Para dar cuenta de ese sustrato que se resiste a ser colonizado por la corrección política o los nuevos imaginarios, Florencia Angilletta acuña la idea de "los patios de atrás", una construcción flexible que aloja lo que todavía gusta, hace reír o enoja pese a que se descorre de los actuales horizontes normativos, y donde se procesa el componente radiactivo de la vida social.

-T.: En el libro planteás que el arte es ese territorio donde confluye lo que nos gusta, nos enoja o nos sigue haciendo reír pese al imperativo de la época ¿Cómo convive esta idea con la arrasadora corrección política que llega ahora de la mano de la "cancelación" y pretende convencernos de que una obra es la cabal y literal expresión de la obra de un artista, lo que calificás como "el malentendido del yo"?

- F.A.: La paradoja es que convivimos con un momento excepcional de los feminismos contemporáneos en el que se da la institucionalización de lo instituyente que nos lleva a nuevos desafíos en lo que tal descripción propone, desde el arte, las nuevas formas de vinculación con la sociedad civil, el mercado o el Estado. Es un proceso que tiene mucho brillo pero que al mismo tiempo implica nuevos desafíos, nuevas preguntas y permanecer en estado de conflicto. Y en ese sentido creo que el arte es el patio de atrás de la democracia donde seguimos elaborando lo que nos gusta, lo que nos enoja, lo que nos conmueve, lo que querríamos querer pero todavía no podemos, lo que está ahí picando como un animal descarriado. Ese lugar último de la democracia hace que no sea una suerte de punitivismo de segunda el que aplica sobre el arte sino que sea realmente complejo y requiera nuestra atención.

Por supuesto que la democracia tiene límites y son los discursos de odio, pero lo que se conoce como cultura de la cancelación se diferencia de grandes debates que se han dado en torno a la circulación de la palabra pública porque tiene características específicas: por un lado la viralización que acontece con las redes sociales de modo tal que muchas veces se termina generando una impensada campaña publicitaria al revés, es decir, se termina conociendo la obra de la o el cancelado justamente a través de esta cultura de la cancelación y no antes. Y por otro lado frente a la típica pica, pelea o debate que la historia de la política y la estética ha transitado durante todo el siglo XX, la cultura de la cancelación propone la aniquilación del otro, su expulsión del ágora, del museo, de las redes.

- T.: ¿Nuevamente estamos ante el problema de la moral cuando traspone la esfera privada y se desparrama sobre la pública?

- F.A.: Esta idea de que el otro no exista es profundamente antidemocrática y genera que a través de conquistas que nos mancomunan como son la igualdad, la justicia y los universos diversos se empleen métodos absolutamente antidemocráticos, pero además se vuelven sobre algunas cuestiones que se convierten en temas, tropiezos o desafíos de época. Volvemos sobre el problema del yo: a quién representa ese yo y construir, como decía antes, una épica de vivir juntos que de ningún modo se pueda resumir en una moral prescriptiva. Al revés: la zona de promesas justamente promueve, propone o se engolosina con la idea de producir temblor y sólo desde esa zona radiactiva, conflictiva, escurridiza, molesta por momentos pero absolutamente necesaria porque asume sus contradicciones y sus condiciones de enunciación y interpelación, se pueden producir saltos cuánticos. (Télam)