(Por Dolores Pruneda) En el libro álbum "Vida de un lápiz", el escritor Nicolás Schuff y la ilustradora Martina Trach ensayan una historia sobre el destino y sobre lo casual, también una historia de aventuras, casi de piratas, que se compone de muchas pequeñas historias, sucesos que podrían pasar desapercibidos ante una observador poco atento, pero que, siguiendo a ese lápiz que pasa de mano en mano en forma azarosa entre los personajes, registran el momento en que cada pequeño movimiento es capaz de torcer una vida.

Hay, en la publicación de Limonero, una chica que hace retratos a partir de los restos que dejan los huéspedes de cada habitación que limpia en el hotel donde trabaja. Hay un preso que conoce bien la cárcel de afuera porque de chico, cuando la construyeron en los límites del pueblo, se quedaba horas con su perro mirando las máquinas que le hacían pensar en animales fabulosos. Está ese lápiz que le permite trazar los planos y escapar por las cañerías. Pura aventura. Más libre él que el carcelero.

"Vida de un lápiz" pareciera un libro sobre el tiempo suspendido, tal vez eso es lo que conmociona al leerlo, entrar en una cápsula en la que el tiempo parece dejar de correr, y que en en simultáneo se abre a una hondura inaccesible fuera de esa situación de rito. Cada descripción sobre lo que ocurre al escribir con lápiz remite a eso, "ya no es de noche, aún no es de día y el tiempo parece detenido./ El tiempo siempre corre más lento cuando se escribe con lápiz". En los hechos microscópicos que narran Schuff y Trach late una común historia universal.

¿Hasta cuándo se es niño frente a un libro? ¿Qué cuestiones eyectan a un texto del territorio de la infancia? Una poética inquietante y hermosa forma un libro de dibujos blanco y negro, con algún subrayado en rojo, que edita un sello independiente que se presenta para niños pero que también publica libros no exclusivos para niños.

Hay también algo tremendo en lo referente a la infancia, una tristeza que se instala apenas iniciado el libro, cuando a ese árbol que crece junto a otros en un bosque de Canadá es talado una mañana soleada. Hay ahí una clave del tono entero que tendrá el libro: cálido, luminoso y amable para narrar el frío, lo destemplado.

¿Es entonces un cuento de aventuras, es un cuento sobre la casualidad, un cuento sobre esa idea de la forma en que se despliega la vida y también un libro ilustrado? ¿Es una historia sobre la armonía perdida, sobre la belleza un poco dolorosa de la imperfección con una fe inquebrantable en un presente que se puede seguir reconfigurando, escribiéndolo y dibujándolo? Cada lector tendrá una respuesta.

-Télam: ¿Cuánto sirve centrarse demasiado en si ese texto sería infantil, juvenil o para adultos, qué es un libro para vos?

-Nicolás Schuff: Me parece que un libro, en esencia, es una voz; una voz que nos llega, que escuchamos, con la que dialogamos y que puede ser una compañía, una evasión, un espejo, una manera de entender qué pensó y cómo se enfrentó otra persona, en otro tiempo, a los dilemas de la vida. Ahora: no estoy muy seguro de que sea lo mismo un libro hecho exclusivamente de palabras que uno donde el relato también está construido a partir de la imagen. Habría que ver qué le pasa al lector cuando a esa voz, a esas palabras se les suma la imagen, no como un adorno sino con una función narrativa. ¿Le ponemos palabras también a las imágenes y las transformamos en voz? ¿Cómo operan en nuestra imaginación?

-Martina Trach: Del libro álbum no leemos solamente el texto y la imagen sino que juega un rol importante el formato, la textura del papel, las tintas o lacas especiales, estas decisiones pueden, o mas bien deben, servir para narrar. Es una confección compleja que posibilita otros niveles de lectura que pueden hacer de la lectura una experiencia también sensorial. Tal vez por eso puede convocar como lectores no solamente al público infantil.

-T: ¿Cuál es entonces la potencia exclusiva de un libro álbum? 

-N.S: Solo sé que cuando palabra e imagen se combinan bien pueden dar lugar a libros que ofrezcan una experiencia de lectura diferente y estimulante. A mí me gusta probar artificios narrativos, procedimientos, jugar con los formatos, mezclar y combinar, cruzar disciplinas, como en esa especie de collage sonoro-literario que es el podcast "El pájaro fantasma".

-T: ¿Qué puertas abre en el lector?

-M.T: Forma nuevos sentidos, amplía la información. Es una relación que pienso en términos de voces y silencios. La imagen puede, por ejemplo, contradecir al texto, verificarlo, expandirlo. La palabra a veces abre sentido y la imagen viene a acotarlo, y a veces es al revés, la imagen es ambigua y la palabra funciona como ancla.

-T: ¿Qué implicó ilustrar una historia tan poética?

