En tiempos de distopías aceleradas con nuevos paradigmas climáticos, educativos, políticos y de comunidad en crisis, la filósofa y ensayista española Marina Garcés, autora del libro recién editado "Un mundo común", propone "compartir lo que nos separa" como respuesta posible ante una homogeneización globalizadora y sostiene que "la pandemia nos ha puesto ante el mapa más descarnado de lo que es el mundo global".

El texto, que en España fue publicado en 2012 y llega ahora al país de la mano del sello Marea Editorial, se manifiesta más presente que nunca en su desarrollo de pensamientos críticos que desde la filosofía ponen en perspectiva un mundo colectivo, agotado, castigado por las desigualdades acrecentadas por la pandemia que atraviesa discursos y cuerpos.

"La pandemia nos ha puesto ante el mapa más descarnado de lo que es en realidad el mundo global: bajo la ficción de la comunicación y la movilidad globales, lo que tenemos es un mundo de Estados, de mercados y de corporaciones, que organizan entre sí sus intereses, sus inversiones, sus privilegios y sus territorios", sostiene Garcés en una entrevista con Télam.

Con un desarrollo estructurado en tres partes, la ensayista retoma al filósofo francés Maurice Merleau-Ponty y la idea de "reaprender a ver el mundo" para abordar desde diversos autores y su propia experiencia "el problema de lo común", en el mundo en el que estamos implicados.

Garcés propone una idea de implicación colectiva en el que el "nosotros" esté integrado en una misma escena sin renunciar a la singularidad: desde las individualidades y diferencias, la coimplicación como respuesta colectiva, un espacio situado y particular (aquí y ahora) en relación a otros, en la continuidad dinámica de la vida que compartimos "en un único mundo" que se cae a pedazos.

-Télam:¿Cómo se vincula su propuesta de coimplicación con el escenario instalado por la pandemia que obligó a redefinir valores y objetivos universales?

-Marina Garcés: El mundo Covid quizá es la experiencia más alejada de lo que sería un mundo común. La pandemia global afecta al conjunto de la humanidad, supone la amenaza de un mismo virus al mismo tiempo. Pero revela, precisamente, las terribles desigualdades de esta experiencia, tanto por la manera de poder asumir los confinamientos necesarios, como por las decisiones políticas y económicas que están organizando la respuesta sanitaria, la investigación y el acceso a las vacunas.

-T: ¿Cómo entender el mundo en pandemia y este cambio en la hegemonía geopolítica mundial que se perfila más multipolar que como un dualismo entre occidente y oriente?

-M.G: La pandemia nos ha puesto ante el mapa más descarnado de lo que es en realidad el mundo global: bajo la ficción de la comunicación y la movilidad globales, lo que tenemos es un mundo de Estados, de mercados y de corporaciones, que organizan entre sí sus intereses, sus inversiones, sus privilegios y sus territorios. Lo nacional y lo transnacional, desde este capitalismo, no es contradictorio. Lo que tenemos es un escenario de alta competitividad global en la que todos los actores juegan con los mismos códigos.

-T: ¿Esta nueva configuración multipolar implica el comienzo de una distribución más democrática del poder o simplemente estamos ante otro modelo de concentración?

-M.G: No soy economista ni politóloga, pero me parece que la tendencia a la concentración de riqueza y de poder es bastante evidente en el mundo y en cada sociedad en particular. Un ejemplo: ¿quién está comprando los hoteles cerrados y los locales vacíos de una ciudad como Barcelona? Los grandes fondos de inversión, por supuesto. Ya estaban. Ahora estarán aún más, y con más capacidad de decisión sobre el rumbo de la ciudad. ¿A qué llamamos política entonces?

-T: ¿Por qué le llevó tanto tiempo a la filosofía llegar a lo que propone Merleau-Ponty sobre el ser-en-el-mundo y poder pensarse como "cuerpo encarnado"?

