(Por Leila Torres) - La nueva novela del escritor español Manel Loureiro titulada "La ladrona de huesos" y catalogada como un thriller, un género que según el autor permite "arrimarse a lugares que de otra manera darían miedo", narra la historia de Laura, una mujer que pierde la memoria tras ser víctima de un atentado y que debe reconstruirla mientras desempeña una misión peligrosa: robar las reliquias del Apóstol en la catedral de Santiago.

Manel Loureiro nació en Pontevedra en 1975 y para él, convertirse en escritor "fue un accidente". "Ni siquiera me había planteado ser escritor. Trabajaba como abogado en mi despacho y me sentía hasta las narices de la literatura jurídica, por ser técnica y soporífera en ocasiones. Notaba que aquello me estaba ahogando y necesitaba escribir algo que no fuera ese tipo de escritura", confió en una entrevista con Télam en un hotel del barrio porteño de Retiro.

Su primera novela, "Apocalipsis Z. El principio del fin", empezó como un blog en Internet que escribía en su tiempo libre. "Necesitaba hacer algo que me permitiese respirar. Entonces decidí que iba a escribir una historia lo más alejada de ese mundo del derecho sobre un hombre que vivía en una pequeña ciudad de la costa gallega de España junto con su gato y que de repente, a su alrededor, comenzaban a suceder un montón de cosas a partir de una pequeña noticia se iba haciendo cada vez más grande en los medios hasta que acaba llegando a la puerta de su casa", recuerda el escritor español, cuyos libros se ubican en el récord de ventas de Estados Unidos.

"Curiosamente fue una novela muy profética porque fue lo que me pasó a mi. Lo que no podía sospechar es que aquellos primeros diez lectores se iban a transformar en cien, que los cien, en mil y los mil en 10 mil y así. De repente, cuando llevaba cuatro meses, tenía un millón y medio de lectores en todo el mundo, y yo estaba en mi despacho en España", expresa todavía sorprendido.

De esta manera, las publicaciones online resultaron ser el manuscrito para su primera novela fue publicada en 2007 y un gran fenómeno literario. "Aquel blog, al cabo de pocos meses, ya era un manuscrito porque se puso en contacto conmigo de la editorial para hacer un libro. La novela inmediatamente se transformó en un best seller en España", contó Loureiro.

Su nuevo libro, "La ladrona de huesos", nace de una obsesión del escritor con las reliquias y una excusa para indagar en temáticas como la identidad, la transformación y la resiliencia.

-Télam: ¿Cuáles fueron los disparadores en "La ladrona de huesos"?

-Manel Loureiro: Surge de una pequeña obsesión personal. Estudié en Santiago de Compostela, una pequeña ciudad con un campo histórico medieval maravilloso. En invierno, llueve muchísimo. Utilizaba la catedral, ese edificio que tiene 1.200 años, como atajo porque en ese tramo, no me mojaba. A veces, temprano por la mañana, cuando todavía era de noche, me encontraba solo en medio de ese edificio imponente y era consciente de que podría llevarse cualquier cosa que no estuviera atornillada y nadie se daría cuenta. Nunca lo hice pero esa idea se quedó grabada en mi cabeza. En la edad media se peregrinaba a Roma, a Jerusalén y Santiago de Compostela. Hoy sigue siendo así, Santiago recibe cientos de miles de peregrinos. De hecho, en el año jacobeo, se abre una puerta en la catedral que está cerrada durante el tiempo que no es año jacobeo por un calendario muy complejo que no sería capaz de explicar. Cuando se cruza esa puerta, automáticamente todos tus pecados quedan perdonados a los ojos de la Iglesia y de Dios.

T.: ¿La historia fue una manera de canalizar ese deseo prohibido?

M.L.: Exactamente, surge de esta experiencia. Ya que no lo hice, decidí planificar el robo perfecto. No lo iba a llevar a cabo sino transformar en una historia en la que planificara el robo más valioso de esa catedral que al mismo tiempo, era algo que no valía nada. Laura no roba un cofre lleno de piedras preciosas o joyas, o una obra de arte de valor incalculable, roba un saco lleno de huesos viejos que ni siquiera se puede testificar y atestiguar que pertenezcan realmente a quien se dice que pertenecen. Esa es la génesis de esta historia.

T.:¿Qué tensiones considera que se ponen en juego en la historia a partir de que alguien decida robar los grandes símbolos religiosos de Occidente entendiendo al arte como un espacio de disputa?

