Las historias que se narran en la ficción encuentran similitudes y resonancias con la realidad contingente de los lectores y a Manel Loureiro, escritor español destacado en el género del thriller, esto le sucedió varias veces al punto que ha llegado considerarse como "una especie de Nostradamus de segunda mano".

Sin embargo, en una entrevista que concedió a Télam, sostuvo que "es muy importante que siempre haya fogonazos y destellos de la realidad en las obras de ficción" porque al final "no dejan de ser un reflejo del mundo en el que vivimos".

T.: ¿Considera que el thriller permite revelar ciertas temáticas oscuras que para otros géneros sería más difícil abordar?

M.L.: El thriller permite hacer un montón de cosas. Primero, es muy divertido y la literatura tiene que ser entretenida. Es una máxima que procuro no perder nunca de vista. Leer tiene que ser divertido porque sirve como puerta de entrada para lecturas mucho más densas o técnicas. Pero que leer sea divertido, no significa que la lectura no pueda ser un reto. Tiene que suponer un desafío. Un lector le da a un escritor dos cosas muy importantes: una de ellas es lo que cuesta un libro, caro o barato, eso depende de cada uno. Pero da además algo más valioso que es su tiempo de ocio y este tiempo es escaso, valioso. No me puedo permitir malgastar el tiempo del lector cuando se compromete a dedicárselo a leer tu libro, porque a partir de ahí tengo un compromiso con él, que es que esta persona la pase bien. El thriller es fenomenal en ese sentido.

También sirve para arrimarse a lugares que de otra manera darían miedo. Por ejemplo, robar o atracar un banco. En el fondo, es una curiosidad humana la de saber qué se siente atracando un banco. Para eso, un thriller es maravilloso porque permite vivir otras situaciones y otras vidas, para romper barreras morales a través de los protagonistas de la historia que de otra manera el lector no se atrevería a hacer. Además, permite que uno se coloque en el lugar de testigo seguro en medio de una situación imposible.

Por ejemplo, Laura en "La ladrona de huesos" de repente ve que desaparece su pareja, se encuentra con que no sabe quién es, está sola en un país que no conoce, sin dinero y sin contactos. Y encima, le piden que robe reliquias de uno de los edificios más emblemáticos de la cristiandad. Cualquiera en esa situación se tiraría de los pelos, se haría una bola y empezaría a llorar desconsoladamente. Ella no lo hace, y es gracias a que el thriller plantea una situación tan extrema que el público lector puede verse en esa situación y tratar de adivinar qué es lo qué haría.

T.: ¿Cómo se articula la problemática de los atentados con su novela?

M.L.: Es muy importante que siempre haya fogonazos y destellos de la realidad en las obras de ficción porque al final no dejan de ser un reflejo del mundo en el que vivimos. Tengo la suerte y la desgracia de ser una especie de Nostradamus de segunda mano. En 2017 escribí una novela en la que hay una pandemia que afecta sobre todo a los más mayores. En el año 2020, ocurre la pandemia y publico "La puerta", una novela donde me quejo amargamente de que hay un mundo rural en esa Galicia interior y mágica que está agonizando y que nunca nadie ha visitado, que se va a morir sin que nadie la visite. Al año siguiente, fue récord de visitas de todo el mundo. Este año, escribo una novela donde la protagonista de repente se ve metida en una trama de espionaje ruso justo cuando estalla la guerra de Ucrania y donde encima tiene un programa espía instalado en su teléfono, como el escándalo que acaba de suceder con políticos en muchos países con programas espías en sus celulares.

T.: ¿Cómo fue encontrarte con que la ficción se acercó en esas dos oportunidades a la realidad?

M.L: Me preocupo y pienso "¡A ver qué es lo siguiente que escribo!". No quiero afectarle la vida a nadie. Creo que en el fondo es la capacidad que tenemos las personas de percibir de manera subconsciente las vibraciones de fondo que hay en el mundo y de adelantarnos un poco a ellas. (Télam)