buster Keaton construyen desde la dramaturgia la comicidad, que principalmente es cómo el personaje enfrenta los conflictos que se le presentan desde la dramaturgia y no importa que lo resuelvan o no; lo interesante es que el artista puede trabajarlo y construirlo desde los recursos de la comicidad. No es necesario ser gracioso en la vida cotidiana para eso.

T: ¿Cuál es tu punto de partida para la risa?

CF: Lo que trabajo desde la comicidad es que nos reímos del comportamiento ridículo, grotesco, insólito, ¿pero qué son en sí esos comportamientos? De alguna manera son en principio inesperados; si hay un comportamiento inesperado es porque evidentemente hay un comportamiento esperado que está como telón de fondo. Porque ese comportamiento esperado tiene ciertas características que nos ayudan a trabajar con la comicidad, es el comportamiento socializado, cultural, cotidiano.

Todos en mayor o menor medida en el escenario juegan con eso, algunos un poco más corridos, otros un poco menos, porque siempre tiene que haber un rango de espera del público; si no hay una expectativa que no se cumple el humor frustra -porque si no nos frustrara no nos reiríamos- y además hay que interpretarlo, hay que juzgar ese corrimiento.

T: Un poco aquello de que la gente se ríe de lo que más le duele.

CF: Lo que le duele o con lo que está inhibida: Sigmund Freud decía que el humorista y el público tenían que compartir las mismas inhibiciones, por eso el humor siempre se ríe de las costumbres sociales; uno siempre trata de transgredir lo que tiene que ver con lo ético, con lo moral y con lo estético. Algunos opinan que directamente se podría decir que la única norma que está en la vida cotidiana es la estética. Porque uno desprende la moral de lo estético: si alguien está bien vestido hay un prejuicio de determinada moral y si está mal vestido da para que se rían en la calle y así estamos respondiendo a simples prejuicios.

T: ¿Ahí entran los payasos de los circos o los teatros?

CF: En ese sentido ahí juegan los payasos, con el colorinche o la ropa muy grande o muy chica, el maquillaje o el peinado; todo está hecho a propósito para que el público se ría de esa moral del personaje. Nos ayuda además que la mayoría de las situaciones están estandarizadas y ahí, en esa estandarización es donde el público puede adelantarse a lo que puede suceder.

T: ¿Reconocés que entre los actores y actrices argentinos actuales existen algunos que hacen reír por virtudes personales que van más allá del aprendizaje?

CF: No voy a poner nombres, pero los hay, ¿porque de qué nos reímos en su presencia? Tal vez cuando aparece algún tipo de caricatura desde el rostro o el comportamiento en sí, que se corre un poco de la seriedad de lo establecido. Siempre la seriedad en la vida cotidiana fue un valor importante, como si allí radicara la confiabilidad de un individuo, y no es así necesariamente. Todos esos valores de la vida cotidiana son interesantes para romperlos.

T: Algunos actores han comentado que el público no se rio donde ellos esperaban y sí lo hicieron en otros momentos donde no.

CF: A veces un error en una pausa genera la risa del público cuando no estaba pensado y hay que aprovecharlo, incorporarlo al espectáculo a partir de entonces.

T: ¿Como la aparición del "cocoliche" en el circo criollo, que se incorpora y hasta llega al sainete a partir de un tipo que habla en una mezcla de italiano y español?

CF: Porque el público encontró diversión en ese léxico que no era el cotidiano; siempre hay una burla, hay una víctima en el humor, que generalmente es un tercero, pero también puede ser uno mismo cuando se toma como objeto, cuando el cómico juega con sus errores, con su impericia. Yo creo que los dos grandes conjuntos de la comicidad están encarnados por un lado en las incorrecciones que puede generar el personaje en relación a los demás, a su propio cuerpo y a los objetos y por otro lado todo lo que tiene que ver con los errores, las caídas, los golpes.

Obviamente, cada época tiene su humor, porque depende de la coyuntura: la actualidad juega, pero tenés el caso de Enrique Pinti, que hacía reír con tantas puteadas, pero eso ahora ya no tendría fuerza. En cambio Les Luthiers podría divertir igual porque tiene otra lógica de constantes, como el juego con la polisemia de las palabras, algo que podrá hacer reír en todas las épocas. (Télam)