La zarandeada incorporación de Marcos Rojo a Boca Juniors y sus derivados pone de relieve hasta qué punto el fútbol profesional baila al compás de su propia lente en un vasto horizonte de desmesura.

Con el debido respeto a Rojo, en cuya trayectoria constan hitos relevantes que nunca estaría de más reponer, sabe llamativo el runrún que produjo su llegada a Boca, que por imperio tácito equivale a la cancelación de su regreso a Estudiantes de La Plata.

Por un lado, en la grey "Albirroja" el defensor ha sido condenado a una suerte de destierro afectivo: "desagradecido" y "traidor" son algunos de los encendidos epítetos que de forma exponencial se multiplican en las redes sociales.

El hombre es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice y Rojo dijo más de una vez que en caso de rescindir contrato con Manchester United y volver a la Argentina sería para vestir la camiseta del club donde debutó en 2008, sobresalió en la conquista del Torneo Apertura de 2010 y representó la plataforma que lo impulsó al fútbol de Europa.

O por la boca y por Boca muere el pez: simpatizante Xeneize y Seneize asimismo la mayor parte de su familia, Rojo ha elegido una casa jerarquizada si las hay en la que, de paso, consumará íntimos deseos atesorados en sus horas adolescentes.

Pero desde luego que se trata de una casa de vara muy alta: fue recibido entre vítores y pedidos de autógrafos y su conferencia de prensa bautismal tuvo el calor y el color de los grandes acontecimientos.

Ahora, las preguntas del millón.

¿Está Rojo cerca de la plenitud de su carrera? No.

¿Ha tenido post Mundial 2018 una competencia de presencia regular y de buen nivel? Tampoco.

En realidad, hasta donde se sabe el universo futbolístico de Rojo se localiza lejos, pero muy lejos, de su sorprendente y virtuoso Mundial de Brasil, de la sintonía de héroe accidental contra Nigeria en el Mundial de Rusia y del futbolista que una tarde fascinó a José Mourinho.

Lesionado, en una pierna, Rojo anuló a Diego Costa en un Manchester-Chelsea de sacarse chispas y ya en los vestuarios, el entrenador luso se paró frente al director deportivo del club inglés y le dijo: "a Rojo háganle contrato por tres años".

El Rojo de estos días es alguien que jugó 15 partidos en dos temporadas, y sin mayor suceso, que se la ha pasado de lesión en lesión y de licencia en licencia, incluido un segundo y fugaz paso por Estudiantes en el primer semestre de 2020, con apenas un partido y menor actividad en la cancha que en las redes sociales: póker con amigos y otras yerbas.

¿Se justifica que a los hinchas de Estudiantes los desvele un futbolista terrenal que ha vestido la casaca "albirroja" medio centenar de partidos?

¿Se justifica que los hinchas de Boca celebren la llegada de Rojo tal si fuera la reencarnación de Walter Samuel?

Pareciera que no, que Rojo es muy joven en el pasaporte (el 20 de marzo próximo cumplirá 31 años), pero demasiado ajado para las altas cumbres.

Ahora será cuestión de ver de si, entre la maleza de semejante bambolla, emerge un Rojo refundado y calificado. (Télam)