M.L.: En la novela, lo que se pide que se robe es una reliquia y las reliquias tienen algo muy curioso: ser el valor definitivo de los símbolos que nos conectan con una parte emocional de nosotros mismos que ha quedado atrás. Hay suficientes reliquias de la Vera Cruz como para construir un mueble diquelado. Por ejemplo, hay seis prepucios del niño Jesús repartidas por todo el mundo. La mayor parte de las reliquias son falsas. Eran la manera que tenían las personas en la Edad Media de conectarse con lo divino, con aquello que era superior a lo que vivían día a día. Hoy nadie cree en la autenticidad de la reliquia. Casi todo el mundo da por sentada que son falsas, reproducciones. Hoy no tienen una importancia en sí, pero son un símbolo de lo que somos, de lo que creemos y de lo que creemos que somos como mundo occidental. Entonces, ese simbolismo es el que hace que cientos de miles de personas peregrinen todos los años a Santiago de Compostela, al santuario de la Virgen de Guadalupe en México o a Jerusalén.

T.: Incorpora la experiencia transformadora del Camino. ¿Es un recurso para apelar a experiencias universales de crecimiento o cambio?

M.L.: Por supuesto que sí. He vivido en Santiago y he visto llegar a miles de peregrinos con una mezcla de sensaciones en los ojos, de agotamiento de dolor de pies pero también de logro y recompensa, de haber superado una dificultad. A la mayoría de ellos, no los llevaba allí la fe sino la experiencia de hacer el Camino porque no es un lugar, es una experiencia que arranca al norte de Alemania, y después de cruzar todo Europa, acaba desembocando en la esquina noreste de la Península ibérica en Galicia. Ese camino de transformación, ese nexo tan antiguo, tan ancestral, me parecía el escenario perfecto para contar una historia como la de Laura, de transformación. El simbolismo y el personaje confluían ahí de muy buena manera.

T.: Laura tiene que reconstruir su pasado a partir de trabajar con la memoria. ¿Cómo se relaciona este proceso con la identidad?

M.L.: No tener recuerdos es al mismo tiempo una bendición y una maldición. Es una bendición no tener remordimientos. Todos en nuestra vida tenemos remordimientos de algo, una mala contestación que dimos o una buena contestación que no dimos en su momento, alguien a quien dejamos y no deberíamos dejar, alguien a quien no dejamos y deberíamos haber dejado. Tenemos cicatrices en nuestro pasado que nos pesan. Ser una hoja en blanco es maravilloso porque no tienes heridas pero es una maldición porque uno es la suma de todas las experiencias, de las cicatrices y las marcas, la suma de todo lo que hemos vivido y experimentado, de quienes hemos conocido. No tener esto implica ser una hoja en el viento por no saber ni quién eres, ni quiénes son tus amigos y enemigos. En el caso de Laura, ella trata con no saber quién podría encargarle algo tan surrealista como robar unos huesos, para quién y por qué.

T.: El pasado de Laura es un misterio que tiene que develar. ¿Busca con este elemento de la novela situar al lector en el lugar de investigador?

M.L.: Un thriller es un mecanismo de relojería y tiene que avanzar con precisión. Cada acción tiene que generar una cascada de reacciones. Cada dosificación de la información que doy a los lectores tiene que generar a su vez un río de acontecimientos. Todo tiene que funcionar como una sinfonía. Si eso no se hace bien, se derrumba todo. Yo soy un tabú en una mesa de póker en la que estamos sentados y quiero ganar, entonces voy a hacer trampas. Eso es parte del juego. El hecho de construir un personaje sin pasado, narrativamente era una pesadilla, porque normalmente cuando se presenta un personaje ya con su pasado, se le da un contexto que se puede entender, para empatizar con él y que sea atractivo o desagradable para el lector en función de lo se quiera transmitir. En el caso de Laura, el pasado se va recuperando a medida que avanza la historia. Al mismo tiempo que lo hace ella, lo hacen los lectores. A nivel de técnica literaria era agotador pero al mismo tiempo era muy divertido como lector porque se va construyendo un rompecabezas o un juego del gato y el ratón, donde voy dando pistas (algunas son buenas, verdaderas y otras malas, falsas) para que el lector se vaya montando su propio mapa mental y para que cuando llegue al final, tenga la satisfacción de haber sido capaz de haber formado ese rompecabezas aunque en ocasiones se haya adelantado y en otras, equivocado. (Télam)