En "La estirpe", la escritora Carla Maliandi recupera un relato familiar sobre María La China, una nena que vivió en la casa de sus tatarabuelos tras ser rescatada por un familiar en medio de una ola de exterminio contra los pueblos indígenas, y construye una novela de múltiples lecturas que no se ata a los hechos pero que indaga en las huellas de esa memoria para exponer la relación de la identidad y la violencia perpetrada por los genocidas.

-T.: ¿Cómo surgió la idea de la novela? Uno tiende a asociar este tipo de historias sobre identidad con los represores, no con los genocidas de otros períodos de la historia.

-C.M.: Nació de un relato familiar, pero tomó su forma por el modo en que me la contaron, el modo en que la entendí y sobre todo el modo en que la ficcionalicé. Desde chica conozco la historia de María la China, que vivió en casa de mis tatarabuelos hace más de 120 años en La Plata. Tal vez una novela tiende a producir efectos fuertes y rápidos, la realidad suele ser más complicada. Hubo un inmigrante italiano, abuelo de mi abuelo, que en el siglo XIX integró como músico la campaña del Chaco. En el monte había orden de exterminar, de hecho el exterminio ocurrió, pero el músico volvió a La Plata con una nena toba escondida, María la China. Este episodio aparece en el relato familiar como una decisión muy arriesgada: un músico inmigrante que desacata las órdenes del Ejército Argentino. El hecho se completó después con el bautismo de la nena, la escolarización, el servicio doméstico en el caserón de la familia, el matrimonio. Para empezar, estos son los hechos. Y como suele pasar, uno se pregunta qué significan, cuándo solidificaron como hechos. Cómo se reunieron alrededor de esa historia, pensada como herencia.

-T.: Pero ese relato circulaba solo en el ámbito privado…

-C.M.: Sí. También es interesante pensar cómo esa historia, nacida para ser conocida por un grupito de familiares, cruzó un siglo entero. Y llega al presente sin poder negarse a una variedad de lecturas, opuestas entre sí por diferentes lógicas políticas, diferentes claves, desde la redención hasta la apropiación, de la conquista al genocidio, de la lista de Schindler al Pozo de Banfield. Porque lo que resulta del exterminio es un desequilibrio en la base de lo que somos, la imposibilidad de dar nombre a un país construido sobre territorio arrasado. El personaje de “La estirpe” no es el tatarabuelo músico, ni siquiera la China, sino Ana, que sufre ese desequilibrio de la historia argentina y es atacada por las imágenes del exterminio. Son imágenes para las que no tiene palabras.

(Télam)

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