La presunta pelea entre Mike Tyson y Roy Jones demostró como mínimo que el boxeo es el deporte menos apto para las exhibiciones y que aun en su vertiente circense tiene limitaciones insalvables.

A mitad de camino entre una disputa oficial y una mera sesión de guantes, Tyson y Jones compartieron un rato de acopio de billetes y apenas, en el mejor de los casos, el orgullo de haber demostrado una buena condición atlética.

De 54 años Tyson, de 51 Jones, afrontaron 16 minutos de relativa intensidad.

En realidad, casi todo fue relativo en el contexto de un espectáculo cuyo tenor específico nunca estuvo demasiado claro.

Muy exhibición para pelea, mucha pelea para exhibición y al final de cuentas un híbrido que rozó el patetismo.

Si insulso es el boxeo para prácticas sin vencedores ni vencidos, qué decir con Tyson como protagonista, otrora un feroz animal noqueador y hoy la sombra de una sombra.

Tan descolorido y desvaído, Tyson, que aun cuando su propósito hubiera sido noquear a Jones, habrían sido insuficientes sus embates anunciados y sobreactuados.

Y si Jones se hubiera propuesto imponer la pureza del boxeo preciosista que lo distinguió, habría sido insuficiente su mímica de cintura y jab.

¿Alguien esperaba algo diferente?

Quién sabe. Salvo para los interesados directos, boxeadores y personas ligadas de una u otra manera al show, este regreso de dos grandes boxeadores ha tenido más cara de letanía que de alegría.

¿Nostalgia? Nostalgia sí, pero en su vertiente más específica: nostalgia por el bien perdido.

¿Nostalgia de Mike Tyson y Roy Jones?

No exactamente. Más bien nostalgia del boxeo en serio. O del boxeo, a secas. (Télam)