(Por Carlos Aletto) La novela "Siempre es ahora", del escritor Javier Chiabrando, narra la historia de un músico que vive en Madrid acosado por el recuerdo borroso de una mujer y por un sueño que lo obliga a regresar a Rosario, ciudad por la que vagará hasta que es reconocido por la calle y el pasado se rearma ante sus ojos, aunque no de la forma esperada ya que como señala el autor el protagonista "debe recuperar la parte que olvidó para que la memoria colectiva también se complete".

En la novela publicada por Baltasara editora aparece un segundo tema que sostiene toda la historia: la violencia. En su novela anterior, "Caza Mayor", Chiabrando había trabajado la violencia heredada de Europa: el nazismo que luego se institucionaliza en la Argentina a partir de la Triple A y la dictadura. "No estoy escribiendo una tesis histórica, es una hipótesis ficcional", aclara el escritor, que en "Siempre es ahora" retoma el momento en que esa violencia institucional se desperdiga en la sociedad "para llegar a esa violencia casi gratuita que vemos ahora en todos lados", aclara el escritor y organizador del Festival Azabache, dedicado a la literatura negra y policial.

"No es la violencia que debe develarse, como en la novela negra, que tanto analizamos en el Festival Azabache, ahora discontinuado por la pandemia aunque que quizá vuelva el año próximo", anticipa Chiabrando. En su nuevo texto, la violencia gratuita de un barrabrava que le rompe la cabeza a otro por nada se suma la de dos vecinos que discuten por un perro y uno mata al otro. "Esta también es una hipótesis ficcional, un quiebre en la forma de vida de los argentinos. La de pasar de sacar las sillas a la calle a la tardecita, a tener que encerrarse bajo llave apenas cae el sol. Porque algo puede pasar y no será bueno", asegura el escritor a Télam.

Autor de las novelas "Caza mayor", "Todavía no cumplí cincuenta y ya estoy muerto", "Los hijos de Saturno" y "La novela verdadera", Chiabrando tiene también escritas las obras juveniles "Dos miserables besos", "El capitán Gamboa y la cruz de Cuzco" y "El Ñato". Además es autor de "Querer escribir, poder escribir" y ha colaborado con Radar, Perfil, Télam y La Stampa de Italia.

- Télam: ¿Cuál es la noción de tiempo que explora "Siempre es ahora"?

- Javier Chiabrando: La idea es que el pasado, incluso el futuro, se resuelven siempre en el ahora, en cada acción cotidiana. Es decir que uno siempre esté escribiendo su vida, haga lo que haga. Esto no es una novedad. Pero como el tema de la novela es la memoria, y como el personaje está algo desmemoriado por las dos heridas que tiene en la cabeza, debe resolver ese pasado olvidado en ese ahora perpetuo que vive. Por un lado porque no tiene pasado y por otro porque no sabe cómo construir su futuro. Es un juego y a la vez una ley. Lo curioso en esta novela es que esa frase está dicha por varios personajes, como una muletilla, hasta que al fin sabemos de dónde salió: del lugar y de la persona menos esperada.

- T.: ¿Cómo trabaja el recuerdo en el sueño de los protagonistas?

- J. C.: Javier sueña cosas que no recuerda. Quizá porque no recuerda no tiene más remedio que soñar. Así podría funcionar la memoria, por qué no. La memoria olvida lo que se le da la gana, lo que molesta, lo que no permite ser feliz. De ahí a la mención al Funes borgeano que hay en la novela. Hay una frase que lo explica de alguna manera. Javier le dice a un amigo: "Podés creer que recuerdo a Susana Giménez pero no a Evangelina". "Y, la memoria no es pelotuda", le responde el otro. Detrás de todo esto, está la memoria colectiva. La del país, la de la civilización que integramos. Es por eso que alguien le dice a Javier que debe recuperar la parte que olvidó para que la memoria colectiva también se complete, como el ADN de la rana que les permite en esa película reconstruir el dinosaurio.

- T.: ¿Cuál es el contexto que dispara la escritura de esta novela?

- J. C.: La anécdota original es real. Durante la guerra de Malvinas me fui a anotar como voluntario y el tipo que me atendió, un cabo, supongo, me puso una excusa cualquiera para que volviera al día siguiente. Y esa noche terminó la guerra. Lo mío no era de valiente, era de indignado, de dolido. Y supongo, ahora, a la distancia, que me debo haber quedado con la frustración de ni siquiera estar anotado en una lista de voluntarios. Esto leído ahora parece ridículo, no lo era tanto en ese momento. Y esto me permite también revisar ese momento de la historia argentina. A mi manera, claro. Violencia y memoria, los dos temas que sostienen la historia.

