(Por Carlos Aletto) En el libro "Volver a comer del árbol de la ciencia", el escritor colombiano Juan Cárdenas regresa a los lectores a ese estado previo a la caída en un conjunto de relatos, cruzados por el ensayo, en los cuales los personajes se despliegan y desaparecen, como dice su autor, "solo para que nuestro grito retumbe en las paredes de la caverna".

"A veces desdibujamos la distinción entre arte y vida; otras veces intentamos hacerla más clara. Nos sostenemos sobre las dos piernas", dice el músico estadounidense John Cage en la cita que Cárdenas usa como epígrafe del libro publicado por Sigilo. Este paratexto sintetiza perfectamente la idea de los 11 textos que atraviesan "Volver a comer del árbol de la ciencia", algunos publicados antes en catálogos de exposiciones de arte.

Al cruce entre imágenes del arte y la literatura y las formas del relato y el ensayo se suman historias cautivantes: El Gordo Rengifo desaparece mientras busca junto a su amigo rastros de otros planetas en el valle de Pubenza y la meseta de Popayán. Alguien reflexiona sobre la divinidad del banano en el medio del Paraíso Terrenal y la Música del Infierno. Una mujer recorre la trocha entre un cafetal y el potrero malo a medianoche deseando el cuerpo de otro.

Juan Sebastián Cárdenas Cerón nació en 1978 en Cauca, Colombia. Es autor de las novelas "Zumbido", "Los estratos", "Ornamento" (Sigilo), "Tu y yo, una novelita rusa" y "El diablo de las provincias" (Premio de Narrativa José María Arguedas 2019) y del libro de relatos "Carreras delictivas". Es además traductor de William Faulkner, Thomas Wolfe, Gordon Lish, David Ohle, J. M. Machado de Assis y Eça de Queirós.

-Télam: ¿Cuáles son los puntos en común y las diferencias entre el arte y la vida?

-Juan Cárdenas: Estos textos, en gran medida, funcionan como especulaciones, independientemente del género. Me interesaba mostrar que una ficción es siempre una conjetura, un viaje por el peligroso filo de la contingencia, del "what if" (¿qué pasaría si…?). Mi aspiración fue que la escritura ensayística se revelara al final como una ficción. Si te gustan los diagramas de Venn podés juntar cuatro conjuntos, cuatro círculos que se entrecruzan unos con otros y crean, como resultado de esa unión, un espacio central vacío: el conjunto de la vida, el del arte, el de la ficción y el del ensayo. Y si bien se trata de explorar todos los cruces, lo que más me fascina es la idea de esa zona de conjunción total que crea un vacío o una turbulencia.

-T.: ¿Qué importancia tiene en estos cuentos la desaparición, lo oculto y lo que no se cuenta?

J. C.: Hay cosas que aparecen en los textos como "lo oculto" o "lo no dicho", pero no como quien hace un truco y se guarda una carta que los demás no ven para ganar la partida. Aquí no hay trampas, lo que hay es lo que ves, todo está en la superficie y, sin embargo, por efecto de las fuerzas de la conjetura que se revuelven en los textos, uno siente que falta algo, que se perdió algo. Yo no sé más que el lector. Tampoco sé a dónde fue a parar el Gordo Rengifo ni cuál es el misterio del plátano. No tengo ni idea. Solo dispuse las condiciones para hacer posible la especulación.

T.: ¿La literatura es una vuelta a la inocencia?

J.C.: Me gusta esa idea de que la literatura es una vuelta a la inocencia. Nunca lo había pensado, pero me atrae justamente porque, en mi opinión, después de dos siglos largos de Ilustración -de la buena y de la mala- tenemos muy sobrevalorada la idea de conocer, de hacerse con la propiedad de un conocimiento. Y creo que el arte posibilita lo contrario: el arte nos sitúa en una posición de no saber. Su función tiene que ver con llevarnos a eso que los teólogos negativos de la Edad Media llamaban "docta ignorancia", es decir, ese estado de perplejidad donde uno experimenta el misterio del mundo en toda su profundidad. La gran diferencia es que uno no se pone de rodillas para elevar una plegaria, sino que se ve arrebatado, arrojado al balbuceo, a una cháchara que, lejos de despejar el misterio, nos permite habitarlo. Es algo parecido a ese impulso irracional que nos empuja a lanzar un grito cuando estamos dentro de una caverna. No sabemos muy bien por qué lo hacemos, pero lo hacemos, quizá solo para que nuestro grito retumbe en sus paredes.

-T.: ¿Hay un trabajo en la hibridez de los géneros y algo de la literatura de Borges en esta hibridez?

-J.C.: No sé si hay hibridación de géneros, me gusta la idea de que las cosas están revueltas, pero a la vez están separadas. Es esa doble circunstancia lo que me interesa, no tanto fundir los opuestos sino crear las condiciones para que las cosas giren en un torbellino sin acabar de mezclarse del todo. La escisión me parece tan importante como la unión. Borges está en todo lo que hago, pero no como una figura paterna sino como uno de los puntos focales de la gran telaraña de la literatura latinoamericana.

-T.: ¿Cuáles son los escritores que forman la genealogía de estos cuentos?

-J.C.: Todos los que se nombra en el libro y muchos que no se mencionan como João Gilberto Noll, Blanca Varela, Marosa di Giorgio, Leonardo Sciascia, Margo Glantz y María Moreno.

-T.: ¿Qué impacto produce Felisberto Hernández en tu escritura?

-J.C.: Siempre me había negado a escribir sobre Felisberto porque para mí es como la gran madre, la matriz. Temía profanar su influencia en mí, temía romper algún hechizo. Finalmente, después de muchos años de pensar y tomar notas, me decidí a escribir el ensayo que forma parte del libro y que trata sobre la oscuridad o mejor, sobre la idea de la visión nocturna en Felisberto. Yo creo que sí profané algo, que sí cancelé alguna fuerza secreta con ese ensayo, pero también compruebo que mi amor por Felisberto sigue ahí, conectándome con esa inocencia de la literatura.

T.: ¿Qué importancia tienen en estos relatos las imágenes de la infancia y la religión?

J.C.: Infancia y religión se entremezclan irremediablemente. No soy creyente ni practico ninguna religión, pero atesoro en mi memoria las imágenes del catolicismo, los santos milagreros, los exvotos, las vírgenes como pliegues florales que, atrapadas en sus altares, nos hablan de antiguos cultos paganos de fertilidad y feminidad. El catolicismo como corpus de imágenes, sobre todo en sus usos más plebeyos, es una parte fundamental de mi infancia y, por eso mismo, de todo mi proyecto de escritura.

(Télam)