-M.G: Diga lo que diga la filosofía, nuestra cultura es profundamente dualista y ha puesto todo el valor y todas sus aspiraciones en el alma, en lo espiritual, en lo mental... aún no hemos salido de ahí, y hay mucha tecnoutopía de la inteligencia que sigue alimentando esos imaginarios. Encarnarnos es asumir la finitud, el dolor, la enfermedad, el cuidado, el amor. También lo supo decir el cristianismo y otras visiones del mundo que ponen el cuerpo en el centro. Ahora lo están formulando muy bien distintas corrientes del feminismo. Ser cuerpo no es fácil, pero escapar de él tampoco.

-T: ¿Cómo se involucra el "cuerpo" en la vida como problema común?

-M.G: La corporalidad es un territorio hecho de muchas relaciones que no son sólo del individuo. Aunque una dimensión del cuerpo sea por supuesto individual, muchas otras no lo son, empezando por el hecho de haber sido engendrados por otros, cuidados por otros, educados por otros. Podríamos decir que cuando uno muere, sólo muere ese individuo ... pero ni siquiera eso sería verdad, porque en cada muerte mueren muchas otras dimensiones de las vidas de otros...

-T: Desde nuestra tradición de pensamiento tan dualista y con la visión disociada de lo sensible, algo que desde la fenomenología se subsana de alguna manera ¿cómo comprender en lo cotidiano esos pliegues de los que habla Merleau-Ponty donde los objetos se encuentran en ese anonimato?

-M.G: Otro aspecto del dualismo occidental es haber contrapuesto cosas y personas. Por eso nos duele tanto ser tratados como cosas u objetos. Pero, si tratáramos bien a las cosas, si viéramos en ellas toda la sabiduría (natural o cultural) que contienen, ¿por qué nos tendría que disgustar ser cosas entre las cosas? La filosofía de Merleau-Ponty nos acompaña en este descubrimiento cuando dice "encuentro al otro a través de los objetos con los que trato".

-T: Menciona la necesidad de una nueva politización y señala que "el activismo está marcando el ritmo de las prácticas creativas". ¿Cómo se puede repensar el arte y su práctica?

-M.G.: El terreno del arte está tan polarizado como el conjunto de la sociedad. Hay un arte para los grandes inversores, mercados, plataformas, corporaciones. Y hay otro tipo de prácticas artísticas que cada vez se confunden más con las prácticas activistas, educativas, documentales. También se distinguen en sus economías y en sus formas de legitimación. El problema es caer en la marginalización extrema de un arte residual, sin capacidad de interpelar al conjunto de la sociedad.

-T: ¿Qué pasa cuando estas manifestaciones se apropian como producto de consumo y todo se transforma en lógica de mercado para subsistir o no "morir" ante los otros?

-M.G: Es uno de los peligros de la situación anterior. Convertirse en marca, antes de morir. El problema, para mí, no es de pureza, sino de efectividad. Hoy está claro que los discursos no crean problema al sistema. Yo misma soy muy crítica y siempre he podido decir lo que quiero en cualquier medio o entorno público. Lo que incomoda son las prácticas, las decisiones y las formas de vivir. Por eso es tan importante no perder de vista la dimensión material, que es económica pero no solo, de nuestras vidas y de nuestras decisiones.

-T: Si "compartir lo que nos separa" es lo que potencia los movimientos feministas y otras disidencias como la sexual, étnica, de clase, ¿de qué manera se manifiesta y se prolonga temporalmente para no desaparecer tras su efervescencia?

-M.G: Es importante aportar elementos de interpretación de la experiencia de la pandemia en términos de acción colectiva. No sólo hemos obedecido a los Estados y a las autoridades sanitarias. No sólo hemos aceptado más control sobre nuestras vidas. Todo esto es cierto. Pero ¿cómo nos hemos estado cuidando, incluso practicando el alejamiento? ¿Qué otros modos hemos inventado de darnos afecto y de estar juntos? ¿Qué violencias domésticas se han hecho más evidentes? ¿Qué convivencias menos deseables? ¿Qué trabajos de limpieza, cuidados, han sido y son esenciales para nuestras vidas? ¿Qué prácticas de solidaridad y de apoyo mutuo se han dado y siguen sosteniendo vidas? Todas estas preguntas son parte de un feminismo que aunque no esté visible en la calle no se ha detenido. (Télam)