Con un modo potente de enlazar normalidad y anormalidad, la otredad, la locura y "ese tirano que llamamos sentido común", el narrador y poeta Matías de Rioja presenta un conjunto de poemas bajo el título "La pausa del mundo", su primera publicación luego de abandonar la ciudad de Cipolletti para establecerse en Buenos Aires, una emigración con la que sale de una periferia geográfica para sumergirse en otra, de orden literario, constituida por su ejercicio de la poesía.

De Rioja dice que desde chico tuvo cierta compulsión hacia los libros y en este trabajo, publicado por el sello Hojas del Sur, toda esa literatura leída, todo lo estudiado, visto y escuchado son hipotextos privilegiados que emergen como en un palimpsesto aunque el poeta asegura que empezó a escribir desde lo ignorado.

De Rioja (Río Negro, 1981) publicó los libros de poemas "Mufasa no debió morir: escritos por si acaso" (2014) y "Tal vez esperabas otra cosa" (2017), tiene tres novelas inéditas, y colaboraciones en diversos medios gráficos.

-Télam: ¿Cómo fue ese movimiento geográfico de una periferia al centro cultural del país?

-Matías de Rioja: Tenía treinta y tres años, vivía en Cipolletti, y trabajaba como psicólogo en el hospital. Hacía varios años que escribir en mi blog había dejado de ser un pasatiempo y se había vuelta un hecho casi cotidiano. Había publicado mi primer libro de manera independiente. Un amigo de la infancia, que hacía más de veinte años estaba radicado en Buenos Aires, empezó a insistir en que, si de verdad quería ser escritor, -como si hubiera algo en esa afirmación- tenía que venirme a capital. La idea, que comenzó como un chiste, germinó en mi cabeza y meses más tarde, y con todas las contradicciones a cuestas, conseguí el pase en el trabajo y me vine.

Lo miro en retrospectiva, pasaron casi siete años ya, y es bastante frustrante esa lógica porteñocentrista. Hay enormes escritores y escritoras en el interior. Pero en ese momento había cierta fantasía -arrastrada desde la adolescencia- en ser escritor. Supongo que eso me empujó a venir sin pensarlo mucho. A fin de cuentas, me encantan las periferias... qué mejor que venirme desde la Patagonia a Buenos Aires con ese hijo marginal de la literatura, que es la poesía.

No quiero romantizar esta idea del que se va de su pueblo en busca de hacerse un nombre. Yo tuve mucha suerte. Me vine con trabajo y a vivir con un amigo de la infancia. Pero además, Vicente Zito Lema, a quien había conocido por cuestiones de trabajo en una de sus visitas al Alto Valle (aparte de psicólogo, yo era docente en un par de universidades), leyó un borrador de mi primer libro y me dijo unas palabras que me marcaron profundamente: "Hay mucha potencia en tus textos". "Potencia" fue la palabra que usó. Y yo, conociendo un poco su admiración por Spinoza, lo sentí como un regalo, un empujoncito a mi deseo por esa idea de Spinoza de orientarse hacia las pasiones alegres. Escribir tiene mucho que ver con esa búsqueda.

-T.: ¿Y cómo llegás a esa otra periferia literaria: la poesía?

-M. D.R.: Hace poco escuché una charla en YouTube de Luisa Valenzuela que decía algo así como que para escribir hay dos vías: la vía Solar, que va de la teoría a la práctica, y la vía lunar: que va de la práctica a la teoría. Y que ella se consideraba parte de esta última vía. Primero escribe, después encuentra que teorías subyacen a su escritura. A mí me pasa algo similar. Sobre todo en relación con la poesía. Yo empecé a escribir en el blog sin saber bien qué escribía. Ensayo, cuento, microrrelato, poesía. Con el tiempo, los lectores, o personas que admiraba mucho empezaron a decirme que les gustaban mis poemas. Entonces tuve que hacerme cargo de que sí, lo mío, pese a no ser un gran lector de poesía (sacando los clásicos como Borges, Girondo, Juarroz, o Bukowski), tenía forma, música y ritmo de poesía. Mala, o menos mala, pero poesía.

