(Por Eva Marabotto) Aunque fue escrita en 2012, mucho antes del afianzamiento del movimiento feminista “Ni una menos”, la novela “Las Vicentini”, de Mónica Chiesa, se anticipa a los planteos contra el mandato de la maternidad y las alianzas entre pares parra alivianar la soledad y el abandono a través de una historia pueblerina en la que el lector se adentra desde los ojos de una niña.

“Una historia familiar puede convertirse en el retrato de una época”, define la crítica y escritora Silvia Hopenhayn desde la contratapa de esta historia donde la niña protagonista tiñe los sucesos de ternura y leyenda y es capaz de sentirse la reina de los “Titanes en el ring” y de asimilar a Perón con el Rey Arturo.

Sobre esa posibilidad y sobre la capacidad anticipatoria de esta novela publicada por De la Comarca que resultó finalista del Premio Clarín en 2012, conversó con Télam la narradora, profesora de francés y capacitadora, en un diálogo en el que despliega tanta poesía como en su novela.

-Télam: Como en "La casa de los conejos" de Laura Alcoba narrás una historia desde los ojos de una niña…¿Qué le aporta esa mirada a la novela?

-Mónica Chiesa: La mirada de Olivia, la protagonista, es la mirada de una niña que busca entender, que juega al "Veo veo" de las palabras tratando de mirar, escudriñar esos secretos guardados bajo siete llaves. Me encanta la literatura narrada desde las voces de la infancia, de hecho, enseño la obra de Laura Alcoba tanto en francés como en castellano, y muchas de las novelas que trabajo en mis talleres tienen esa voz. Siento que es una voz que dice desde una distancia y desde el extrañamiento, una voz que puede generar una palabra renovada. Todo se resignifica a través de Olivia y su misión "titánica", la de seguir las huellas, descolgar las palabras del diccionario y crecer entre la ternura, la locura y el dolor.

- T.:¿Cómo es el universo femenino de “Las Vicentini'' donde hay sororidad pero también mandatos transmitidos de generación en generación?

-M.C.: Olivia es hija de muchas mujeres, empezando por su abuela Azucena, una mujer que intenta sostener un mundo que está en perpetuo cambio, un mundo que la aleja cada vez más de sus creencias, una abuela que cobija a sus hijas, una abuela que es una enorme gallina dispuesta a enfrentar a quién sea, que se planta en su construcción discursiva, que no le tiene miedo al papelón. Puede recorrer las iglesias, sacar los piojos y buscar a Ema Vicentini en la sede de la televisión argentina. Olivia es hija de muchas mujeres, hija de sus tías, cada una cargando sus frustraciones, sus renunciamientos, sus anhelos. Y es hija de Ema, la apasionada, la deseosa, la que pone sus pasiones por encima de todo.

Es increíble que hablemos de "sororidad" porque cuando escribí la novela (en 2012) ese término no existía, tampoco existían otras formas de maternar: la mujer debía ser madre y entregarse a la maternidad incondicionalmente. ¿Cómo es posible no tener ganas de ser madre? Ema tiene ganas y no tiene, en la novela a mí se me armó un personaje. A Ema nada la ata. Nunca pensé que al ser publicada la novela, en esta época, la escritura de hace 15 años pudiera haber desembocado en un personaje tan actual, que resonara de esta forma. Las Vicentini arrastran sus mandatos, sus normas, y sin embargo, en algún momento estuvieron dispuestas a correrse de esas normas. Hay entre ellas una lengua propia, una historia que las abriga y desabriga, que las incluye y las expulsa.

-T.: ¿Cómo son los hombres de esa historia, entre desdibujados e idealizados?

-M.C.: Olivia se considera parte "de una familia de mujeres". Pareciera que hay claramente una frontera entre Las Vicentini y los hombres. Como si pudieran prescindir. Y a su vez son necesarios para Olivia. Esos hombres desde sus lugares, desdibujados quizás, opacados por el empoderamiento de estas mujeres, le enseñan a Olivia cosas "de la vida misma". Sus tíos, cada cual impelidos por sus ideales, sus sueños, sus prácticas. Cada uno encarna algo que para Olivia es fundante: la tierra, la ciencia, los sueños. Luego están otros hombres, personajes más secundarios que giran alrededor de la niña, trayéndole alguna sabiduría esporádica. Por ejemplo, el Caballero Rojo le enseña algo sobre ella misma, "sos un bichito de luz", le dice, Y también le enseña algo sobre Ema, para que Olivia pueda aprender a preservarse de una madre que puede arrasarla. Pero, sin duda alguna, el más importante de todos esos hombres es Arturo, el pollero, el que tendrá para Olivia un lugar de "novio de su mamá". Arturo que le transmitirá su amor por Perón, le contará leyendas, buscará junto a ella lo incierto e indefinido de la vida.

