Luisa Fernández es mexicana, psicoanalista y vino a la Argentina a cursar una maestría pero se cruzó con Beatriz "Beba" Eguía y a través de ese cruce llegó a Ricardo Piglia. Juntos trabajaron en lo que el escritor llamó "Instrucciones para el futuro", una plan de publicaciones que se encargó de revisar y escribir hasta días previos a su muerte.

Sobre ese encuentro y esas jornadas de trabajo habló Fernández con Télam desde México, país al que volvió después de "una época de trabajo intensísimo" que recuerda como una de las etapas más luminosas de su vida.

-T: Leía que conociste a Ricardo cuando viniste a estudiar a Buenos Aires. ¿Cómo fue eso y cómo fue la propuesta de comenzar a trabajar con él?

-L.F.: Sí, conocí a Piglia porque una amiga mía muy querida, Lucía Melgar, había sido su colega en Princeton. Cuando me mudé a la Argentina no conocía a nadie y fue ella quien, preocupada por mi falta de redes, me puso en contacto con Beba Eguía. Nos juntamos en un café en Riobamba y charlamos de todo. Nos hicimos amigas. Por aquel entonces Ricardo apenas había recibido el diagnóstico pero trabajaba solo, siempre muy concentrado. Beba fue la de la idea de que trabajáramos juntos. Comencé a ir un par de veces por semana a su estudio en Marcelo T. y al principio yo sólo conversaba con ellos, charlábamos y poco a poco Ricardo fue confiando en mí para ayudarle con su correspondencia y una que otra cosa administrativa. La primera vez que se le ocurrió que podríamos trabajar, me pidió que corrigiera un prólogo para la Serie del Recienvenido, que editaba con el Fondo de Cultura Económica. "Hacelo bien, mañana te digo cuánto sacaste" , me dijo, como un profesor que revisa una tarea. Lo dejé corregido y volví a mi casa en Palermo.

Vivía con unos uruguayos ruidosos que no me dejaban leer y Beba se divertía con esa queja. Al día siguiente me recibió Ricardo en el estudio "Te voy a dictar el diario, ¿querés?". Déjame pensarlo, le dije de joda. "Mirá, te regalo esta entrada sobre Lacan, fijate si te convence...". Así comenzó el milagro, una época de trabajo intensísimo que recuerdo como una de las etapas más luminosas de mi vida. ¿La maestría? La concluí, pero fue lo de menos.

-T: El te llama "mi musa mexicana", ¿cómo organizaban esa rutina de trabajo?

-L.F.: Éramos caóticamente ordenados. Trabajábamos durante horas, me dictaba los diarios. Se saltaba fragmentos, iba, venía y cuando nos aburríamos cambiábamos de año. A veces estábamos en los sesenta, luego volvíamos a 1957. "Me tiene harta Iris" le decía en broma, "a mí también, veamos qué más hay". Conforme avanzamos en sus trabajos y sus días nos fuimos conociendo, yo terminé pensando que lo conocía de toda la vida. Salir del estudio era extraño, caminaba por Corrientes, avanzaba por las calles del diario como buscando ese Buenos Aires que él me dictaba. Volvía al día siguiente y le contaba decepcionada que La Paz era otra cosa y que habían abierto un quiosco donde tenía que haber un bar.

Su trabajo de relectura fue también una construcción novedosa. Luego de la primera internación, que coincidió con el fin de la transcripción, dio por concluido el trabajo de dictado de esos cuadernos y comenzó otra etapa fascinante de montaje y escritura de nuevos textos. Acompañar eso fue muy significativo, trabajar sin estorbar es dificilísimo y con él lo fue todavía más: él nunca había trabajado acompañado y consideraba la labor del escritor como una actividad íntima, de soledad. "Pero vos sos psicoanalista", decía resignado. Nos acoplamos muy bien, las horas pasaban rápido porque nos divertíamos. Lo que siempre estaba presente era la risa. La risa nos salvó y hasta he llegado a preguntarme quién acompañaba a quién.

-T: Cuenta su agente y amigo Guillermo Schavelzon que este trabajo que él llamaba "Instrucciones para el futuro" le permitió también decidir cuándo publicar cada obra. En este caso, ¿cómo presentarías esta selección, estos trabajos de Piglia de tantos años?

-L.F.: Era un escritor muy cuidadoso de los cierres y los bordes. Una vez recuerdo que un amigo, creo que el maestro Arcadio Díaz Quiñones, le trajo de Nueva York un catálogo del MET titulado 'Unfinished'. Se trataba de una curaduría de piezas que no habían sido concluidas, que él encontró fascinante. Grandes artistas vinculados por una pieza inacabada, sin cierre. La idea es brillante, conversamos aquella tarde sobre los cierres, lo que limita una obra de arte y cuándo esta llega a su conclusión. Él estaba preocupado por eso y entendía esas instrucciones para el futuro como una carta de navegación, una serie de instrucciones que no nos dejarían perder el rumbo del barco pigliano. Creo que él, a la distancia, casi a manera de premonición, vislumbraba su obra como un conjunto orgánico cuya lógica ordenadora está ahí, visible para quien quiera leer. (Télam)