El estreno de “Made You Look”, un documental que reconstruye el mayor caso de fraude del mercado de arte en toda la historia de Estados Unidos, reactualiza por estos días la problemática sobre la falsificación de las obras con nuevos debates que perforan la noción de delito para generar reflexiones en torno al valor de la autenticidad, una categoría fijada por el mercado que se contrapone con las apreciaciones de distintas tradiciones sobre la creación y el artista.

La falsificación de obras de arte representa un desafío y un problema para expertos, intermediarios y coleccionistas, que buscan preservar su inversión en una obra legítima. En el mundo occidental, la obra de arte es dotada de unicidad e idolatrada, exhibida, admirada. Esta tradición surgió con la modernidad, desgranada con la impronta de los museos desde el siglo XVIII y una burguesía que reemplaza de a poco a la aristocracia y la Iglesia, donde el arte es concebido como un objeto “único” que se valoriza en el tiempo, a la vez una inversión y una muestra de estatus: en definitiva un objeto en una vitrina.

La contraparte cultural mercantil de esta perspectiva se da en la tradición cultural china, para la cual la copia no es falsificación sino parte de un aprendizaje y destreza del artista que reproduce otra obra, la “copia”, y cuando supera al maestro se vuelve él mismo uno.

Para que existan falsificaciones de obras de arte tiene que haber un hacedor, generalmente oculto a la mirada glamorosa. Los falsificadores de arte también son artistas que no desarrollan un estilo propio sino el de otro, aunque en algunos casos la excelencia en su trabajo mejore el original. ¿Quién establece los valores de una obra o el valor de los artistas en el mercado? ¿Cómo hace un artista para copiar la obra de otro? ¿Qué lleva a un coleccionista a codiciar obras inéditas? En el mercado occidental, la ley de la oferta y la demanda plantea el juego de los falsos y verdaderos.

Estas dimensiones se ven reflejadas en “Made You Look: una historia real sobre arte falsificado” (2020), el documental de Berry Avrich que acaba de estrenar Netflix. El film interroga a los actores de una de las estafas más importantes del mercado artístico de los últimos años: la venta de más de 60 obras falsas que llevaban la firma de artistas como Jackson Pollock, Mark Rothko y otros por un monto de 80.7 millones de dólares por parte de Knoedler Gallery, una reconocida y centenaria galería de arte de Nueva York.

El film reconstruye lo que ocurre a partir del momento en que una mujer llamada Glafira Rosales busca a Anna Freedman, la directora de la galería, para ofrecerle una colección de obras falsas adquirida en 2011 por millones de dólares, que luego vende a distintos particulares e incluso a algunos de los museos más importantes del mundo. Ademas de habitar culpabilidades, desconocimientos y estafas diversas, el audiovisual también descubre las razones de los coleccionistas, un público pequeño y de mucho poder adquisitivo. La falsificación de las obras estuvo a cargo del artista chino Pei Shen Quien, cuya habilidad lo lleva a reproducir el trazo de medio centenar de pintores, como los “maestros” del expresionismo abstracto estadounidense.

“Los estudios sobre la falsificación es un tema pendiente en todo el mundo porque se lo transforma en un tema policial. La conclusión termina siendo: si es falso, entonces que vaya preso. Pero en realidad es un tema social, que tiene muchas aristas éticas, históricas, de significación, de prestigio, de mercado obviamente, y no se reduce a si es culpable o inocente. Este tipo de delitos y situaciones son complicadas de estudiar para la justicia”, destaca a Télam el investigador y arquitecto Daniel Schavelzon.

“El tema es complejo: todos nosotros arrastramos una idea de lo que debería ser el arte que es una herencia del siglo XIX. Es una forma de ver el arte que a su vez viene del Renacimiento, donde hay un arte que es auténtico y un arte que es falso”, sostiene Schavelzon, que en su libro “Arte y falsificación en América Latina” desmitifica la autenticidad de obras de distintas latitudes y culturas y sitúa la problemática compleja.

