En "El último Falcon sobre la tierra", novela con la que obtuvo el Premio de Novela Fundación Medifé-Filba, el escritor Juan Ignacio Pisano aborda una historia donde las carencias físicas y económicas de los personajes se apaciguan en la solidaridad contra la violencia de un mundo fronterizo donde se mezcla la barbarie con una barbarie mayor, porque como dice su autor "una vida es también eso: la confluencia de registros, la posibilidad de lo inesperado, la relación con lo inevitable".

La novela "distópica" publicada por Baltasara editora, no solo parece realista, sino que por momento recuerda en su forma de mostrar la crueldad al naturalismo del siglo XIX de Eugenio Cambaceres. La protagonista es "una profesora" que vive en el medio de un conflicto entre dos bandos de muchachos que pugnan por el poder de la zona: los grupos de El Chili y el del Timba. Esta mujer joven está inmersa en la realidad de tener que cuidar a una sobrina, Ema, que padece un retraso y la llama mamá, y un abuelo ciego al que le tiene que cambiar los pañales.

El abuelo es un excorredor de turismo carretera que sueña literalmente con un homenaje. En el patio aparece un Ford Falcon, el último sobre la tierra, al que le faltan algunas piezas. Ambas bandas se disputan el auto, mientras el abuelo encuentra en el contacto con el motor y los fierros un mundo real al que aferrarse. A la familia se suma "Perú", uno de los pibes de la banda de El Chili, pero que tiene un particular cariño por la niña. Es mudo y anda a caballo.

La geografía y el ambiente configurados por los sueños, el Falcon, los palos de escobas usados como picas con cabezas cortadas, los camiones que traen la comida, el fútbol, la polenta con gusto a queso, la calle de asfalto, la humedad en la pared donde el ciego lee el diario en sus sueños explican el asombro y los elogios de Beatriz Sarlo, Luis Chitarroni y Eugenia Almeida, los tres miembros del jurado que le entregaron el premio a la mejor novela publicada en el año 2019, superando obras como "Las malas" de Camila Sosa Villada, " ¡Felicidades!" de Juan José Becerra, "La masacre de Kruguer" de Luciano Lamberti y "Quemar el cielo" de Mariana Dimópulos.

- Télam: ¿La novela puede leerse en una doble frontera: una espacial, en el cual la calle de asfalto es parte de una civilización y otra temporal con el siglo XIX?

- Juan Pisano: Es posible esa lectura, y me interesa particularmente. De hecho para imaginar cómo sería ese mundo distópico tuve muy en mente al siglo XIX, una especie de imaginario rural de ese período que se vuelve actual en un futuro cercano. El siglo XIX es un período de mucho interés para mí, de hecho mi tesis de doctorado trabaja las primeras décadas del siglo XIX. La calle de asfalto es por donde van los camiones que vienen de Ciudad Alta, con lo cual es totalmente válida esa interpretación: es la continuidad de la frontera que separa a los que viven bien de quienes padecen ese contexto degradado.

Respecto del espacio, la otra influencia que tuve viene del cine, y es "Mad Max: Fury Road", de George Miller, que es una película que me encanta. Hay un cruce: una especie de bucle temporal que hace que la distopía futurista se piense girando hacia el siglo XIX; y, a la vez, las imágenes de esa película, con un territorio desolado y algunos capangas que manejan todo.

- T.: ¿En ese caso, el Timba y sus hombres pueden leerse como un malón decimonónico?

- J.P.: No sé si haría esa lectura. Los imagino más como gauchos del siglo XIX, unos gauchos estilo Juan Moreira: capataces del poder, punteros políticos, con una vida que decide entre la espada del poder y la pared de la pobreza y la imposibilidad; es decir que son también plebeyos que llevan adelante una lucha por la supervivencia, y de donde por ejemplo puede emerger un personaje como Perú, que tiene una visión un poco más humanizada del otro.

- T.: ¿El relato de los sueños mantienen la esperanza en la realidad de la vigilia?

- J. P.: Los sueños del abuelo son una marca de esperanza. Porque él sueña con su tributo como corredor de TC, y ese homenaje, sumado a la aparición del Falcon, le dan un nuevo sentido a su vida, que de esa manera puede salir de las imágenes de su memoria. Ese homenaje, además, es un homenaje imposible, porque incluso se rumorea que van a ir los integrantes de Queen, lo cual pensando en que la novela transcurre en un futuro próximo (dentro de unos veinte años) se vuelve un imposible. Es decir, son como sueños que pueden leerse desde la definición clásica del psicoanálisis: el sueño como la realización de un deseo.

- T.: ¿En la figura del abuelo se puede ver un homenaje al Quijote, pero en vez de perturbado por los libros de caballería por el Turismo Carretera?

- J. P.: Es una lectura viable. De hecho, el Quijote aparece en la novela como una especie de tesoro de otra época reencontrado. En esa perturbación agregaría también a otros sectores del pasado del abuelo: su padre, Queen, y pequeños recuerdos, como morder un caramelo masticable. Es como si el abuelo, afectado por la ceguera, viviera en un pequeño mundo personal de imágenes y recuerdos que son el impulso vital que le queda. Todo cambia, por supuesto, cuando aparece el Falcon. Ahí el abuelo logra otro impulso vital que le permite estar levantado, fuera de la casa, metido en el motor del auto. Es decir, habría todo un universo imaginario de recuerdos al que él se aferra, y cuando aparece el Falcon algo de ese universo se le vuelve palpable, más real. Y eso le da una dosis de vida extra.

- T.: ¿Es una novela donde la carencia de los personajes no solo económica sino físicas se complementan entre sí?

- J. P.: Se complementan, diría, para hacer más trágico todo. Se suman y se acumulan. Ocurre que es precisamente de esas carencias de donde emerge, paradójicamente, la posibilidad: por ejemplo, cuando el caballo golpea a la narradora, son esos sujetos de carencia los que logran sanarla. En ese sentido creo que la novela va de una situación muy trágica a otra no menos trágica (a pesar de todo lo que ocurre en el medio), pero con la diferencia de que en el recorrido, en esos nueve días que transcurren, se construyó o apareció algo nuevo: una forma de esperanza. Esos nueve días bastan también para que se consolide una relación con Perú, y que Perú cambie de bando. La novela podría ser leída como ese recorrido: de la carencia total, a la posibilidad, a lo posible, a un nuevo comienzo.

- T.: ¿Cómo percibís que trabajan en tu escritura dos mundos cercanos a la ficción, pero a la vez distintos como los talleres literarios y la escritura académica?

- J. P.: Han trabajado de modos diversos durante los últimos quince años de mi vida. Pasé por momentos en los que pensaba que nunca iba a poder escribir algo potable de ficción, y que solo me tenía que dedicar a la escritura académica; pero también tuve una época, cuando todavía estaba en los primeros años de la carrera de Letras y asistía a un taller con Pablo Ramos, que fue muy importante para mí, en los que tuve la idea contraria: largo la academia, trabajo de otra cosa, y la escritura la dedico a pleno a la ficción. Con los años fui practicando ambas formas de escritura y hoy por hoy las pienso como dos maneras complementarias de un único proyecto, y que es un proyecto de vida: dedicarme a tiempo completo a la literatura, en docencia, ficción o ensayo. Porque, en definitiva, una vida es también eso: la confluencia de registros, la posibilidad de lo inesperado, la relación con lo inevitable.


(Télam)