Siempre fui lector de novela o cuentos, más tarde por mi formación me acerqué al psicoanálisis y a la filosofía. Si me preguntan, llegué a la poesía porque la pulsión de escritura era tal que la vía lunar que encontré fue poética. Pero jamás me senté pensando: Voy a escribir un poema. No. Como dicen por ahí, los adjetivos llegan después. Fueron los otros lo que empezaron a nombrarme así. De hecho mis poemas son bastante prosaicos, o como dijo un escritor amigo, cualquiera de tus poemas, con un poco de trabajo, puede ser un cuento. Supongo que tiene razón, pero quizás por cierta necesidad de síntesis (o por pereza), muchos textos terminaban siendo poesías. Me siento cómodo con esa cadencia, esa musicalidad, esa forma de acceder a una lengua profunda por otra vía que no sea la racional. Y creo que eso lo permite la poesía. Incluso una poesía desde lo otro como la mía. Después eso fue mutando. Una vez en Buenos Aires seguí trabajando en mi escritura, haciendo talleres, y ya tengo un par de novelas escritas, una de las que, si la pandemia quiere, se publicaría a fin de año.

-T.: ¿A qué te réferis con poesía desde lo otro?

-M.D.R.: En mi poesía hay una búsqueda más o menos consciente, de correrme de cierta literatura de la mismidad, por así decir. Y digo más o menos conscientes porque tengo en claro que mucho de lo que surge en la escritura obedece a otra lengua, esa irracional y caótica que viene desde el inconsciente. En esos momentos, cuando empecé a escribir con regularidad, ya era psicólogo, había comenzado a trabajar en barrios periféricos (allá conocemos como "tomas" lo que acá llaman "villas") y eso había puesto patas para arriba toda mi formación "psi". Además daba clases en dos universidades distintas (Universidad de Flores y Universidad del Comahue) junto a las queridas Nadia Heredia y Mabel Pigna. En esas cátedras me topé con autores, (desde Freud a Foucault, desde Aristóteles a Lévinas, pasando por Enrique Dussel y Carlos Skliar) que empezaron a poner en tensión mi forma de entender el mundo y la vida.

Si mi poesía tuvo cierto eco y encontró algunas miradas generosas, al punto de que una editorial como Hojas del Sur se interesó en publicarlas, fue porque hubo una intención de pensar la poesía desde lo otro, desde eso que no se nombra, o que no se quiere ver, eso que está en la periferia, eso que Levinas llamó alteridad. O como digo en algún poema: "En la era de lo uno, yo defiendo lo otro". Y además, hacerlo de una manera directa, sin eufemismos ni abstracciones estériles.

Claro que no descubrí nada nuevo, y que hay escritores que admiro que lo hacen mucho mejor, pero si tengo claro que no quería repetirme, ni caer en esa escritura de un yo que se narra siempre del lado de la norma. Hay una búsqueda de que lo estético y lo ético conversen. Incluso desde la ficción.

-T.: "La pausa del mundo" es un título muy sugerente para este momento...

-M.D.R.: Si, surgió de un texto escrito en cuarentena. En esas primeras semanas de encierro, ante la incertidumbre que generaba el virus, sentí que estábamos asistiendo a un bombardeo de tips sobre lo que debíamos hacer, consumir, sentir, etc., entonces escribí un poema que rebotó bastante en las redes, y como el libro se estaba terminando de editar, me gustó como título. El libro incluye textos actuales, pero también otros que tienen cinco o seis años, tal vez más, pero que ahora, con esta pandemia, se resignificaron. Algunos me escribieron durante la cuarentena porque textos como "Casi" o "Mientras" o "Manifiesto" los hicieron repensar esta experiencia. Y la mayoría de esos textos son de cuando vivía en Cipolletti. O sea siete años atrás. Quedaría pedante decir que yo sabía lo que estaba escribiendo en ese momento, pero si tengo en claro, retomando la vía lunar de la que hablaba Luisa Valenzuela, que cuando los escribí había un intento mío por frenar un poco el vértigo en el que vivimos, una apuesta por recuperar los gestos mínimos, esos espacios de hospitalidad y ternura que el día a día con su lógica de mercado, se fagocita. La angustia y el extrañamiento que produjo está pandemia -cuyo efectos tardaremos muchísimo en poder significar- pusieron en jaque ese ritmo hipomaníaco que nos impulsa a vivir siempre hacia adelante, medicándonos sin tiempo para elaborar nada de nuestra historia, en un presente que parece insoportable si no podemos consumir. De allí que quizás la poesía- y no me refiero solo a la mía- venga a ser un espacio de detención, una forma otra de mirar, que permita salirnos del mandato productivo de la época. Que la poesía sea inútil es acaso su mejor defensa. (Télam)