“El tema de la ficción como verdadera es un problema de la modernidad, y es socialmente correcto. La ficción en el arte no es un tema que esté demasiado bien procesados porque también hay un mercado fantástico alrededor, al igual que alrededor de la televisión", precisa.

Parte de esos dilemas son los que explora la crítica de arte y escritora María Gainza en su novela "La luz negra", donde una narradora sigue la ruta de galerías tras los pasos de una falsificadora de cuadros. "Si una falsificación es lo suficientemente buena para engañar a los expertos, entonces es lo suficientemente buena para darnos placer", explicó Gainza a Télam cuando en 2018 se publicó su novela . Y aclaró: “El valor del original es un tema de mercado. Tan abiertamente de mercado que es obsceno. Una falsificación es un delito económico en un mercado que también tiene mucho de espurio. 'Falsificar es un delito económico pero no sé si es un delito estético', decía Blake Gopnik”.

Schavelzon respalda con cifras las apreciaciones de la escritora. “La cruda realidad es que tenemos que presuponer que el 50 por ciento del arte en el mundo es falso. Es decir, no lo hizo quien se dice que lo hizo -remarca-. Hay diversos niveles en el mercado. Una cosa es la Galería Nacional de Londres y otra es un galerista que trata de vender para ganarse el mango y para el cual el principio que regula ese mercado es 'todo lo que puede pasar por auténtico lo es, y todo lo que no lo parece no'”.

En su libro “Shanzhai. El arte de la falsificación y la deconstrucción en China”", el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han explora y diferencia el concepto de apropiación y de copia en China, contrapone los sentidos de originalidad y lee el valor de una obra desde su tradición específica. “La creencia en la inmutabilidad y permanencia de la sustancia responde a la subjetividad moral y la objetividad normativa occidentales”, sostiene. Y explica: “el pensamiento chino desde sus comienzos es deconstructivo ya que rompe con el ser y la esencia". La creación se concibe como proceso absoluto, sin nacimiento ni muerte", afirma.

"Shanzhai", dice más adelante, es un neologismo para el término “fake” (falso), presente en “todos los terrenos de la vida”, y como conclusión dice: “Shanzhai es des-creación. Frente a la identidad, reivindica la diferencia transformadora, el diferir activo y activador; frente al ser, el camino. Así es como manifiesta el shanzhai el genuino espíritu chino”. La globalización, esa manifestación económica de occidente impuesta en todo el mundo, colisiona necesariamente con este pensamiento.

“Hay gente, artistas, que tienen una capacidad absolutamente asombrosa de ver obra de otros y reproducirla. Una de las formas tradicionales del peritaje de una obra es asumir que el falsificador no crea, no tiene capacidad creativa, sino mimética de copiar, reproducir -explica Schavelzon-. El falsificador delante de un cuadro ve cómo se usaba el pincel y de qué tipo, -algo que mira el perito- y es “el que tiene la capacidad de verlo, interpretarlo y reproducirlo”.

¿Qué pasa cuando un museo pone la falsificación en vez del original? “Para mi que soy de la vieja generación es una barbaridad, una locura. Lo que hay que hacer es generar las condiciones para que el museo tenga la seguridad adecuada. Si se puede exhibir la Gioconda o las obras de Miguel Angel no hace falta poner una reproducción”, asegura el arquitecto.

“La gran época de los falsificadores fue el siglo XIX, todavía en el arte los productos químicos se hacían artesanalmente, existía esa relación manual con los materiales, era fácil conseguir papeles antiguos y telas sobre la cual pintar. Hoy en día es más complicado. Hay registro de las huellas digitales que quedaron en las pinturas, por ejemplo de Leonardo Da Vinci. A los cuadros de Rembrandt se los pudo clasificar así: con los que tenían o no su huella digital, suponiendo que esa fuera la huella del pintor porque era la que estaba en más cuadros”, concluye. (Télam)