-M.T: Encontré en el texto un tono frontal, seco y dulce al mismo tiempo. Me agarré de eso para pensar las imágenes. Al comienzo del libro no expando mucho el sentido ni la información, el texto va de a poco y quise respetar ese tiempo. Luego voy ampliando un poco más y aquello que el texto no dice empiezan a contarlo las imágenes. El cómo las trabajé supongo que operó desde un principio, tuve presente el potencial de un lápiz, todo lo que puede hacerse con él al momento de dibujar, hablo desde el aspecto más matérico.

-N.S: Yo disfruté mucho asistir al trabajo de Martina, ver cómo ella le daba forma a mi voz, cómo buscaba imágenes para mis palabras. Y aunque yo tenía -es inevitable- imágenes en mi cabeza, intenté no comunicárselas, o comunicárselas lo mínimo indispensable, para no interferir. Esa es la parte que más me interesa y sorprende del proceso de trabajar con alguien que ilustra.

-T: ¿Cómo definirías tu oficio de ilustradora o qué te significa dibujar?

-M.T: No sé. Está totalmente entrelazado con mi vida. Lo hago para poder pensar, poder entender situaciones, para mantener las manos ocupadas, para comunicarle algo a alguien y también es un trabajo.

-T: ¿Tuviste presente si era para niños o adultos el texto al ilustrarlo?

-M.T: No. Quise abrirme a la historia y el posible libro que podíamos hacer, sin pensar en quién iba a leerlo. El texto llegó a mi por Nicolás, y estábamos sin editorial. Está muy bien pensar en posibles públicos, pero no quise que eso fuera limitante. Cada tanto aparecía la pregunta seguida de risas "¿pero para quién es este libro?".

-T: ¿Qué es este texto, sobre qué cosas lo construiste?

-N.S: El texto lo escribí en una época en la que me dediqué bastante al zazen o meditación sentada, una práctica que tiene mucho que ver con la suspensión del tiempo y el silencio, quizá algo de eso se filtró, aunque no haya sido premeditado. Y lo que decís de la red de historias también me hace pensar en algo que postula el budismo, y es que -lo digo muy a grosso modo- desde su punto de vista la vida se puede pensar como una especie de totalidad discontinua infinitamente interconectada. Pero no son cosas que haya tenido presentes al momento de escribir. Lo que me interesaba, creo, era el procedimiento, la libertad y posibilidades narrativas que ofrece un objeto que pasa un poco al azar de mano en mano y va tejiendo un relato.

-T: ¿Qué otros libros acompañaron la confección de "Vida de un lápiz"?

-N.S: En su origen está la lectura, hace unos cuantos años, de "El orden natural de las cosas", de Ariel Pukacz, que no recuerdo cómo me llegó y que luego perdí, un puñado de relatos breves donde hay objetos que hacen recorridos azarosos, pasando de mano en mano a través del tiempo. Me pregunto quién tendrá, ahora, ese pequeño e inspirador libro leído por mí. Me interesa eso de una materialidad que se vuelve simbólica según cómo se use o cómo se la cargue de emoción. Un lápiz es un objeto hasta banal en apariencia, pero el libro se acerca a un lápiz, lo particulariza, lo observa en detalle y entonces aparece una historia.

-T: El lápiz podría funcionar como un momento de esa historia humana de los sentimientos y las emociones, un objeto que se guarda para recordar a una persona, un lugar, un acontecimiento.

-N.S: Hoy buena parte de nuestra vida transcurre en la virtualidad, ¿no? En ese sentido me gustaba la idea de un relato donde el protagonista fuera un objeto. Y en esto de las múltiples posibilidades narrativas me pareció que el lápiz tenía un plus de interés, porque está directamente vinculado a la escritura y al dibujo, a la hechura de un libro, y porque de alguna manera puede dar cuenta de su propia historia, escribir su propio relato. Es un objeto que tiene la capacidad -es su destino- de ir dejando un registro de su experiencia a medida que su vida mengua. ¡Salvo que aparezca una goma con malas intenciones! Pero ese sería otro libro.

Schuff nació en Buenos Aires en 1973. Es escritor, estudió periodismo y literatura, trabajó como librero y corrector. Escribió versiones para niños de cuentos clásicos, mitos y leyendas. Publicó relatos, novelas y libros ilustrados como las aventuras de Hugo Besugo, "Así queda demostrado" o "Formas diferentes de hacer las mismas cosas".

Trach nació en 1988 también en Buenos Aires. Hizo talleres de dibujo, estudió Diseño Gráfico, es ilustradora freelance, colabora en el diario La Nación e integra el colectivo Anuario de ilustradores. Entre los libros que ilustró están "Clara y el hombre en la ventana", "Qué ojos tan curiosos tienes" y "El inventor de puertas".

(Télam)