Eugenia Zicavo, Juan Laxagueborde y Hernán Ronsino pasaron por las clases de Horacio González en la facultad de Ciencias Sociales de la UBA y, en diálogo con Télam, recuperan esa experiencia, se apropian de las anécdotas y resignifican esa forma de habitar el pensamiento que proponía el intelectual y dejó huella en su vínculo con la lectura.

"Antes de entrar a la primera clase de González ya conocía varias anécdotas suyas contadas por compañeros y compañeras. Que se subía en la terminal de una línea de colectivos y había que entregarle los exámenes en algún punto del recorrido. Que una vez había aprobado con 10 a toda una clase menos a Ochoa a quien, por portación de apellido, le puso un ocho. Todo lo que se comentaba de él era así: disparatado, anti sistema, de una libertad que daban ganas de seguir e imitar", explica Zicavo.

Para la docente e investigadora en la UBA y en Untref, "González no era un profesor que creyera en la disciplina, ni en las notas, ni en el dispositivo de evaluación en general. Por supuesto que había que entregar trabajos para aprobar, pero no tenían la impronta de un examen tradicional. Lo que premiaba era el pensamiento fuera de los moldes, la asociación libre de ideas, el uso original de las teorías. Incluso invitaba a desafiar el formato de examen escrito y hubo quienes aprobaron con performances. Era alguien que tironeaba de los bordes, lo cual resulta inspirador a cualquier edad, pero mucho más cuando tenés 20 años: te hacía sentir que todo se podía cambiar".

Laxagueborde recuerda la expectativa con la que llegó a sus clases, había leído los volúmenes de "La Voluntad", el libro de varios tomos que repasa los 70 desde historias de vida entre las que está la de González: "Era un punto de llegada su materia. Los programas tenían su impronta. La bibliografía eran fuentes primarias y eso me causaba mucho vértigo. Por ejemplo, leíamos 'Muerte y transfiguración de Martín Fierro', de Martínez Estrada o 'El mito gaucho', de Carlos Astrada".

"Hacían un anillado gigante con estos textos, más el Facundo. Esto en la materia Pensamiento Social Latinoamericano. Después en Teoría Estética había algo parecido pero con las grandes filosofías del mundo. Ahí estaba la impronta de Horacio, aparentemente caótica pero totalmente orgánica y constelada que tenía de los procesos sociales a partir de los textos", reflexiona.

El sociólogo y docente recuerda "una clase a la que llegó con el diario y dijo que le llamaba la atención que los jugadores de básquet de Grecia tuvieran nombres muy distintos a Platón, Aristóteles y se puso a hablar de eso. Ese ejercicio, el de a partir del diario, encontrar un punto para sospechar de toda la historia de las ideas es una forma de leer. No le gustaba la palabra contenidos, enseñaba a leer, a producir contenidos a través de la lectura pero esos contenidos nunca los manifestaba como tales. Cuando producía contenidos los ponía en su máquina formalista o deformadora y los volvía propios entonces leer era como hacer vivir a los contenidos".

En tanto Ronsino dice recordar "muy bien" su primera clase con González porque "durante el primer tramo de la carrera de sociología todo el mundo decía que había que cursar en esa cátedra": "Es decir, llegué a Pensamiento Latinoamericano movido por un rumor parecido a la leyenda. Cuando Horacio llegó con su portafolio de cuero, lo primero que recuerdo fue que hizo un chiste. Yo no soy Lito Cruz, dijo porque seguramente le habrían dicho que se parecía. Ese chiste llevó a una serie de asociaciones ligadas a la identidad y a la repetición en la historia", grafica.

"Todo se desplazaba como un tren poderoso, como un encadenamiento que (si bien al principio me costaba seguirlo, comprender esos bamboleos, esos desvíos, esos balbuceos incluso del pensamiento), no me daba cuenta que ahí había operando una lógica, una manera de pensar que no sólo interrogaba la lógica de la carrera de sociología sino que había una manera de pensar distinta que nos desconcertaba y nos abría una infinidad de posibilidad".

"Ese -dice Ronsino- es el efecto más perdurable de las clases de Horacio. La manera de pensar y de articular textos, dejando en claro sin ornamentos académicos o institucionales qué era lo verdaderamente importante para discutir". (Télam)