En 2017, ante las políticas regresivas en materia de derechos humanos del gobierno macrista y el intento de implementar el beneficio del 2x1 para los condenados por crímenes de lesa humanidad, un grupo de hijos, hijas y familiares de represores alzaron la voz pública para repudiar a sus padres por sus actuaciones durante el terrorismo de Estado.

También ese año en la marcha del Ni una menos, con una bandera con la leyenda "Historias desobedientes. 30 mil motivos. Hijos e hijas de genocidas por la memoria, la verdad y la justicia" se hicieron escuchar hijas de represores, agrupadas por primera vez en público. Entre ellas estaban Erika Lederer, Liliana Furió y Analía Kelinec, la autora del reciente libro "Llevaré su nombre. La hija desobediente de un genocida".

El colectivo creció, ya el 24 de marzo de 2018 marchó unido en Día de la Memoria y hoy se expande por otros países de América Latina. Sobre ese espacio, su conformación, su diversidad y la necesidad de tomar la palabra pública, habló Kalinec con Télam.

-T: La aparición como colectivo fue durante el macrismo y la marcha del Ni una menos, ¿cómo fue eso?

-A.K.: Es interesante en términos institucionales y simbólicos porque primero, con los juicios, nos trajeron la noticia de que nuestros padres eran genocidas. Teníamos a nuestros padres imputados, presos, no era fácil mirar para otro lado. Cuando viene el gobierno macrista, el intento de impunidad vino a decir "ahora los vamos a dejar libres". Mi papá era uno de los que podía quedar beneficiado con el 2 x 1. Habíamos llegado a un nivel de conciencia donde ya no podíamos mirar para otro lado y nos colectivizamos. Lo hicimos porque aparece un gobierno como el de Mauricio Macri que nunca ha disimulado su desprecio por la lucha de los derechos humanos, que ha negado la existencia de los 30.000 y cada uno de los hijos de los genocidas que habíamos tomado conciencia sabíamos que no podíamos quedarnos porque en el imaginario social aparece el estigma del "hijo de". Poder encontrarnos y colectivizarnos es una consecuencia social. Historias desobedientes es un emergente social y no es casual que haya surgido en Argentina. No hay ningún otro país que haya avanzado tanto en materia de derechos humanos.

-T: ¿Cómo es hoy el trabajo de ese colectivo?

-A.K.: Tenemos compañeros de distintas edades: compañeras de más de 60 años cuyos padres ocupaban altos rangos durante la dictadura que han muerto impunes porque no los han alcanzado las leyes y fallecieron antes, otros están más o menos dentro mi franja etaria, con familiares de genocidas que quedan vivos. También hay nietos de genocidas que nacieron en democracia. No solo hay distintas edades sino también distintos momentos de elaboración de la propia historia. No es lo mismo cuando tu padre fue juzgado, condenado, tiene una sentencia o cuando murió impune entonces hay muchos que vienen con la necesidad de averiguar qué había hecho su familiar genocida, con distintas formas de vincularse con el abuelo nieta, abuelo nieto. Hay una variedad de momentos: algunos necesitan un momento de contención, otros vienen y dicen quiero militar, quiero accionar para que no salgan de la cárcel, por memoria, verdad y justicia. Se trata de organizar distintos espacios para poder alojar también tanto daño emocional. Es muy difícil para nosotros la lógica colectiva porque no es algo que hemos mamado. Hoy quienes hemos entrado en vinculación en Historias Desobedientes somos más de 150, no todos militan activamente pero entendemos que sigue siendo una población muy baja ya que solamente condenados en Argentina hay mas de 1000, pero la mayoría permanecen obedientes o por lo menos alejados de cualquier pronunciamiento en contra de los padres. Pero el movimiento se extendió a Chile, donde se conformó un Historias Desobedientes; también se armó otro el año pasado en Brasil con compañeros que están muy asustados con este contexto, y recientemente se contactaron desde Paraguay y Uruguay.

(Télam)