(Por Milena Heinrich) Entre la lengua explosiva de una tía desopilante y justiciera que al morir deja cartas y un tesoro enterrado, una sobrina enajenada por la disciplina laboral que vive una metamorfosis existencial y un chancho salvaje que no negocia su libertad, las voces de "Derroche", la última novela de María Sonia Cristoff, se entrelazan en un artefacto experimental que opera como sátira sobre el trabajo y la alienación de un sistema que ya no deja ni rastro de aquello que alguna vez supo llamarse vida.

El título que Cristoff (Trelew, 1965) eligió para su último libro no podría ser más exacto: su novela funciona como plataforma donde se libran las batallas de la abundancia y de lo descabellado, tan delirante como profundo en su verdad, y donde los géneros y los formatos hacen masa para deformarse y construir algo nuevo, como la oralidad cuando es llevada por el diálogo errático y zigzagueante y en el encuentro con otros produce nuevos sentidos.

Del registro epistolar a las canciones anarquistas o el teatro, pasando por la autobiografía, la novela publicada por Literatura Penguin Random House activa a través de muchas voces una trama punzante que convoca a pensar en los daños del trabajo, el dinero y el capitalismo, o lo que una de sus personajes llama "extractivismo vital", esa "confabulación para convertir vidas en dedicaciones a tiempo completo".

-T: ¿Cómo surge "Derroche"?

-M.S.C: Surgió de un momento de crisis laboral. Ocurre que quienes escribimos estamos siempre en conflicto con los otros trabajos que orbitan alrededor, y yo estaba en uno de esos puntos en los que el conflicto escala a nivel de crisis: había aceptado un trabajo que, en vez de sustentar y hasta propiciar mi trabajo de escritora, que es lo que siempre le he pedido a mis otras actividades, me tomaba el día entero, me quitaba la concentración y las ganas. En el principio de "Derroche", entonces, están esa desesperación y esa rabia. Y están también, como siempre, las lecturas.

-T: Desde la correspondencia de una tía muerta, la voz de un chancho jabalí salvaje y la vivencia de Lucrecia se da una forma desmedida de conversaciones insólitas pero urgentes. ¿Cómo fue el trabajo de estas voces?

-M.S.C: La conversación es un tema central en la novela, la conversación como una práctica de abrirse, de acercarse, de practicar la empatía, de cuestionarnos, de repensarnos. Por eso la novela hace tanto énfasis en la oralidad: decidí construir a los tres personajes centrales más que nada a partir de sus modos de decir. Para construir la voz de Vita, que ha sido hija de anarquistas y ha visto a sus padres padecer y hasta morir por sus ideales, y que a raíz de eso se ha armado una capa protectora de ironía, leí muchísima prensa anarquista, fundamentalmente publicaciones donde encontré esas frases vehementes barrocas y provocativas que ella adora usar. Para construir la voz de Lucrecia sintonicé más bien modos de habla estigmatizados del presente, un presente que incluso está llevado al extremo de su cosificación verbal en los reclamos y pedidos y urgencias que ella recibe como un bombardeo, desde su trabajo. Y para construir la voz de Bardo, el chancho salvaje me inspiré en los dichos y refranes de los crotos y linyeras, esos anarquistas en versión local y trashumante a quienes Bardo, en su desprecio por cualquier forma del adocenamiento, homenajea.

-T: Solés decir que cuando escribís te interesa la ambigüedad ¿cómo crees que interviene en esta escritura?

-M.S.C: Me interesa la ambigüedad en tanto dirección que está en las antípodas de males literarios como las bajadas de línea, el tono didactizante, las buenas intenciones, y una serie de etcéteras. Como a la vez no escribo en una línea ligada a la literatura de evasión, me interesa mucho meterme con temas bravos, tengo que disponer de mecanismos muy bien armados para no caer en ninguno de esos males que aborrezco y que, como tiburones, andan siempre rondando las propuestas artísticas. Y uno de los pilares en los que me apoyo para construir esos mecanismos es precisamente la ambigüedad entendida como apertura de sentidos, como proliferación de hipótesis, como invitación a pensar. Otro de los pilares es el humor.

-T: ¿Pensás a la novela como un dispositivo para experimentar?

-M.S.C: Me interesa la novela como formato a dinamitar. Porque uno creería que, con la multiplicidad de experimentos que se hicieron en el siglo XX, la novela tradicional con sus tramas lineales, sus contextos didactizantes y sus personajes profundos estaba ya agotada, pero realmente no es el caso. Al contrario, es una forma que muchos instigan y reclaman. Yo no batallo contra esa forma anquilosada de novela porque crea en una cronología del progreso, de lo que se vuelve desechable por el paso del tiempo, o porque me quiera colocar la etiqueta ya anacrónica de autora vanguardista; batallo contra esa forma porque me da un aburrimiento tremendo construirla. Me genera un tipo de agotamiento emocional profundo estar atenta a lo que Aira llama los rasgos circunstanciales en la novela, toda esa ristra de causas y efectos y explicaciones y detalles de los que en cine sería el continuismo que subyacen en ese tipo de novelas de matriz decimonónica. Uno escribe para decir algo, para contar algo, sí, pero sobre todo escribe para habitar otros universos posibles, y en mis universos posibles es importante que el peso de las cosas tal como son en la vida se convierta en otra cosa.

-T: ¿Por qué la novela tiene como epicentro de crítica y denuncia al trabajo, o el reconocimiento de que el trabajo en el capitalismo nos subyuga la conciencia y el deseo?

-M.S.C: El trabajo ha funcionado siempre como un arma de sometimiento y de explotación. Ya se reía de eso Paul Lafargue en el siglo XIX, cuando decía que la gran lucha no tenía que ser por mejorar las condiciones laborales sino por abolir el trabajo. Es una propuesta muy lúdica la suya pero muy lúcida también. Pero tampoco creo que se trate de abolir el trabajo, sino de repensarlo en un modo radical. Creo mucho en ese "desde donde pueden", creo mucho en las prácticas micropolíticas, en el pequeño gesto individual capaz de contribuir a una transformación general.

-T: ¿ Creés que la literatura busca interrumpir un poco la vida para que se ilumine distinta? ¿Funciona como campo de opacidades para la crítica?

-M.S.C: Entre las lecturas de los ensayos ligados al trabajo que fueron sucediéndose mientras preparaba "Derroche", hay un libro que no solo me hizo un clic para pensar la novela sino también la literatura en sí. Se trata de "Trabajos de mierda", de David Graeber, un antropólogo anarquista extraordinario que murió hace muy poco, en el que plantea la necesidad de abolir esos trabajos superficiales y ostentosos que no hacen más que reproducir la banalidad del mundo, y de fomentar todos aquellos trabajos que están ligados con el detenerse, con el bajarse de la maquinaria de la producción constante, con la expansión de la libido y con la generación de valor social, y que van desde la enfermería a la escritura de canciones. Aunque no se trate de producir canciones, sí creo que hay algo de la práctica literaria, tanto si uno participa como quien escribe o como quien lee, que nos lleva a detenernos, a estar en silencio, a liberar nuestra imaginación, a generar hipótesis, a estar dichosamente solos, todas actividades que sin dudas contribuyen a propiciar esa otra luz a la que te referís. De hecho, más que como utopía, me gusta pensar la literatura como forma de propiciar un sistema de iluminación distinto sobre la marcha del mundo. (Télam)