-T.: Hay otras referencias literarias en la novela…

-M.C.: Primero para mí hay una referencia monumental que es “El mundo según Garp” de John Irving. Cuando escribí “Las Vicentini'' estaba muy influenciada y creo que mi novela es hija de ella. En el mundo de Irving, los personajes femeninos son absolutamente monumentales, verdaderos edificios capaces de sostenerse frente a las más grandes catástrofes. El epígrafe de Irving habla de la función de la literatura, "mantener vivos a todos para siempre". Luego también está ese otro epígrafe que tiene que ver con la construcción de la memoria, más precisamente con el recuerdo, epígrafe sacado de “El general en su laberinto de García Márquez”. ¿Hay recuerdos ciertos? No lo creo, todos los recuerdos son relatos que nos inventamos. Y por supuesto, está ese otro monumento literario que es “El gran Gatsby”¿porque, qué hombre puede desear Ema si no es a Gatsby? Un hombre que se pueda mirar de lejos, que espere en una escalera de mármol, pero también un hombre del que pueda soltarse. Y a su vez, ahora charlando me doy cuenta: Gatsby es un coloso, en el sentido en que también lo son los titanes, seres mitológicos, arrastrados por las pasiones.

-T.: Mencionaste a los titanes, porque también hay referencias a la cultura popular, a programas y series de televisión que componen una suerte de “fresco” de la época...

-M.C.:¡Claro que sí! Las Vicentini se nutre de las expresiones populares, las comidas populares y los programas de la tele. Son mujeres noveleras. En el sentido en que al final no se sabe bien si ellas son soñadoras, como aquella imagen de Mía Farrow observando la película y entrando en ella por la sola fuerza de su ilusión en “La rosa púrpura del Cairo” de Woody Allen, o si ellas mismas son los personajes de las novelas que miran. ¿Miran las novelas?¿O las novelas existen porque son miradas por las Vicentini? En todo caso, el discurso ficcional de la televisión, de los programas y las series, está al servicio de crear un puente entre los conflictos que se narran en el mundo de la televisión y el drama que ellas viven.

- T.: ¿Cuál es el lugar que la tv tenía en la época?

-M.C.: n mi propia casa la televisión estaba en la cocina, que era el lugar donde todo existía, muy cerca de la mesa. Recuerdo que hacía los deberes escuchando la tele. Recuerdo que mi madre tejía por las noches acompañada por Narciso Ibáñez Menta. Esos recuerdos alimentaron mi búsqueda. Nadie podía perderse un capítulo de “El amor tiene cara de mujer''. Escribí la novela con una dinámica como de "entregas", como capítulos de una serie, en cada encuentro con mis compañeros y compañeras de taller, con mis maestros, Esther Cross y Hugo Correa Luna. En cada encuentro, cuando yo llegaba con mi nuevo capítulo, ahí se encendía la tele y rogábamos porque no hubiera corte de luz...

-T.: Si bien se repiten las referencias a la época llegan narradas desde los ojos de la protagonista, que puede asimilar a Perón con el Rey Arturo…

-M.C.: Quería que la época llegara a través de la televisión y a través de los ojos de Olivia. Claramente en la novela se habla del exilio de Perón, y las leyendas en torno a su regreso, por eso está también ese sueño donde Oli identifica a Perón con el rey Arturo, trayendo a la ficción el lugar de lo legendario, ¿quién es leyenda? ¿Perón o el Rey Arturo?

Otro elemento, podríamos decir colosal, es la llegada del hombre a la luna que es narrado por diferentes miradas, la mirada de Azucena, del cura párroco. Me gusta mucho en la estructura de "Las Vicentini", ese entrelazamiento entre ficción y realidad. Cómo los personajes de la Historia se vuelven personajes noveleros y cómo los personajes de la novela entran en la Historia.

-T.: ¿Cuál es la repercusión que tuvo la obra?

-M.C.:Lo que me sucedió es el asombro de descubrir que la novela dialoga con las lectoras y los lectores. He recibido fotos de una colega que subraya un párrafo y lo pone en "conversación" con una novela francesa. Y lo más extraordinario es vivir el hecho literario como experiencia: recibí mensajes de voz, incluso imágenes del libro, que "escriben" el último capítulo, que reciben la hoja en blanco como una invitación a continuar la escritura. Por eso las Vicentini brillan por sí solas. Siguen iluminando después de que cerrás el libro.

(Télam)