El psicoanalista Luciano Lutereau en su libro "El fin de la masculinidad" (Paidós, 2020) narra una historia sobre Diego Armando Maradona y define de alguna forma un punto muy cuestionado en la vida privada del 10: "la paternidad". A continuación se reproduce el tramo dedicado al futbolista.


"Mi hijo todavía me pide cuentos antes de dormir. El tema es que como está fanático del fútbol, los cuentos clásicos ya no le interesan. Entonces busqué historias de Boca para contarle y una noche, le hablé de que hubo una vez, un 25 de octubre de 1997, que fue el último partido de Diego Armando Maradona. Él no sabía que ese iba a ser su último partido. Además, jugaba contra River. Al entrar a la cancha, Diego fue a saludar a su archienemigo: Ramón Díaz, con quien había compartido selección en 1982. Le dio la mano y el gesto seguro quiso decir mucho más que lo que ambos imaginaban. Después, empezó el partido: primero, gol de River, tristísimo. Desesperanza. Hasta que Diego pide salir de la cancha, para que entre un muchacho que se llamaba Juan Román Riquelme. Al ratito, gol del "huevo" Toresani y, para concluir, Martín Palermo sellaba el partido. A los pocos días, Diego avisó que no volvía a la cancha. Para ganar, él tenía que salir. Era el turno de la nueva generación. Así fue que muchos años después, Palermo le pudo devolver a Diego ese gol que hubiera querido hacerle a River, cuando clasificó a la selección para el mundial un día de mucha lluvia. Y Diego gritó ese gol más que uno propio, porque ese el misterio de la paternidad, lo que tanto horror causa en el mundo contemporáneo: que no solo somos felices con nuestros actos, sino también y fundamentalmente con los de otros, y en eso consiste el amor entre padres e hijos. Decir que Maradona fue un padre puede parecer temerario para muchos hoy. Lo que nos cuesta entender es que un padre no es un ideal: un padre es un deseo, que se transmite y deja su huella, imperfecta y, por eso, digna de amor".


(Télam)