- T.: Si tendrías que ubicar esta novela en una genealogía de la literatura argentina ¿En qué lugar la ubicarías?

- J. C.: No sé, pero sí sé que lejos de los íconos: Borges, Cortázar. En lo personal, la escribí en el momento en el que me saqué de encima los procedimientos que me habían formado y obsesionado: el iceberg, la austeridad al narrar, los códigos de la novela negra. Esta vez fue dejarme ir. Eso fue lo más interesante. Se me ocurría algo y lo escribía, sin censura de ningún tipo. De ahí cierto grado de extrañeza de la historia, incluso de experimentación que la novela tiene. Y como el personaje tiene la cabeza rota y recuerda a la bartola, todo puede ser real y también no. Este es el tipo de texto que hay que corregir con cuidado para no quitarle esa gracia original, esa dispersión vital de la primera versión, esa suciedad atractiva.

- T.: ¿Cuál es la relación que tiene el protagonista con la música?

- J.C.: La historia olvidada por el personaje comienza a rearmarse cuando recuerda un blues menor que alguna vez escribió y que es en realidad un tema mío, quizá el primero que escribí con letra y todo. Se llama "El croupier de tu corazón". Debe ser porque uno puede olvidar todo, pero de pronto una melodía te asalta y ya no te abandona.

La música no sabe de historia, de golpes en la cabeza. Es como el proceso que te lleva a que una melodía te taladre la cabeza, que no te la puedas sacar de ahí. No lo sé, pero quizá una persona enferma, que pierde la memoria, olvida todo, pero seguro que no "Zamba de mi esperanza". Acá la música es la unión entre el pasado y el presente. Y esto me sirvió para poner a mis amigos músicos de entonces, de cuando vivía en Rosario. Los puse de personajes algo delirantes porque a veces están dentro de los sueños de Javier y a veces en la realidad. Acá es donde se dan los diálogos más curiosos y a la vez divertidos, las manías de amigos que han compartido mucho. Las menciones a las canciones son reales. Son temas míos, escritos en esa época.

- T.: ¿Cómo funciona el tema del hombre abandonado en esta historia?

- J.C.: En esta novela hay varias sorpresas, varias trampas argumentales. Y como yo construyo argumentalmente, es decir que pienso primero en la historia, dejo que los personajes se vuelvan interesantes (si lo logro) con lo que hacen y dicen. Entonces, acá el abandono se da porque algo explotó. Algo en la sociedad explotó. Y los que la componen pagan las consecuencias. No hay abandono de desamores ni traiciones. Lo que hay son personas que viven en sus vidas las consecuencias históricas de la dictadura que se termina pero que deja secuelas terribles (y otra vez el tema de la memoria), Malvinas, un país que cambia y te castiga demasiado a menudo.

El miedo, que te hace hacer cosas incomprensibles. Por si no queda claro, lo que el personaje debe reconstruir es la argentinidad misma, la historia misma de este país representada en Javier y en un grupo de amigos borrachos vagando por las noches, a la manera de los personajes de Pavese en la posguerra. Esa argentinidad incluye una escena donde se mete en una villa y cuando cree que lo van a robar se encuentra con villeros que polemizan sobre Florida y Boedo, y Borges. ¿Es posible? ¿Por qué no?

- T.: ¿Cómo se llega al presente de la Argentina en tu historia?

- J.C.: El presente se va reconstruyendo. El protagonista va encontrando los detalles olvidados, ese siempre es ahora. Pero ese presente es tan grotesco como real, como a veces es nuestra vida misma. Ese grotesco, esa argentinidad a la que me refería, es lo que me permite contar una historia trágica pero a la vez divertida. O al menos con toques de humor. No el humor del chiste de santiagueños, sino el que se da cuando alguien tropieza por la calle o se equivoca de colectivo y termina en una villa miseria polemizando sobre si los mejores pianistas de música clásica son los judíos o no, luego de haber citado a Bruce Lee. Ese presente es el hoy, son los pedazos de la argentinidad rota por dictaduras y guerras y traiciones, rearmados en la cabeza de Javier como se puede, como se vive, como el país mismo. Como el ahora que es siempre.

(Télam)