Los relatos de la mexicana Amparo Dávila (1928-2020) potencian la inminencia de lo cotidiano y desde allí empujan a situaciones enrarecidas, exageradas o inquietantes que logran contar micromachismos, violencias que las mujeres se esfuerzan por detener o diferencias de clases sociales que se tornan aplastantes y, a partir de la edición de sus cuentos, las escritoras Mariana Enriquez y Jazmina Barrera hablaron con Télam sobre esa capacidad narrativa que atravesó una obra e interpela a la escena literaria actual.

"No creo en la literatura hecha solo a base de la inteligencia o la pura imaginación. Creo en la literatura vivencial, ya que esto, la vivencia, es lo que comunica a la obra la clara sensación de lo conocido, de lo ya vivido, y hace que perdure en la memoria y en el sentimiento", dijo Dávila en una entrevista sobre su universo creativo, que la crítica ubicaba en el fantástico pero ella disentía porque defendía su idea de realidad.

La cuentista aseveraba que su registro tenía que ver con el manejo de la realidad y las dos caras que la implican: "la externa -que es lo que sucede cotidianamente y tiene una razón de ser, una lógica- y la interna -que suele ser oscura-. Esta última cara la manejo mucho y paso de una a la otra, muy cómodamente: de la lógica al absurdo. Muchos creen que es literatura fantástica y no, describo parte de la realidad porque hay situaciones que en verdad ocurren", señalaba.

Barrera (Ciudad de México, 1988) dice que le gusta "mucho esta cita porque refiere a la importancia de que la literatura sea genuina, a que provenga de una necesidad estética real y no impuesta o auto impuesta, que es lo que más impacta en una lectura".

En sintonía, Enriquez argumenta que "el terror se parece mucho más a la vida cotidiana de lo que todo el mundo está dispuesto a aceptar, en cuanto a la incertidumbre, a las culpas, a los tormentos del cuerpo entendido como un todo. Hay cierta interpelación que sentimos los autores que trabajamos con ficción oscura -por qué escriben esto- cuando la realidad se parece a lo que escribimos".

Y cita una charla con Samanta Schweblin quien le decía que no entendía "por qué lo raro es considerado como tal cuando lo inesperado es la constante de la vida y más en nuestros países. Eso es así y lo expresás en el género que más te gusta y se adecua a tu sensibilidad y creo que las sensibilidad de Dávila era oscura y juguetona porque hay una idea de que la oscuridad es muy densa y no es así, es un lenguaje -sostiene-. Es el que eligió ella y el que le permitió decir lo que no se podía decir de otra manera o al menos en la época en la que ella escribía en México".

Nacida en 1928 en Zacatecas, Dávila publicó siempre en Fondo de Cultura Económica y a través de esa editorial llegan a la Argentina sus "Cuentos reunidos", que contienen los libros "Música concreta", "Tiempo destrozado", "Árboles petrificados" y el inédito "Con los ojos abiertos".

Al mismo tiempo en España, el sello Páginas de Espuma los coedita con la editorial mexicana y Enriquez es la responsable del prólogo. En diálogo con Télam, la autora de "Nuestra parte de noche", que comparte con Dávila la capacidad para narrar la inminencia y potenciar lo cotidiano en su ficción, cree que la escritora hubiera definido a sus propios cuentos como de "de ficción oscura o inquietante, para mí son cuentos de terror", advierte.

¿Qué permite el cuento para escribir en este género? ¿Hay algo de lo breve, lo condensado que ayuda a trabajar la inminencia? "Te da un mayor manejo de la tensión narrativa y es más fácil cuando estás trabajando una idea antes que una trama. 'El huésped' es un sutil cuento sobre el micromachismo y la violencia doméstica. Un marido mete en una casa burguesa a este huésped que no se sabe qué es, se puede interpretar como la violencia domestica o como el micromachismo de él", responde Enriquez en referencia al cuento que da inicio al libro.

En ese sentido, lo desmenuza y advierte que "lo que es muy notable es que la protagonista vive en un mundo y el marido en otro porque él trae este bicho, lo pone en una habitación, no tiene nombre y todo el mundo está aterrorizado. Cuando se lo dicen, él dice que no es para tanto. Tiene algo de realidad quebrada también, como si ella estuviese loca, pero es un cuento sobre la casa, el matrimonio. Para comunicar esto de que la violencia machista impide ser una persona completa quizás a veces es mejor el cuento porque no hace falta contar una historia con tanta minucia como en una novela".

Esa brevedad del cuento es la que, para la escritora y periodista, "ayuda a la tensión" aunque reconoce que también "puede ser un fracaso porque si en algo breve no tenés tensión, es un problema".

Enriquez, que trabajó el terror en cuentos y novelas, se explaya y duda: "También es discutible porque hay grandes novelistas de terror como Stephen King, Henry James o Shirley Jackson. En español está Pilar Pedraza, que es más una simbolista morbosa que una escritora de terror, pero en la tradición anglosajona y en Japón hay grandes novelistas de terror. Es un género muy apto para el terror que hace Dávila, pero no diría que el cuento es el mejor vehículo, diría que a algunos escritores les resulta mejor para alguna cuestiones que tienen ganas de decir".

Sobre cómo fue leída en su época y cómo es retomada hoy en un contexto de relecturas y auge de los feminismos, Barrera opina que "para el momento en que empezó a escribir, en los años 50, muchos de los temas que tocaba eran precursores" y rescata el cuento "El último verano" en el que el eje es el aborto, un tema que sitúa como "poco tratado y fundamental en la agenda feminista de este momento".

Pero lo que también identifica en la obra de la autora fallecida el 18 de abril de 2020 es "una voz muy reconocible, un estilo muy singular y un manejo especial del terror, de la tensión y el humor", una combinación presente en sus cuentos que considera "raro encontrar".

La autora de "Cuaderno de faros" dice que llegó hace pocos años a Dávila, algo que explica como "revelador de lo que ha pasado con muchas de las autoras de medio siglo en México, donde su obra está apenas siendo reivindicada y revalorada y sigue siendo poco difundida en la educación básica y media". Lo primero que leyó fue "El huésped", al que define como "un cuento terrorífico con un discurso feminista detrás".

En tanto para Enriquez, "en Dávila la vivencia es muy importante porque habla de la soledad de las mujeres, de sus deseos" y coincide con Barrera en recomendar su cuento sobre el aborto, al que define como "una locura para la época" : "no debían entender en lo más mínimo de lo que estaba hablando porque ni siquiera es una mujer que se hace un aborto sino que desea hacerse un aborto y después su sentimiento de culpa hace que empiece a ver cosas", apunta.

La autora de "Las cosas que perdimos en el fuego" recuerda sus cuentos "más vivenciales de la cuestión femenina y la soledad de las ciudades, aquellos sobre los padres que hay que cuidar, o el de una chica que se enamora de una voz en la radio".

"Plantear que lo siniestro le pertenece a la cotidianidad, hacerlo a fines de los 50 y 60 en México y que lo haga una mujer de una familia rica pero de provincias, a pesar de que publicaba desde su primer libro en Fondo de Cultura Económica, era complejo. No logra hacerse conocida porque no había demasiados elementos para leerla fuera del género que no tenía demasiado prestigio entonces, podía resultar hasta caprichoso. En cambio ahora es un género más que se puede utilizar tratando de metaforizar la vivencia o la experiencia", destaca la autora de "Bajar es lo peor". (Télam)